jueves, 17 de diciembre de 2020

CRÓNICAS MARCIANAS

 


En el segundo siglo de nuestra era, Luciano de Samosata compuso una Historia verídica, que encierra, entre otras maravillas, una descripción de los selenitas, que (según el verídico historiador) hilan y cardan los metales y el vidrio, se quitan y se ponen los ojos, beben zumo de aire o aire exprimido. A principios del siglo XVI, Ludovico Ariosto imaginó que un paladín descubre en la Luna todo lo que se pierde en la Tierra: lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo malgastado en el juego, los proyectos inútiles y los no saciados anhelos. En el siglo XVII, Kepler redactó un Somnium Astronomicum, que finge ser la transcripción de un libro leído en un sueño, cuyas páginas prolijamente revelan la conformación y los hábitos de las serpientes de la Luna que durante los ardores del día se guarecen en profundas cavernas y salen al atardecer. Entre el primero y el segundo de estos viajes imaginarios hay mil trescientos años y entre el segundo y el tercero, unos cien; los dos primeros son, sin embargo, invenciones irresponsables y libres y el tercero está como entorpecido por su afán de verosimilitud. La razón es clara: para Luciano y para Ariosto, un viaje a la Luna era símbolo o arquetipo de lo imposible; para Kepler ya era una posibilidad, como para nosotros. ¿No publicó por aquellos años John Wilkins, inventor de una lengua universal, su Descubrimiento de Un mundo en la Luna, discurso tendiente a demostrar que puede haber otro Mundo habitable en aquel Planeta, con un apéndice titulado Discurso sobre la Posibilidad de una Travesía? En las Noches áticas de Aulo Gelio se lee que Arquitas el pitagórico fabricó una paloma de madera que andaba por el aire; Wilkins predice que un vehículo de mecanismo análogo o parecido no llevará, algún día, a la Luna.

     Por su carácter de anticipación de un porvenir posible o probable, el Somnium Astronomicum prefigura, si no me equivoco, el nuevo género narrativo que los americanos del norte denominan science-fiction o scientifiction y del que son admirable ejemplo estas Crónicas. Su tema es la conquista y colonización del planeta. Esta ardua empresa de los hombres futuros parece destinada a la épica, pero Ray Bradbury ha preferido (sin proponérselo, tal vez, y secreta inspiración de su genio) un tono elegíaco. Los marcianos, que al principio del libro son espantosos, merecen su piedad cuando la aniquilación los alcanza. Vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria. Anuncia con tristeza y con desengaño la futura expansión del linaje humano sobre el planeta rojo —que su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar en la arena—.

     Otros autores estampan una fecha venidera y no les creemos, porque sabemos que se trata de una convención literaria; Bradbury escribe 2004 y sentimos la gravitación, la fatiga, la vasta y vaga acumulación del pasado —el dark bakward and abysom of Time del verso de Shakespeare—. Ya el Renacimiento observó, por boca de Giordano Bruno y de Bacon, que los verdaderos antiguos somos nosotros y no los hombres del Génesis o de Homero.

     ¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad?

     ¿Cómo pueden tocarme estas fantasías; y de una manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo <fantástico> o a lo <real>, a Macbeth o a Raskolnikov, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión de Marte. ¿Qué importa la novela, o la novelería de science-fiction? En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main Street.

     Acaso <La tercera expedición> es la historia más alarmante de este volumen. Su horror (sospecho) es metafísico; la incertidumbre sobre la identidad de los huéspedes del capitán John Black insinúa incómodamente que tampoco sabemos quiénes somos ni cómo es, para Dios, nuestra cara. Quiero asimismo destacar el episodio titulado <El marciano>, que encierra una patética variación del mito de Proteo.

     Hacía 1909 leí, con fascinada angustia, en el crepúsculo de una casa grande que ya no existe, Los primeros hombres en la Luna, de Wells. Por virtud de estas Crónicas, de concepción y ejecución muy diversa, me ha sido dado revivir, en los últimos días del otoño de 1954, aquellos deleitables terrores.

Jorge Luis Borges

 

Editorial Minotauro 2019

Diseño de portada: OpalWorks BCN


lunes, 30 de noviembre de 2020

DICEN LAS JACARANDAS

 

Hace mil años, para suplir en la veneración del pueblo la flor del ciruelo amada por los chinos, el emperador de Japón mandó plantar árboles de cerezo en todo el país, encomendó a los poetas que escribieran poemas sobre sus flores e impulsó la contemplación ritual que aún congrega cada año a multitudes y atrae gente de todo el mundo. Los cerezos se multiplicaron en las antologías de poemas, las novelas y todas las artes, y aún en la meditación religiosa y la reflexión filosófica. En la ciudad de México se transmutaron en jacarandas: fue por obra de un jardinero japonés como estos árboles llenaron, hace menos de un siglo, calles, parques y plazas. Su florecimiento anual provoca el entusiasmo de muchos, pero en Alberto Ruy Sánchez el asombro se ha convertido en un rito; es decir, en un disciplinado fervor. Si su libro anterior de poemas se demoraba en la contemplación de la amada, éste atiende a la aparición de las flores en el árbol y al florecimiento de los sentidos en la meditación. Nubes cambiantes en el cielo del ojo, las jacarandas son trazos de una caligrafía susurrante en la página del deseo. El poeta las escucha hablar a solas y en coro, las mira bailar, persigue en su aroma sus metamorfosis, oye en su música la memoria de sus migraciones e interpreta con perspicacia sus mensajes. Es un libro íntimo pero en que alienta una utopía colectiva: el anhelo, vuelto ya proyecto, de una ciudad digna de sus jacarandas. Será un libro fecundo.

 

Aurelio Asiain

Ediciones Era 2019

 

Diseño de portada: Juan J. López Galindo

 

miércoles, 11 de noviembre de 2020

CONEJOS BLANCOS

 

Ha llegado el momento de contar los sucesos que comenzaron en el número 40 de la calle Pest. Parecía como si las casas, de color negro rojizo, hubiesen surgido misteriosamente del incendio de Londres. El edificio que había frente a mi ventana, con unas cuantas volutas de enredadera, tenía el aspecto negro y vacío de una morada azotada por la peste y lamida por las llamas y el humo. No era así como yo me había imaginado Nueva York.

Hacía tanto calor que me dieron palpitaciones cuando me atreví a dar una vuelta por las calles; así que me estuve sentada contemplando la casa de enfrente, mojándome de cuando en cuando la cara empapada de sudor.

La luz nunca era muy fuerte en la calle Pest. Había siempre una reminiscencia de humo que volvía turbia y neblinosa la visibilidad; sin embargo, era posible examinar la casa de enfrente con detalle, incluso con precisión. Además, yo siempre he tenido una vista excelente.

Me pasé varios días intentando descubrir enfrente alguna clase de movimiento pero no percibí ninguno, y finalmente adopté la costumbre de desvestirme con total despreocupación delante de mi ventana abierta y hacer optimistas ejercicios respiratorios en el aire denso de la calle Pest. Esto debió de dejarme los pulmones tan negros como las casas.

Una tarde me lavé el pelo y me senté afuera, en el diminuto arco de piedra que hacía de balcón, para que se me secara. Apoyé la cabeza entre las rodillas, y me puse a observar una  moscarda que chupaba el cadáver de una araña, a mis pies. Alcé los ojos, miré a través de mis cabellos largos, y vi algo negro en el cielo, inquietantemente silencioso para que fuera un aeroplano. Me separé el pelo a tiempo de ver bajar un gran cuervo al balcón de la casa de enfrente. Se posó en la balaustrada y miró por la ventana vacía. Luego meció la cabeza debajo de un ala, buscándose piojos al parecer. Unos minutos después, no me sorprendió demasiado ver abrirse las dobles puertas y asomarse al balcón una mujer. Llevaba un gran plato de huesos que vació en el suelo. Con un breve graznido de agradecimiento, el cuervo saltó abajo y se puso a hurgar en su comida repugnante.

La mujer, que tenía un pelo negro larguísimo, lo utilizó para limpiar el plato. Luego me miró directamente y— sonrió de manera amistosa. Yo le sonreí a mi vez y agité una toalla. Esto la animó, porque echó la cabeza para atrás con coquetería y me dedicó un elegante saludo a la manera de una reina.

—¿Tiene un poco de carne pasada que no necesite? —me gritó.

—¿Un poco de qué? -grité yo, preguntándome si me habría engañado el oído.

—De carne en mal estado. Carne en descomposición.

—En este momento, no —contesté, preguntándome si no estaría bromeando.

—¿Y tendrá para el fin de semana? Si fuera así, le agradecería inmensamente que me la trajera.

A continuación volvió a meterse en el balcón vacío, y desapareció. El cuervo alzó el vuelo.

Mi curiosidad por la casa y su ocupante me impulsó a comprar un gran trozo de carne a la mañana siguiente. Lo puse en mi balcón sobre un periódico y esperé. En un tiempo relativamente corto, el olor se volvió tan fuerte que me vi obligada a realizar mis tareas diarias con una pinza fuertemente apretada en la punta de la nariz. De cuando en cuando bajaba a la calle a respirar.

Hacia la noche del jueves, noté que la carne estaba cambiando de color; así que, apartando una nube de rencorosas moscardas, la eché en mi bolsa de malla y me dirigí a la casa de enfrente.

Cuando bajaba la escalera, observé que la casera parecía evitarme.

Tardé un rato en encontrar el portal de la casa. Resultó que estaba oculto bajo una cascada de algo, y daba la impresión de que nadie había salido ni entrado por él desde hacía años. La campanilla era de esas antiguas de las que hay que tirar; y al hacerlo, algo más fuerte de lo que era mi intención, me quedé con el tirador en la mano. Di unos golpes irritados en la puerta y se hundió, dejando salir un olor espantoso a carne podrida. El recibimiento, que estaba casi a oscuras, parecía de madera tallada.

La mujer misma bajó, susurrante, con una antorcha en la mano.

—¿Cómo está usted? ¿Cómo está usted? -murmuró ceremoniosamente; y me sorprendió observar que llevaba un precioso y antiguo vestido de seda verde. Pero al acercarse, vi que tenía la tez completamente blanca y que brillaba como si la tuviese salpicada de mil estrellitas diminutas.

—Es usted muy amable —prosiguió, tomándome del brazo con su mano reluciente—. No sabe lo que se van a alegrar mis pobres conejitos.

Subimos; mi compañera andaba con gran cuidado, como si tuviese miedo.

El último tramo de escalones daba a una alcoba decorada con oscuros muebles barrocos tapizados de rojo. El suelo estaba sembrado de huesos roídos y cráneos de animales

—Tenemos visita muy pocas veces —sonrió la mujer—. Así que han corrido todos a esconderse en sus pequeños rincones.

Dio un silbido bajo, suave y, paralizada, vi salir cautamente un centenar de conejos blancos de todos los agujeros, con sus grandes ojos rosas fijamente clavados en ella.

—¡Vengan, bonitos! ¡Vengan, bonitos! —canturreó, metiendo la mano en mi bolsa de malla y sacando un trozo de carne podrida.

Con profunda repugnancia, me aparté a un rincón; y la vi arrojar la carroña a los conejos, que se pelearon como lobos por la carne.

—Una acaba encariñándose con ellos —prosiguió la mujer—. ¡Cada uno tiene sus pequeñas costumbres! Le sorprendería lo individualistas que son los conejos.

Los susodichos conejos despedazaban la carne con sus afilados dientes de macho cabrío.

—Por supuesto, nosotros nos comemos alguno de cuando en cuando. Mi marido hace con ellos un estofado sabrosísimo, los sábados por la noche.

Seguidamente, un movimiento en uno de los rincones atrajo mi atención, entonces me di cuenta de que había una tercera persona en la habitación. Al llegarle a la cara la luz de la antorcha, vi que tenía la tez igual de brillante que ella; como oropel en un árbol de Navidad. Era un hombre y estaba vestido con una bata roja, sentado muy tieso, y de perfil a nosotros. No parecía haberse enterado de nuestra presencia, ni del gran conejo macho cabrío que tenía sentado sobre su rodilla, donde masticaba un trozo de carne.

La mujer siguió mi mirada y rio entre dientes.

—Ese es mi marido. Los chicos solían llamarlo Lázaro…

Al sonido de este nombre, familiar, el hombre volvió la cara hacia nosotras; y vi que tenía una venda en los ojos.

—¿Ethel? -preguntó con voz bastante débil—. No quiero que entren visitas aquí. Sabes de sobra que lo tengo rigurosamente prohibido.

—Vamos, Laz; no empecemos —su voz era quejumbrosa—, no me puedes escatimar un poquitín de compañía. Hace veinte años y pico que no veía una cara nueva. Además ha traído carne para los conejos.

La mujer se volvió y me hizo seña de que fuera a su lado.

—Quiere quedarse entre nosotros; ¿a que sí? —de repente me entró miedo y sentí ganas de salir,  de huir de estas personas terribles y plateadas y de sus conejos blancos carnívoros.

—Creo que me voy a marchar; es hora de cenar.

El hombre de la silla profirió una carcajada estridente, aterrando al conejo que tenía sobre la rodilla, el cual saltó al suelo y desapareció.

La mujer acercó tanto su cara a la mía que creía que su aliento nauseabundo iba a anestesiarme.

—¿No quiere quedarse y ser como nosotros? En siete años su piel se volverá como las estrellas; siete años tan solo, y tendrá la enfermedad sagrada de la Biblia: ¡la lepra!

Eché a correr a trompicones, ahogada de horror; una curiosidad malsana me hizo mirar por encima del hombro al llegar a la puerta de la casa, y vi que la mujer, en la balaustrada, alzaba una mano a modo de saludo. Y al agitarla, se le desprendieron los dedos y cayeron al suelo como estrellas fugaces.

 

Texto e imagen: Leonora Carrington


viernes, 30 de octubre de 2020

PRESAGIOS

 



De entre todas las negruras

despuntas, sol de los soles.              

Guadalupe Amor

 

La imagen perpetua de tu piel, semeja un tenue relámpago que palpita e hincha su cresta luminosa en inefable metáfora.

      El viento gime dentro del cántaro y despierta una canción pródiga en lluvia.

      Lúcido, el árbol se mece en lontananza. También el trigal se confunde como movimiento de las nubes.

    La furia mortecina de la noche semeja un vórtice oscuro que rechaza la claridad lábil y pulsátil de la aurora.

    Estamos sentenciados: somos polvo, y nos movemos impávidos en esta terrenal angustia.

 

José González Gálvez

En la tarde del 23 de octubre de 2020

 

Imagen: Andrew Ferez    

UNA FRASE DE FRIDA KAHLO

 


miércoles, 21 de octubre de 2020

INVOCACIÓN

 


¡Oh! Bondadosa Artemisa la de los pies ligeros

en la suave hierba humedecida.

Úngeme con tus saetas el costado

y deja que mi sangre fluya

como pequeños cardenales encopetados.

 

José González Gálvez

 

Coatzacoalcos, 5 de octubre de 2020

Imagen: Guillaume Seignac

 

domingo, 18 de octubre de 2020

MI CALLE DE SAN ILDEFONSO (FRAGMENTO)

 


     La conocí en 1923, en la Preparatoria. Era Frida Kahlo. Tendría 13 años. Había nacido un 7 de julio en Coyoacán en la casona que hoy habita. Era una chica espléndidamente alegre, sobreabundante de vitalidad. Pasaba casi inadvertida la parálisis infantil de su pie derecho, acontecida en 1916. De mediana estatura proporcionada, lucía esbelta por esa especie de luz que irradiaba su rostro. Negra la nutrida cabellera ocasionalmente peinada de “chinos”, después arreglada con recorte varonil. Reducida y delicada la nariz. Breve la boca y delgados los labios maliciosos. La barbilla partida. Abundante y cerrada la moruna ceja. Larga y rizada la pestaña que hacía tenue la sombra al suave café tierno de los ojos. Bella y despejada la frente juvenil. Levemente oval el rostro como en aquella muchacha semidesvanecida que logró Renoir en “El columpio”. Supuesta la memoria cabal de que su cuerpo daba indicios, se antoja reconocer, por contraste a lo curvo de las formas, su mirada tan recta, expresión de su vida. La reconstruyó con una mochila que le fue inseparable, que le prestaba gracia, tinte de colegiala, ritmo de ingenuidad. Excepto lo húngaro de su apellido, todo en ella, como ella misma, era mexicano. Se diría que en ella lo refinado y lo distinguido se articulaba con lo popular. No era una cautivante belleza de Cumplido, ni una chica de las que fotografió el XIX con candoroso estilo. Sugería un poco a las figuras femeninas, sencillas y encendidas que hicieron las primicias tipográficas de Posada en Aguascalientes; tenía un calor de llama mexicanísimo, fáustico, en movimiento. Unida su clara inteligencia a su avidez literaria. Frida poseía singularidad de personaje de corrido mexicano, muchacha culta de la clase media que parecía desprendida de las páginas de Azuela, de sus primeras novelas de costumbres. Su animada conversación, sus modismos  deliciosos, aun el “caló” debido a los “Cachuchas” —que fue su grupo— acusaban en Frida la preparatoriana una jovialidad peculiar, una coqueta picardía, el cadencioso arrastre de las sílabas, las rápidas frases de su mal hablado ingenio. Entonces prefería usar blusas de manga corta, con lo que sus redondos brazos alegraban nuestra vista. Y prefería los colores vivos en sus telas.

 

Baltazar Dromundo

Editorial Guaranía 1956  

CELINA O LOS GATOS

 


Celina o los gatos no son una serie de cuentos sino una sucesión de textos que guardan entre sí ciertas relaciones de estructura y aún de personajes: relaciones que se tejen por debajo de la trama visible y sustentan la forma, que es a la vez múltiple y unitaria. Temas, personajes y atmósfera no aluden la vecindad de cierto refinamiento que bordea los cursos, y que es característico de todo romanticismo. Hay un mundo cerrado y una vocación hacía la desolación y el aniquilamiento, que se manifiesta en la progresiva fragmentación y ordenamiento arbitrario del tiempo y del espacio. El lenguaje parece ser la última tabla de salvación accesible en ese naufragio y aun así su validez, como la eficacia de la memoria, se ponen en duda. Su vigencia estaría en una continuidad de las formas, hilo de Ariadna que asegura la voluntad de integrar algo en el laberinto de las voces, los diseños y los ritmos. Al final se recogen, se reincorporan, palabras, frases deliberadamente separadas de su contexto dentro del mismo libro y aun de otros textos de la propia autora y de diversas fuentes, contemporáneas o no. Es el espejo que refleja al espejo, prisma que fija las imágenes en un segundo nivel y que a la vez las desintegra y las dispersa, anticipándose a la labor corrosiva del tiempo y ligándolas con otras visiones, expuestas al mismo proceso.

 

Siglo XXI Editores 1968

EN LA OTRA ESQUINA DE LA NOCHE

 


 

                                                          Un alarido, un aullido, mitad horror, mitad triunfo,

                                                                                 como solamente puede brotar del infierno.

                                                                                 Edgar Allan Poe: El gato negro

                                                                                                                                                            

Había determinado regresar a las escolleras después de mi caminata vespertina. Fue una decisión que me tomó por sorpresa. Nunca me imaginé que una aparición tan fugaz determinara mi destino. Fue de momento, como un flashazo cuando vi una manada de pequeños gatos ocultándose entre las enormes rocas grises.

    Volví en la noche para buscarlos, les llevaba alimento para poder localizarlos. Eran casi las diez. Tuve que sobornar al vigilante para poder pasar. Ya había colocado la gruesa cadena que impedía la entrada. Hacía frio, el viento helado me golpeaba el rostro. Las enormes luminarias parpadeaban y a lo lejos los buques permanecían inmóviles. Las olas chocaban necias contra las rocas. Un rumor sordo inundó el ambiente. Llegué hasta el faro, su luz monótona cambiaba de rojo a verde. La pequeña puerta metálica que en la tarde estaba cerrada, ahora permanecía abierta. Me acerqué para preguntar si alguien se encontraba dentro.

     Un maullido potente se coló entre mi piel y comencé a temblar. La oscuridad, como un enorme gato negro se abalanzó sobre mí. No me dio tiempo ni de gritar.

 

José González Gálvez  

Coatzacoalcos, junio 20 de 2019

sábado, 17 de octubre de 2020

TE EXTRAÑAMOS TANTO XAVIER VILLAURRUTIA

 


No mereces estas noticias Xavier, tú no, tú más que nadie no debe ser molestado. Nadie ha desaparecido, todos tus Contemporáneos se mantienen aunque solamente sean espejo de ellos mismos. Nadie ha podido coincidir cara a cara, y cuerpo a cuerpo ni se diga. Solamente tú estás Xavier a pesar de que encontraste el fondo del dolor más doloroso que existe: la soledad.

Únicamente descansabas viendo los cielos que pintaba Agustín cuando te sentías desesperado, ebrio de dolor, sofocado por el orgasmo del desamor.

No es justo Xavier, no es justo que traten de hacerte a un lado, que ignoren tantas palabras escritas, tantos poemas, tanta nostalgia encumbrada en los delirios del páramo de la muerte.

Por eso no mereces el olvido. No mereces estar sepultado en el Tepeyac bajo toneladas de polvo que en las noches se convierten en golondrinas desorientadas. Disgregado en un naufragio de huesos que no encuentran reposo en el disturbio de los siglos.

Se extravió tu correspondencia Xavier, tus extensas cartas a Novo, a Owen, a Cuesta, a Gorostiza, a Pellicer. Hasta tu trato con Antonieta y Clementina han desaparecido.

De todos modos mantenemos tus poemas intactos, todos esos años de desasosiego escritos en tinta indeleble, toda tu prosa convertida en Dama de Corazones. Son tu diario Xavier, todos tus poemas son tu diario escrito paso a paso, lágrima a lágrima, pesadilla a pesadilla.

Xavier: nunca tuviste dudas de tu existencia, pero sabemos que tu vida fue un infierno diario de navajas afiladas, un acero azul clavado en el fondo de tu realidad.

Por eso te extrañamos tanto Xavier, por tu sensibilidad, por ese dolor silencioso que derramaste como un crepúsculo apagado. Por tu vida Xavier y también por tu muerte inesperada, temprana. Muchos dicen que te suicidaste, que preferiste morir antes de seguir padeciendo el infortunio pernicioso de la soledad. Agustín trató de buscarte, trató de impedir tu destino injusto. Trató de hacerte saber que su amor era ilimitado; pero te adelantaste a tu propio laberinto, a la zona sagrada donde habitan los que padecen el insomnio del dolor. Xavier, volteaste antes de tiempo como la mujer de Lot, como Orfeo, y ahora tu calvario es deambular entre brumas, en ese purgatorio interminable del cual no podrás salir nunca. Tu corazón se rompió Xavier y no podemos encontrar los pedazos.

Ahora padecemos el hábito solitario de la lectura para dar contigo. Buscamos pistas en esa espiral inacabable, llena de nostalgias, de trampas, de fata morganas.

Perdónanos Xavier, pero es que te extrañamos tanto y no sabemos como vivir sin ti.

 

José González Gálvez

viernes, 16 de octubre de 2020

DE GATOS Y OTROS MUNDOS (FRAGMENTO)

 


Los gatos son esos seres suaves, ondulantes, crueles y tiernos, siempre imprevisibles, solitarios y nocturnos que introducen en nuestro mundo cotidiano el ámbito de lo desconocido. Los otros mundos, espacios secretos e incomprensibles que nuestro mundo niega para poder asegurarse cierta invulnerabilidad, la protección de las cuatro paredes de un pequeño universo doméstico y sin sorpresas, son por su naturaleza misma indescriptibles. ¿Cómo hacer, entonces, para cercar un tema tan evasivo, resbaladizo y esotérico?

     Apoyadas las dos patas delanteras en el tronco de un árbol de corteza casi desgajada, de copa amarilleada por el otoño, recibiendo las gotas de lluvia que derrama una sola nube de tormenta, ligeramente amenazadora, en la superficie superior del cuadro, un gato helecho nos mira con pupilas verdes e inmóviles.  El gato helecho de Remedios Varo comparte la naturaleza vegetal, pasiva, receptiva, femenina de esas plantas que proliferan en la humedad y en la sombra y se extienden como los hongos, los musgos y todas las especies de vegetaciones parásitas. Ha dicho Octavio Paz que Remedios Varo no pinta el mundo al revés sino el revés del mundo y es ese revés del mundo, precisamente, el que sugiere la mirada abismal de los gatos. Cuando aparece lo fantástico en lo cotidiano rondan los gatos. Son ellos nuestro contacto con todo lo que es imaginario, inasible, insondable e inaccesible. Por eso hay tantos gatos en los recintos de especulación fabulosa que nos entreabre Remedios Varo. Gatos de hojas secas, gatos híbridos que son un poco mujeres y un poco lechuzas, gatos que saltan bruscamente sobre mesas con manteles puestos e introducen el desorden, que traen al interior de los cuartos cerrados un aire extraño y fantasmal, que al ser acariciados despiden chispas por un inusitado artilugio eléctrico; gatos que asoman la cabeza por huecos abiertos en el piso, que vienen de otra parte, de quién sabe dónde, que nos miran con una mirada procedente de algún lugar fuera del cuadro y aun fuera del mundo, desde el principio de la creación, con la impasividad de una esfinge.

     Obsesión del tiempo, presencia de lo inmemorial, de lo antiguo, del alba de la conciencia y del fin de todas las cosas. Testigos privilegiados de la vida y de la muerte.

 

Julieta Campos

Siglo XXI Editores 1968

Imagen: Remedios Varo  

lunes, 12 de octubre de 2020

EL PINCEL Y LA LIRA

 


Es un suceso relevante leer un libro escrito por alguien con acceso a información privilegiada, bien documentado, que contiene innumerables hechos sobre la vida temprana de Frida Kahlo.

     En este libro conocemos nuevos aspectos sobre la época escolar de Frida Kahlo (1021 – 1929) cuando tuvo sus primeros encuentros amorosos también con Miguel N. Lira (1905 – 1961), el escritor y poeta de Tlaxcala, a quien amaba cariñosamente y a quién dedico uno de sus primeros cuadros.

     Es el mérito de un profesor de Inglés de Tlaxcala, Jaime Ferrer, haber estudiado cuidadosamente el archivo de Miguel N. Lira y su prometida Rebeca Torres Ortega, haber encontrado estos cuantiosos detalles y compilándolos en este agradable libro, que es un “texto obligado” para cualquier fan de Frida Kahlo.

     Este no es uno más de los libros biográficos que repiten una y otra vez las mismas viejas leyendas. Este libro renueva nuestro conocimiento y agrega importante información a la biografía de Miguel N. Lira y Frida Kahlo.

 

Helga Prignitz-Poda

AUTORRETRATO CON TRAJE DE TERCIOPELO

 


Apenas cerrada la puerta que ella misma dibujara con un dedo en el cristal con “vaho” de una ventana; devuelta a su soledad de siempre enferma; repudiada por el “interior de la tierra” a donde llegó esa vez no por propio designio, sino por el “primer accidente” que sufriera en su vida al ser atropellada por un tranvía cuando tenía dieciséis años, FRIEDA KAHLO iluminó su primer autorretrato.

    Muy lejos estaba en 1926, de desgarrarse “el seno y el corazón para decir la verdad biológica de lo que siente en ellos” para citar las palabras del “segundo accidente” sufrido, es decir: Diego Rivera; y más distante aún de plasmar las visiones y fantasías que hoy dominan su arte de retablo, surrealista y mágico. Simplemente, Frieda era una niña que quería jugar a ser pintora.

    De entonces a hoy, ella ha insistido en el tema de pintar el paisaje de sí misma. Todos sus autorretratos son interrogaciones, dice Paul Westheim “en torno al sentido y destino de ese ser humano que es ella misma en medio del misterio de este Universo”. El que hoy reproducimos, como antecedente de todos los demás, —el original fue destruido por Frieda al filo de navaja— ¿no plantea ya una interrogación? Su figura frágil destaca de entre un mar de olas agudas, retorcidas, toscas; tal como si presintiera, en ese año de su iniciación pictórica, que iban a clavársele, en el tránsito de su vida a muerte, como dardos de dolor, de soledad, de drama.

 

Miguel Nicolás Lira

Revista Huytlale, abril de 1953

jueves, 1 de octubre de 2020

UN POEMA DE ALBERTO RUY SÁNCHEZ LACY

 


La boca que dice es sexo que canta.

Decir es desear

       y tocar sus manos invisibles.

Decir es saborear el mundo

                      y ser devorado por él.

Decir es entrar en la selva

       con los ojos cerrados.

Decir es soñar y actuar el sueño.

Decir consume nuestro aliento

      pero nos da existencia.

Decir conjura las ausencias.

Decir es parvada de nubes

         y polvo en estampida.

Decir hace llover, apaga estrellas,

         retira mares, rompe piedras.

Decir es música muy lenta.

Decir nos conduce al fondo del silencio:

         un abismo habitado de deseos.

Decir es y no es.

 

Alfaguara 2011

Diseño de portada: Luis Rodríguez      

martes, 29 de septiembre de 2020

CARTAS A VAN RAPPARD

 


     La correspondencia de Van Gogh con Anton Van Rappard, publicada ahora por primera vez en castellano, resulta complementaria de la famosa selección de Cartas a Théo, en primer lugar porque al aparecer prácticamente íntegra, no nos escamotea sabrosos detalles de la vida cotidiana y nos facilita así acercarnos a un Van Gogh de carne y hueso, impertinente incorregible, predicador incansable, huraño con todo el mundo y buscando angustiosamente calor humano…

     En segundo lugar porque abarca la época de formación del pintor, época a la que la aludida selección de cartas a su hermano presta poca atención —en especial por lo que al periodo de La Haya se refiere— y nos muestra así un Van Gogh “inédito”, que lucha por vender, se empeña en ser ilustrador, se obsesiona con la técnica litográfica y declara que su tema favorito es la sala de espera de los viajeros de tercera clase… sin dejar por eso de ser el mismo Van Gogh de siempre.

 

Gabriel Hormaechea

 

Parsifal Ediciones 1992

Portada: El cartero Joseph Roulin de Vincent Van Gogh  

sábado, 26 de septiembre de 2020

CUERPO LLENO DE SILENCIOS

 


Me despierta el sueño eterno de tus pies junto a los míos. Pero solamente eso es: un sueño, porque desde hace varios años duermo solo.

    Me inquieta el chirrido eterno de los grillos, ese interludio amoroso llamando a la pareja.

    Existe el teléfono, te puedo llamar y puedes no responderme. El calendario se angosta, los días se suceden rápidamente. Se consumen como el pabilo de las veladoras en noviembre.

   Mi cuerpo se llena de silencios. Desconecto el pasadiscos, hay un poema lleno de música que se clava terebrante en mi conciencia, una vez, otra vez, siempre me recuerda tu geografía llena de asteriscos, de ríos, lagunas, piélagos. Marismas que me enervan, me consumen, me agotan. Existen huellas de pisadas en el martirio de mi carne expuesta.

    El reloj permanece descompuesto. Las manecillas giran como desquiciadas. Me siento enfermo, con el cuerpo masacrado por los adioses asesinos; infinitamente como una piel abierta, minuciosamente diseccionada con un escalpelo de cirujano.

    Sueño con tus pies junto a los míos, frotándose con avidez en un pentagrama de caricias trémulas.

 

José González Gálvez

Coatzacoalcos, julio de 2020

 

Imagen: Sfawan Dahoul

 

ROSA AURORA

 


Es la voz tenue de Rosa Aurora la que susurra: “michito, gatito no te escondas, michito ven a jugar conmigo”. Church arrinconado se enrosca y maúlla fingiendo dolor. Sus ojos como carbunclos insólitos la miran fijamente. La nena, primorosamente vestida de blanco se hinca, y agachada busca debajo de la cama. El minino completamente albino continúa ronroneando mientras mueve la cola de un lado hacia otro. Rosa Aurora lo descubre y sonríe. Agitada se lleva la mano a los bucles dorados que le caen sobre la frente. Se levanta y feliz corre para abrazarlo. El felino, ahora inmóvil como esfinge, sigue recostado en el rincón. La niña con el rostro arrebolado de felicidad se acerca para acariciarlo. El gatito sin dejar de mirarla con esa luz rojiza, se yergue altivo y de un zarpazo hiere el organdí almidonado del vestidito blanco, convirtiéndolo en una hemorragia pulsante.

 

José González Gálvez

Coatzacoalcos. Martes 8 de septiembre de 2020   

viernes, 25 de septiembre de 2020

PREMIO CERVANTES

 

El Premio de Literatura en lengua castellana Miguel de Cervantes conocido también como Premio Cervantes o Premio Miguel de Cervantes, es un premio de literatura en lengua española concedido anualmente por el Ministerio de Cultura y Deporte a propuesta de la Asociación de Academias de la Lengua Española.

     Fue instituido en 1976 y está considerado como el galardón literario más importante en lengua castellana. Está destinado a distinguir la obra global de un autor en lengua castellana cuya contribución al patrimonio cultural hispánico haya sido decisiva.

     Toma su nombre de Miguel de Cervantes Saavedra, autor de Don Quijote de la Mancha, obra máxima de la literatura castellana.

     Su primera edición tuvo lugar en 1976. El Premio Cervantes no puede ser dividido, declarado desierto o ser concedido a título póstumo, según las normas que se establecieron después de que en la edición de 1979 el jurado decidiera conceder el premio “ex aequo” al español Gerardo Diego y al argentino Jorge Luis Borges.

     Los candidatos al Premio Miguel de Cervantes son propuestos por el pleno de la Real Academia Española, por las Academias de la Lengua de los países de habla hispana y por los ganadores en pasadas ediciones.

     Se falla a finales de año y se entrega el 23 de abril del siguiente, coincidiendo con la fecha en que se conmemora la muerte de Miguel de Cervantes. Se celebra en la Universidad de Alcalá de Henares. El rey de España Felipe VI, preside la entrega de este galardón en el Paraninfo de la Universidad. En acto solemne, el rey, el ministro de Cultura español y el autor galardonado pronuncian sendos discursos en los que se glosan la vida y producción literaria del premiado, la obra de Cervantes y los autores clásicos de nuestra lengua, así como sobre el estado del idioma.  


Fernando del Paso, 2015

Elena Poniatowska, 2013

José Emilio Pacheco, 2009

Sergio Pitol, 2005

Carlos Fuentes, 1987

Octavio Paz, 1981

jueves, 24 de septiembre de 2020

Y DONDE QUIERA, LA LUZ (FRAGMENTOS)

A lo largo de los años, la vida de la mujer es la de su función sexual. De novias vestidas de blanco pasamos a ser madres y luego abuelas. ¿Qué otra cosa nos queda? Kigra, Raúl Ramírez, nos forja otro destino.

     Durante más de un año, Kigra siguió a mujeres fuertes y frágiles a la vez y ninguna ha sido observada con un ojo tan solidario y tan cómplice como el de este gran fotógrafo.

     El sexo es la actividad humana más íntima, más secreta y la que más nos saca de nosotras mismas. Las mujeres de Kigra llevan su sexo encima. Para algunas es una condena, para otras una liberación como la niña que se baña a jicarazos. Su madre no tiene nada que ofrecerle pero le da una falda de olanes que bailan al viento y la saca al puro canto de la sierra tarahumara.

     A pesar de ellas mismas, incluso cuando sólo son un costal de recuerdos, una anciana a la espera o una Barbie hecha pedazos, las mujeres de Kigra denuncian lo que somos nosotras las “square”, las “straight” las que nos vamos a dormir a nuestra casa con la panza llena. Las mujeres de Kigra sentadas en su litera en la cárcel tienen al lado a su pequeño hijo. Él si tiene permiso de correr y hasta de disparar en contra del policía. ¿Qué no sabrá que pueden encerrarlo? Él ya está adentro, su horizonte es de barrotes pero también nosotras somos reclusas “porque la vida rara vez sale como uno la planea”.

     Al igual que todos los días, como si llevaran una vida normal, las presas lavan su ropa, guisan sobre una estufa en su celda y a veces cantan mientras hacen la limpieza y dejan todo bonito porque es mejor vivir bonito.

     A pesar de que quieren irse, nadie cumple su deseo aunque ahora las jóvenes se parecen más a los hombres y toman sus propias decisiones. Usan los mismos pantalones de mezclilla que ellos y salen a la calle a buscar su suerte. Ya no esperan a que les abran la puerta.

     Ganarse la vida es ganarse el respeto de los demás.

     Son una multitud las jóvenes palomas para quienes sus padres echa la casa por la ventana el día en que se casan de blanco, las toman del brazo para llevarlas al altar al son de la marcha nupcial y las sacan a bailar el primer vals. ¡Ah qué buenas amigas las que comparten el pastel y las ilusiones y qué apretado el abrazo de la gran familia humana cuyo círculo es el del brindis con champaña!

     Kigra fue a buscar sus fotos al infierno y sin embargo nos hizo respirar el aire que baja de la sierra, el de la otra orilla, el del cuerpo completo de Lupita y el de su risa que resuena en lo alto de la sierra tarahumara.

     El amor es una iluminación y las fotografías de Kigra en su “Y donde quiera la luz” nos iluminan porque enseñan que NO podemos ser sin los demás y que la emoción que su vista provoca nos ayuda a ser mejores. Ver a Diana, Lupita P, María Elena, Alejandra, Fernanda, Lucesita, Karlita y Gloria, Lupita, Jovita, Paulina y Zumiko es un desafío. Su intensidad hace que exploremos los resortes de nuestro ritmo interior, el que es capaz de responder o adormecerse para siempre.

 

Elena Poniatowska Amor

 

Instituto Chihuahuense de la Cultura 2012