miércoles, 21 de noviembre de 2018

POR EL DOLOR DE NO TENERTE


                                                       Amado para mí es el sueño,
                                                        y mejor ser piedra.
                                                        Miguel Ángel  Buonarroti                                                                                                                                                                                
                                                      
Te llamo a pesar de la distancia. Hoy es una tarde nublada, amenaza la lluvia. Hace frío. Los árboles se agitan y botan sus hojas secas.

     Tu nombre es Níobe, lo escribiste una noche en mi espalda. Ahora me siento como un ciego que tropieza continuamente con las paredes. Mi malestar es un dolor que se queja como hueso dislocado. Extraño muchas cosas de ti: tu piel fría y tu olor de flores de piedra. Me percato de un placer inusitado al besar tu cuerpo, tus pies impecables, tus pechos pequeños, tu abdomen plegado, tu muslo levantado en ángulo para que el brazo sostenga tu cabeza de diosa.

   Te recuerdo, ¡por supuesto que te recuerdo! Esa noche estabas coronada de lunas y estrellas, cubierta de un resplandor inusual. Me llamaste y acudí a ti. Juntos nos llenamos de luz. Nuestra comunión fue de otro mundo; saboreamos nuestros humores, escuchamos nuestra respiración agitada, navegamos tomados de la mano en un mar sin límites, y gravitamos como asteroides recién descubiertos.

     Me acostaré con tu imagen y el sabor de tu piel. Mañana, cuando el sol invada mi habitación y la llene de ascuas, sabré que dormiste a mi lado, que no eres solamente un bloque de mármol.

José González Gálvez 

Febrero de 2017

Imagen: Miguel Ángel Buonarroti

EN PÚRPURA TENDIDO


De los poetas que conozco de Coatzacoalcos. Los registros poéticos de José González Gálvez son totalmente diferentes. González Gálvez hace gala de una voz que guarda un sobrio equilibrio, nada de gritos ni de estridencias, él sabe que la poesía se hace hablando tranquilamente, con palabra suave y delicada. De este modo, aborda temas de diversa índole, los cuales trata de manera ponderada, sin siquiera acercarse a los bordes de la cursilería, o bien a la denuncia desmedida y desapasible.

El poemario En púrpura tendido está compuesto por cinco libros: “Quinteto de cuerdas”, “Figuras talladas en la piedra”, “Valses”, “Palabras convencidas” y “Otras palabras”. Cada uno de ellos posee su propio contexto y una singular estructura poética. Todos sabemos que la poesía atiende al valor sonoro del artefacto verbal, es decir, a su musicalidad y que dicho artefacto expresa siempre las ideas y emociones de poeta. Así mismo comprendemos que la poesía podrá carecer de metro y de rima, pero de lo que jamás habrá de desposeerse es de ritmo.

El poema, dice Fernando Lázaro Carreter, pertenece al linaje de los actos lingüísticos que producen el vidente, la sibila, el mago, el vate, el profeta, la clase de actos que se admiten como propios de personas dotadas de ciertos poderes que no le son conferidos al común de los mortales, poderes, podríamos decir, sobrenaturales, que están más allá del mundo real. El poeta también ve más allá, hacia ese afuera, y los lectores lo conocen solamente mediante su testimonio y para hacerlo puede introducir en el poema elementos del mundo cotidiano, pero esos componentes experimentan una transformación al penetrar en los versos, porque son sacados del mundo real, de su ámbito espacio-temporal y funcionan sólo en relación con los demás objetos usados por el poeta para construir su mundo imaginario.

Lo misterioso de la poesía de José González Gálvez –atribuyéndole este término en el sentido de enigmática, porque la poesía de González Gálvez, desde nuestro punto de vista, es tan clara como el agua de un manantial- es su fuerza ilocutiva, esto es, qué se propone el poeta cuando escribe. Y esa fuerza, pensamos, consiste en un deseo posesorio de la personalidad del lector, que el poeta pone en marcha. Esto, por supuesto, no sólo sucede en las poesías sentimentalmente conmovedoras, sino también en las que son puro juego y cuya intención no es otra que la de convertirnos en jugadores, en compañeros lúdicos del poeta, divertido en su mundo imaginario. González Gálvez, pues, no sólo convida al lector a acompañarlo en su lírico viaje, sino que le hace un llamamiento perentorio para que se identifique con él.

La atracción del lector al lugar del poeta no se produce fácilmente, los dos han de contribuir a ella, por eso, dice Octavio Paz, autor y lector, ambos, se convierten en creadores. En la comunicación literaria, contrario sensu, a la conversación ordinaria, el autor no conoce al lector, da la impresión de que lanza su obra como una botella al mar, en espera de que alguien la recoja. Así es el acto poético en José González Gálvez, una botella lanzada al mar, sólo que esta vez ya la hemos recogido.

Francisco Morosini, en Xalapa, Veracruz 2005

Imagen: Ernesto Zavala Absalón

EL BOSQUE EROTIZADO (FRAGMENTOS)


Ya es una leyenda conocida incluso en las montañas Rocallosas: dicen que cuando Alicia Ahumada camina entre los árboles algo se despierta en ellos. La más inesperada vitalidad se enciende en todas las plantas del bosque. Y seguramente también en el aire que habitan y en la tierra y en la humedad que las nutren.

     Esa nueva agitación de las plantas, ahora llena de tierra, agua y aire, convoca incluso al fuego en su manera menos destructiva: el bosque erotizado es una especie de llama vegetal, de ardor sin duda, de efervescencia de madera. Y la savia comienza a correr por dentro de las ramas como la sangre en las venas de ciertos amantes. Eso afirman quienes repiten la leyenda siempre con huellas de asombro en los ojos.

     En el bosque de Alicia Ahumada sucede eso que podríamos llamar el surgimiento de Eros. Y sus fotografías son el espacio donde sucede su aparición, su epifanía: la irrupción en la vida cotidiana de una dimensión excepcional. Así se llama a la aparición del mundo profano de algo distinto, sagrado para algunos, poético para otros. El erotismo llevado a considerarse sagrado o la aparición de la poesía. En el caso de las fotografías de Alicia Ahumada se trata sin duda de ambos: un Eros trascendente que es a la vez un poema visual. En sus árboles late el inquietante dios poema: Eros, amo de su bosque.

     En las fotos de Alicia, la vitalidad ritmada late de pronto hasta en las hojas caídas. La corteza, más que nunca es piel. Pero ahora es piel anhelante. Las ramas se extienden en la noche como brazos, como piernas. Se abren y se cierran como si llamaran con ese lenguaje de anhelo a lo que quieren abrazar, a lo que quieren sostener entre las nervaduras de las ramas, entre esos nudos que parecen rodillas.

     Varios troncos que se dividen en dos ramas ya no pueden hacerlo si no dejan en el delta de su separación la fisonomía de un pubis e incluso de un sexo. De manera a la vez sutil y abrupta, cada uno parece enarbolar bellísimos labios vaginales. Así, la palabra “enarbolar” adquiere en este bosque, gracias a Alicia, un significado erótico: significa levantar en alto, no una bandera sino el erotismo del árbol. Su teatro de sexualidad extendida.  

     En todos los árboles de este bosque, de golpe, su sexo canta, se muestra feliz o adolorido, es cicatriz o brote nuevo. Hay incluso extraños falos oscuros en árboles de cortezas claras, inquietantes como ramas interrumpidas en su decidido crecimiento horizontal. El bosque todo es una erección de la vida. Y en otra rama más cercana, un  musgo púbico que tampoco es verosímil si no fuera porque está ahí, a la vista, multiplicando ante nosotros el desfile carnavalesco de cuerpos que se revitalizan.

     Desde hace tiempo he creído que eso que se llama “asombro”: un fuerte pero agradable impacto físico y emocional ante algo distinto o nuevo que se juzga maravilloso. Y creo que es parte sustancial de la actividad poética: descubrir las cosas que no cualquiera es capaz de mirar y a partir de ellas, de esa aparición excepcional, crear una obra de arte que permita compartir el descubrimiento asombroso.

     Y qué revelación es más radical y más digna de provocar entusiasmo y asombro que el descubrimiento del erotismo latente en el mundo. Alicia Ahumada nos pone ante los ojos a un Eros desnudo en el mismo bosque del mundo donde antes, tal vez, podíamos olerlo pero obstinadamente se nos escondía.

Alberto Ruy Sánchez 
Artes de México colección luz portátil 2006

EL DOLOR QUE LO DICE TODO


Tiemblo con un sudor azul que me descose el alma. Tus manos me toman de los hombros para que voltee a verte, y me observas con esa mirada lustrosa, llena de humedad.

     La luz del sol se esconde entre las ramas de los abetos y se filtra en destellos que no hieren, solo parpadean en tu cuerpo perfilándolo, en tu piel morena, en tus músculos que se distienden a pesar de los movimientos pausados. Me acomodo a tu abrazo sugerente pero me siento incómodo.

     Te miro y tu mirada es un enigma insondable que no me dice nada. Ya no eres tú, ni soy yo, somos uno solamente, un animal mitológico, biforme, de cuatro extremidades inferiores que aúlla por la falta de amor.

José González Gálvez 

Abril de 2015

BIOGRAFÍA DEL GATO (FRAGMENTOS)


El Génesis lo calla pero el gato debe de haber sido el primer animal sobre la tierra, el núcleo a partir del cual se generaron todas las especies. En una de sus andanzas por el planeta humeante el gato inventó a los seres humanos. Su intención fue crearnos a su imagen y semejanza. Un error ignorado lo llevó a formar gatos imperfectos. Sí pudiera comprobarse que descendemos del gato sería indispensable una reestructuración de las ciencias. Es demasiado incómoda para los sabios; por ello prefieren no investigar nuestros orígenes.

     En el fluir de los siglos, para compensarnos de tantas desventajas, aprendimos a hablar. El gato, en cambio, quedó aprisionado en la cárcel de sus sentidos. No obstante, limó su astucia y su sabiduría. Algunas religiones primitivas lo divinizaron. En la Edad Media se le atribuyeron malignos poderes y pactos sobrenaturales. Fue perseguido bajo el cargo de participar en aquelarres con demonios y con hechiceras. Hoy ha proliferado en todo el mundo como animal doméstico. Es parte integrante de la galería familiar. Se le tiene el respeto y el recelo que inspira todo ser superior.

     Quienes lo aman y quienes lo detestan coinciden en asignarle atributos fantasmagóricos: ser dueño de siete vidas, anunciar desdichas si es de color negro, y un sinfín de cosas que no le hacen mella: su personalidad resulta insobornable a la opinión ajena. Sigue tan gato como cuando era adorado por los egipcios o lo acosaban la ignorancia y el salvajismo de épocas tan oscuras como la nuestra. Ahora y entonces resiste la seducción o el desafío de las miradas: no pestañea ante nadie.

     Lo calumniamos al suponerlo miembro de una familia coronada por el tigre. El tigre es un gato al que la ferocidad ha embrutecido, una ampliación superflua, inferior a la síntesis y armonía de su modelo. Creemos haberlo subyugado porque está a nuestros pies. Sin embargo, como este mundo es un espejo donde todo lo vemos invertido, en la dimensión de la verdad el gato se encuentra muy por encima de nosotros. Compartimos algunas semejanzas. Por ejemplo, el cortesano plagia los ardides del gato y todos imitamos su ingratitud. Nunca damos las gracias y siempre dejamos de ronronear en cuanto hemos obtenido lo que esperábamos.

     El gato inventó el existencialismo: cada momento representa para él una elección. A fuerza de meditar veinticuatro horas al día vive en el absurdo y la vacuidad de todo sólo se aferra al instante en que vive. Nunca sabremos lo que piensa el gato acerca de ese mundo tan mal hecho y los seres con quienes comparte a pesar suyo el tiempo. Vana tarea estudiar el misterio del gato, enigma irresoluble, máscara por la cual nos contempla y nos juzga algo que ni siquiera sospechamos.

José Emilio Pacheco
Ediciones Era 1990

Imagen: Franz Marc

AYER, ESA TARDE CUANDO NOS QUISIMOS TANTO



Cuando desperté, traté de recordar lo sucedido pero no pude, me resultó casi imposible. Una tremenda jaqueca parecía taladrar el epicentro del umbral, escondido en alguno de los lóbulos del cerebro.

     Traté de recordar, y poco a poco las ideas fueron quedando sobrepuestas como las piezas de un rompecabezas inconcluso. En el armario había un paraguas, una gabardina raída, un par de zapatos de hule gastados, una bufanda descocida y un olor a viejo que abofeteó mi olfato sin misericordia. Me perdí en el rojo sangre del amanecer de un jueves cualquiera.

     La luna oval del tocador veneciano estaba rajada, en alguna parte de sus astillas parecía estar escondido el trasgo de la inseguridad y del infortunio. Sobre el tapete persa se encontraban los alcatraces marchitos y las amapolas sin aroma, había muñecas con cara de porcelana y vestiditos de organdí colocadas en armarios Regencia, un libro con poemas de T. S. Eliot bajo las mesitas de taracea, cálices de plata repujada, una otomana del tiempo de los zares y un clavicordio Pleyel. Al volverme hacía atrás me topé con un Cezanne, y de pronto recordé todo, una sucesión de imágenes insólitas abrevaron en el laberinto interminable de mi memoria.

     Esa tarde de noviembre llovía, y el mundo parecía cubierto de una atmósfera acuosa y benévola, grávida de corpúsculos pluviales. Entonces tocaste a la puerta y al entrar, el gris de las horas inútiles se diluyó en un suspiro continuo. Te veías hermosa con el cabello mojado y escurriendo agua por la gabardina, dejaste el paraguas en el quicio de la puerta y te quitaste la bufanda y los zapatos de hule. Te recuerdo con el rostro salpicado de gotas minúsculas y el corpiño húmedo dibujando el contorno de tus pechos, y la falda de algodón dibujada a tus caderas. Nos miramos intensamente y el silencio dijo más que las palabras, y ahí, junto al fogón encendido resplandeció la ceremonia secreta de nuestros cuerpos.

     Nuevamente se hizo el silencio, y por mucho tiempo dejaron de acudir a la cita las notas tristes del clavicordio. Mi corazón se llenó con el rumor sordo de cientos de polillas desorientadas, y mi aliento con el olor fétido de las criptógamas en descomposición.

     Ahora, veinte años después de aquella tarde memorable de noviembre, aún no me acostumbro a tu ausencia, no puedo perdonar el vacío de tu cuerpo y el sonido cada vez más lejano de tus palabras. Abandoné para siempre la escopeta, el cuerno de caza y los lebreles. Y me siento impotente, lleno de cólera, con los puños cerrados, rumiando un hálito de ansiedad que no he podido sofocar desde entonces.

José González Gálvez 

Coatzacoalcos, octubre de 1989

Análisis del texto:
Tema: el amor
El motivo: la rememoración del encuentro amoroso
Elementos: el tiempo, la atmósfera creada, el dolor por el amor ido, la vejez.

     El primer párrafo gira en torno a la palabra umbral, esta palabra es la que le deja el espacio al lector para recrear la imagen que se describe, puesto que sonora y semánticamente, la palabra se nos aparece como un encuentro que puede interpretarse de disímbolas maneras –ahí la ambigüedad de la obra- a partir de esta palabra el lector encontrará motivos suficientes para adentrarse en el mundo que nos propone.

     El segundo párrafo es el planteamiento presente, el que hay que tener en la memoria para adentrarse en el desenlace. Quizá las palabras claves sean rojo sangre porque dan una idea del estilo del autor; la sugerencia es hacia el erotismo, porque el rojo sangre sugiere a la pareja sexual a partir de la idea primigenia de la relación hombre-mujer, claro, girando alrededor de la figura femenina. Esta idea del amor erótico, se nos reforzará en la octava palabra del tercer párrafo rajada es demasiado descarnada y por ello su obviedad, obsérvese que el adjetivo se impone a un sustantivo femenino y en la siguiente línea, de golpe se nos propone la atmósfera general de la obra, inseguridad e infortunio son las palabras claves por donde el autor le va dando la redondez a la idea que se esta proponiendo. No se pase por alto otra palabra clave cálices, en ella el autor se adentra en la magia del amor como un estado religioso: Dios y el amor en su plenitud. Más allá la belleza como aspiración creando la atmósfera general que prepara su encuentro con el correspondiente erótico sexual, y no se queda corto: el amor, Dios y la belleza se pierden por un laberinto interminable. Del cuarto párrafo solo se salva –literalmente- la última oración: resplandeció la ceremonia secreta de nuestros cuerpos, adjetivos –su abuso- y las obviedades dan al párrafo la factura de lugares comunes, pero en el quinto párrafo se nos propone la ambigüedad, solo alcanzable por sensibilidades exquisitas: la vejez en el fondo, con su fealdad y lo grotesco de su presencia, sin embargo la forma es comparable a una tonada: fétido, criptógamas y descomposición le dan al texto su altura y cierre magistral.

     El desenlace no podría ser mejor, el autor juega con los elementos varoniles abandonados, así como en el segundo párrafo yacen también abandonados los elementos femeninos: hombre y mujer en el tiempo.

     El autor es un buceador del erotismo a partir de la pareja humana, los elementos se enlazan de tal manera que el relato –salvo las excepciones- se adentra en la insondable realidad del encuentro sexual.

Julio César Sánchez Narváez

Imagen: Carla Ripey