jueves, 25 de febrero de 2021

MI TÍA CECILIA


MI TÍA CECILIA

Yo calculo que se me han olvidado muchas cosas; pero la tarde en que murió mi tía Cecilia no se me ha olvidado. Estuve cerca de su cama, sentado en una silla, viéndola a cada rato levantar sus como para defenderse de aquella enfermedad que la lastimaba y con la que estaba en pleito desde el amanecer.

     Recuerdo que sacudía sus brazos como una ciega que busca en la oscuridad algo que le está haciendo daño. Luego descansaba. Estiraba las piernas y descansaba. Sólo oía yo su resuello ronco que salía de su boca como borbotones de aire. De un aire seguramente malo, porque a ella le repicaban los labios al respirar.

     Yo pienso en el tiempo que ha pasado desde el día en que ella murió, pues cuando murió yo me quedé solo. Ella, que tan apurada anduvo por mí mientras vivió, al morir se le olvidó por completo encargarme a alguien para que me cuidara. En aquel tiempo yo tenía diez años. Y no, no me encargó con nadie.

     Me recuerdo de que esa misma noche ya se habían ido todos y me desperté yo solo. Estaba sentado junto a la cama de mi tía Cecilia y ella estaba ahí también, mirándome con sus ojos abiertos sin separarlos de mí, como si con ellos me quisiera decir algo con lo cual yo no fuera a tener miedo nunca.

     Me acuerdo de eso porque, al cerrarle los ojos con mis dedos, pareció como si para siempre se acabara la luz y todas las cosas se llenaran de oscuridad.

     Estoy acostado en esta cama suya, donde ella puso su cuerpo desdoblado para que no le costará trabajo a la muerte llevársela, y pienso que ella no debía haberse muerto así de repente, sabiendo que era yo el que iba a sufrir al no verla ya más.

     Yo a veces pienso que ella no debía haberme querido como me quiso para luego irse así de pronto, como si no dejara ningún pendiente y, más todavía, pudiendo ver hasta con los ojos cerrados que algo sufriría yo al no encontrarla ya más. Sí, ella calculó mal las cosas. Y lo que yo digo es que debía haberse defendido un poco, pongamos por caso una hora o dos horas más; aguantándose de algún modo, y ese tiempo lo hubiera aprovechado para renegar de mí, diciéndome algo, por lo cual yo le guardara un rencor que durara hasta ahora.

     Pero hizo todo lo contrario. Parece que se puso a buscar con sus gestos una fuerza que yo le había conocido y que me gustaba ver en ella. Parece también que quería llenarme de esa fuerza para siempre, como un regalo que me hacía a fin de que la vida no me fuera a asustar nunca. Ahora me lo imagino así. Me imagino que mi tía Cecilia me quiso decir eso con sus ojos, buscando la manera más sencilla de decírmelo.

     Y si no hubiera sido porque alguien vino a cerrarlos y a decirme: “Ella ya no está”, yo no me habría movido de ahí, porque no, porque yo sabía que aquella mirada suya era la misma que solía poner cuando se le derramaba el cariño que me tenía.

 

Texto y fotografía de Juan Rulfo

 

Ediciones Era 1994  


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