martes, 3 de junio de 2014

EXTRAÑA PASIÓN EN EL FONDO DEL MAR

Rafita se revolvió en la cama. Convulso, jadeante, húmedo, dejó que su mirada se blanqueara como el mármol mientras le lamian los pies. Hacía cuatro meses que se había topado con un extranjero en la pantalla de su laptop. 

Febril por su hallazgo, descuidó la retaguardia de su verdadera misión de sometimiento y esclavitud, en ese espacio sin límites de la cibernética. Noche tras noche, Rafita y el extranjero, se daban cita como amantes furtivos frente a un cristal de luz, que reproducía nítidamente sus rostros. Se veían, hablaban, hacían gestos, bromeaban, se comparaban y medían, recordaban desamores, ocasionalmente se ponían tristes  porque sus secretos más recónditos quedaban libres y se abrían como flores misteriosas que han permanecido recluidas en un invernadero. Sin darse cuenta, sin sospecharlo siquiera, ambos quedaron atrapados  en los lazos invisibles de una complicidad secreta. Crecieron como raíces en lo más profundo del corazón. Un otoño memorable, el extranjero salió sin contratiempo alguno de la pantalla fluorescente. 

Regresó esa tarde del trabajo, abatido como siempre, por la incertidumbre de una soledad perniciosa que le mordía los intestinos. Se quitó el pullover y el polo, en silencio caminó hasta la recámara. Antes de entrar se acordó que había dejado encendida la computadora, pero ya no pudo hacer más conjeturas, porque se sobresaltó al encontrar sobre su cama el cuerpo desnudo de un hombre que no lo miraba, solo se concretaba a nadar entre la colcha y las almohadas, izando como velamen un par de nalgas redondas. Rafita no daba crédito a lo que veía, enmudecido dejaba que el agua de una mar insólita mojara sus pupilas. Lentamente se fue quitando el resto de la ropa hasta quedar también desnudo. Como buzo se sumergió en ese océano recién descubierto y sucumbió dócilmente al canto de las sirenas. 

Su vecina, una solterona intrigante, lo encontró varado en los pasillos del edificio.

José González Gálvez



Enero de 2014

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