lunes, 8 de julio de 2013

EL ÚLTIMO VALS DE LA EMPERATRIZ SIN NOMBRE

Toma este vals que se muere en mis brazos.
 Federico García Lorca

Un reguero de polvo lunar como escarcha,  cubrió todo mi cuerpo. Ahora puedo guardar celosamente las huellas de tus pisadas en el campo yerto de mi piel, tus pisadas de pies descalzos.
 Por la ceniza blanca de un volcán que acabó de erupcionar, mi pradera está desolada, como mis ilusiones que jamás volverán a crecer, igual que la higuera de la esquina. Mis esperanzas  truncas se desbarataron como estatuas de sal, a orillas de un mar muerto, un mar que permanece inerte, falto de oleaje, invisible cuando la luna destila su luz blanquecina y silenciosa.
¿Qué haré ahora con tus huellas? ¿Qué haré con mi piel cristalizada, que por sus cuarteaduras segrega miel que no es dulce? ¿Qué haré contigo hombre de hielo, con el glaciar de tu amor, con tus palabras que son agujas de agua helada?
¿Qué haré para que el aire vuele de nuevo, y las aves gorjeen en las ramas florecidas? Acaso tendré que llevar tu retrato a todos lados, para llenar de mentiras las primeras estaciones del año.
¿Qué haré para poder llorar de dolor como un títere dislocado? Porque te siento alejado, porque tu olor a colonia de naranjo ya se ha ido para siempre.
¿Qué podré hacer para girar desnuda en el campo de las astromelias y los plúmbagos? Donde me veías, y sin preocuparte de tu traje impecable me cargabas hasta la casa y me hacías el amor lentamente y me llenabas de palabras dulces como la menta.
Ahora sólo el silencio responde mis preguntas. Entonces, enroscada como anélido, lamo mis heridas, hasta que las extremidades se reproducen por encantamiento, y así,  bailo el último vals de la emperatriz sin nombre.

José González Gálvez


Octubre 31 de 2012

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