domingo, 16 de abril de 2017

RESPLANDOR UNO


La estrella se expandía y se enfriaba, haciéndose
otra vez una nube desgarrada y roja.


Arthur C. Clarke: El fin de la infancia
        

Después de la segunda explosión, Fetia 063 una joven delgada y pálida debido a la falta de luz natural, despertó turbada y con un desorden de congoja en el cuerpo. Quiso hablar, pero sus palabras eran simplemente un remedo, un murmullo ininteligible.

Se levantó con dificultad. La oscuridad parecía filtrarse a través de un embudo gigante. Pulsó el interruptor. Las cortinas de metal se corrieron lentamente produciendo un chillido penetrante. Los ventanales perfilaban un horizonte fastuoso; el cielo parecía un enjambre de puntos luminosos. Apesadumbrada trató de recordar su origen pero no pudo, una membrana pálida se había formado poco a poco alrededor de su cerebro como un capullo de seda translúcida.

Desde pequeña soñaba con estrellas fugaces, con caudas de cometas, con lluvia de aerolitos, con polvo sideral. La mañana de la anunciación, las puntas de cristal estaban intactas, los obeliscos permanecían inalterables, las pirámides cumplían con su misión, pero los museos habían cerrado sus puertas. La historia había claudicado al paso de las novedades, deteriorada por el movimiento de las barras magnéticas y los asteroides. Fetia 063 había renunciado a su investigación de Phobos y Deimos, de pronto los satélites artificiales de Marte habían perdido su interés. La migración de cefeidas y novas en el mapa interestelar de la galaxia ya no llamaban la atención de nadie. Se clausuraron los observatorios y los planetarios.

Todo estaba extinguiéndose lentamente sin dejar indicio alguno. Mortificada, sospechaba que vivía en un mundo irreal, rodeada de siluetas y duplicidades, manejada por el engranaje de un reloj atemporal. No existían escenografías, solo proyecciones holográficas de danzas ignotas y bestiarios insulares acompañados de música de sintetizadores ocultos en los pasillos desnudos y en los laberintos interminables. Un sonido escalofriante como sonidos lejanos de tiempos vencidos por suplicio fatídico de los años.

Por regla general debía permanecer en su gabinete después de la mediatarde. Estaba nerviosa, en la lista de las exclusiones no figuraba su nombre, muchos habían partido con anterioridad al refugio en Palus Somni. Tomó un libro de su biblioteca particular, un texto anacrónico purgado de las listas oficiales, Lo abrió en la página 19 y después en la 54. La historia escrita en letras de moldes antiguos, en un alfabeto descontinuado de la computadora nodriza, relataba en forma de saga, la última expedición a las nebulosas de Andrómeda y Cabeza de Caballo en una nave interestelar, esa era la misión, pero los viajeros no se detuvieron ahí, siguieron más adelante, más allá de las Nubes de Magallanes hasta llegar a las galaxias fantasmas de Hidra. Los pasajeros, Urko y Rodam jamás volvieron, se reportaron desaparecidos en el dossier espacial.

Pero Fetia 063 conocía la verdad, la intuía. Ellos seguían vivos, detenidos en las nubes brumosas de polvo frío y de gas, en la niebla cósmica del infinito, atrapados en el árbol genealógico de las estrellas, eternamente jóvenes, con un halo de majestuosidad en sus cabezas y un aura de bienestar en sus cuerpos, indemnes, con apariencia de dioses.

Cerró el libro de golpe, había memorizado la historia y sabia de las consecuencias finales. No quería marcharse a Palus Somni en la Luna. No deseaba dormir para siempre dentro de un cilindro repleto de hielo seco, empollando una biosfera solemne y beatífica, esperando nuevos horizontes y un mañana sin temores. Sospechaba que había otra verdad, se daban casos de planetas borrados de la faz de la Vía Láctea por el horror a las epidemias y al contagio, por el bombardeo atómico y la destrucción.

Cuando escuchó el bramido de la explosión se desesperó por completo. Era el primer equinoccio del año. Sin pensarlo abrió las ventanas. La saludó el frío y la humedad de una atmósfera desconocida, polinizada. Su compartimento se comenzó a llenar de amapolas, retoños que florecían en fracción de segundos, mostrando sus corolas insólitas y sus pistilos mágicos. Empezó a bostezar lentamente, antes de quedar inconsciente levantó la palanca de seguridad que sellaba las compuertas, poco a poco se fueron abriendo las esclusas y los domos. Cuando amaneció, las campanas de plata sonaron inútilmente. Todo el mundo permanecía dormido.

José González Gálvez 

Coatzacoalcos, agosto de 1987

No hay comentarios:

Publicar un comentario