viernes, 26 de febrero de 2021

CARTA A FRANCISCO HERNÁNDEZ

 



Coatzacoalcos Veracruz miércoles 19 de 2020

 

Buenos días estimado Francisco:

   Aquí reportándome desde este caluroso puerto. Sin embargo desde la ventana, puedo ver la bocana y como los buques cargueros se deslizan parsimoniosamente sobre el río, y a mi izquierda la entrada del mar. Corre un poco de brisa, estamos a 27 grados y parcialmente nublado.

       Como te dije por teléfono extravié tu dirección y no había forma de ponerme en contacto contigo, recuerdo que de nuestras últimas pláticas me comentaste que no tienes correo electrónico y por ende Facebook tampoco.

    Como todos, o como la mayoría de todos estoy guardado en mi departamento, leo poesía, disímbola, ahora de: Alaíde Foppa, Amado Nervo, Ethel Krauze, Concepción Urquíza, Fernando Pessoa, Rosario Castellanos, Renato Leduc, Alberto Ruy Sánchez, Gilberto Owen, Gérard de Nerval e Isabel Fraire. De tus poemarios, el último que leí es “Odioso caballo”. Cuido religiosamente mi jardín en macetas, tengo diferentes especies de filodendros, cactus y helechos, escucho música y hago ejercicio. Mis salidas son escasas y verdaderamente ya me estoy aburriendo del caos originado por este virus pernicioso. 

     ¿Cómo has estado? ¿Cómo se encuentra Leticia? ¿Qué te pareció el poemario que te envíe?

      Te dejo un abrazo inmenso, y de mi parte el placer de volver a tener comunicación contigo.

                                 “Amanecer. Anochecer. Envejecer.     

                                        Amar el altar donde pudimos,

                                        por un instante, ser el mar.”

 

     José González Gálvez

jueves, 25 de febrero de 2021

ROMANZA

 


Existe una música sacra en tu cuerpo frutecido. Un aire diáfano sin horarios. Un desesperado hábito por llegar al pistilo de tu sexo. Tu dermis, macerada por plenilunios, es fuente donde calmo esa sed alucinante que me enerva. Mi amor por ti es un topacio clavado en el fondo de tu corazón enhiesto, un pequeño colibrí que liba el néctar de tus pechos.

 

José González Gálvez

Domingo 8 de noviembre de 2020

 

Fotografía: Rogelio Cuéllar   

MI TÍA CECILIA


MI TÍA CECILIA

Yo calculo que se me han olvidado muchas cosas; pero la tarde en que murió mi tía Cecilia no se me ha olvidado. Estuve cerca de su cama, sentado en una silla, viéndola a cada rato levantar sus como para defenderse de aquella enfermedad que la lastimaba y con la que estaba en pleito desde el amanecer.

     Recuerdo que sacudía sus brazos como una ciega que busca en la oscuridad algo que le está haciendo daño. Luego descansaba. Estiraba las piernas y descansaba. Sólo oía yo su resuello ronco que salía de su boca como borbotones de aire. De un aire seguramente malo, porque a ella le repicaban los labios al respirar.

     Yo pienso en el tiempo que ha pasado desde el día en que ella murió, pues cuando murió yo me quedé solo. Ella, que tan apurada anduvo por mí mientras vivió, al morir se le olvidó por completo encargarme a alguien para que me cuidara. En aquel tiempo yo tenía diez años. Y no, no me encargó con nadie.

     Me recuerdo de que esa misma noche ya se habían ido todos y me desperté yo solo. Estaba sentado junto a la cama de mi tía Cecilia y ella estaba ahí también, mirándome con sus ojos abiertos sin separarlos de mí, como si con ellos me quisiera decir algo con lo cual yo no fuera a tener miedo nunca.

     Me acuerdo de eso porque, al cerrarle los ojos con mis dedos, pareció como si para siempre se acabara la luz y todas las cosas se llenaran de oscuridad.

     Estoy acostado en esta cama suya, donde ella puso su cuerpo desdoblado para que no le costará trabajo a la muerte llevársela, y pienso que ella no debía haberse muerto así de repente, sabiendo que era yo el que iba a sufrir al no verla ya más.

     Yo a veces pienso que ella no debía haberme querido como me quiso para luego irse así de pronto, como si no dejara ningún pendiente y, más todavía, pudiendo ver hasta con los ojos cerrados que algo sufriría yo al no encontrarla ya más. Sí, ella calculó mal las cosas. Y lo que yo digo es que debía haberse defendido un poco, pongamos por caso una hora o dos horas más; aguantándose de algún modo, y ese tiempo lo hubiera aprovechado para renegar de mí, diciéndome algo, por lo cual yo le guardara un rencor que durara hasta ahora.

     Pero hizo todo lo contrario. Parece que se puso a buscar con sus gestos una fuerza que yo le había conocido y que me gustaba ver en ella. Parece también que quería llenarme de esa fuerza para siempre, como un regalo que me hacía a fin de que la vida no me fuera a asustar nunca. Ahora me lo imagino así. Me imagino que mi tía Cecilia me quiso decir eso con sus ojos, buscando la manera más sencilla de decírmelo.

     Y si no hubiera sido porque alguien vino a cerrarlos y a decirme: “Ella ya no está”, yo no me habría movido de ahí, porque no, porque yo sabía que aquella mirada suya era la misma que solía poner cuando se le derramaba el cariño que me tenía.

 

Texto y fotografía de Juan Rulfo

 

Ediciones Era 1994  


ELOGIO DE LA MADRASTRA

 


Con inmensa satisfacción publicados Elogio de la madrastra, no solo porque era —al menos así nos los parecía— una asignatura pendiente del gran escritor peruano Mario Vargas Llosa con el género de la novela erótica, sino porque, al animarse a cumplirla, nos ha entregado a todos una de sus obras más rotundas.

     Quien haya seguido con cierta atención la trayectoria literaria de Mario Vargas Llosa, sus escritos sobre literatura, sus manifiestas aficiones literarias, no se extrañará de que haga esta incursión en este género y le parecerá natural que la dedique a otro ilustre erotómano, su amigo cineasta y director de esta colección Luis G, Berlanga. Su curiosidad por los móviles recónditos de la literatura erótica viene, pues, de antiguo y es de sobras conocida su admiración por los grandes maestros franceses Georges Bataille y Pierre Klossowski, algunos de cuyos libros eróticos o sobre erotismo ha prologado y divulgado en nuestro idioma. Ahora, leyendo Elogio de la madrastra,  por fin podremos todos comprender hasta qué punto el discípulo pasa él mismo a ocupar rango de maestro en arte tan difícil y, por desgracia, tan poco frecuentado por escritores ya consagrados como él.

     Con la sabiduría del meticuloso observador que él es mediante la seductora memoria del bien contar, Vargas Llosa nos induce sin paliativos a dejarnos prender en la red sutil de perversidad que, poco a poco, va enredando y ensombreciendo las extraordinarias armonía y felicidad que unen en plena satisfacción de sus deseos a la sensual doña Lucrecia , la madrastra, a don Rigoberto, el padre, solitario practicante de rituales higiénicos y fantaseador amante de su amada esposa, y al inquietante Fonchito, el hijo, cuya angelical presencia y anhelante mirada parecen corromperlo todo.

     Aquí, la reflexión múltiple sobre la felicidad y sus oscuras motivaciones, pero ante todo sobre los paradójicos entresijos del poder putrefactor de la inocencia, que subyace en cada una de sus páginas, sostiene una narración que cumple perfectamente con las exigencias del género sin por ello deslucir ni un solo instante la rica filigrana poética de la escritura.

 

Editorial Grijalbo 1988

 

Ilustración de la cubierta: detalle de Alegoría del Amor de Bronzino

 

jueves, 11 de febrero de 2021

FRIDA KAHLO DETRÁS DEL ESPEJO

                                     

Introducción

El rostro sereno rodeado de una corona de pelo llameante, y la cáscara rota, enclavijada, cosida y deteriorada que otrora contuvo a Frida Kahlo, se entregaron al fuego crematorio. Las llamas que calentaban la mesa de hierro que se convirtió en su cama postrimera reemplazaron la carne sin vida por la pureza de las cenizas y consumieron el cuerpo traidor que contenía su espíritu. Esta imagen incandescente de su muerte no es menos real que los retratos de su vida. Cuando sus humeantes cenizas apenas empezaban a enfriarse. Las tinieblas descendieron sobre su nombre, sus pinturas y su breve devaneo con la fama. Frida se tornó en un comentario al margen, un <talento prometedor> condenado a languidecer eternamente bajo la sombra de su esposo, el célebre muralista mexicano Diego Rivera, o como afirmó con un bostezo un crítico de arte del New York Times al referirse a una de sus obras: <…una pintura de una de las ex esposas de Rivera>.

     Frida Kahlo debió morir treinta años antes en un espantoso accidente, pero su cuerpo perforado y despedazado se mantuvo unido el tiempo suficiente para crear una leyenda y una colección de obras que resucitarían treinta años más tarde. Sus pinturas comenzarían a fulgurar en un mundo nuevo que se encontraba preparado para reconocer y acepar sus ofrendas. Ellas constituían un diario visual, una manifestación externa en su diálogo íntimo, diálogo que muchas veces fue, más bien, un grito de dolor. Sus pinturas dieron forma a recuerdos, paisajes de la imaginación, escenas vislumbradas y rostros observados. La gama de colores simbólicos que utilizó logro que la locura (el amarillo) y la claustrofóbica prisión de yeso y de corsés de acero se mantuvieran a prudente distancia. Su vocabulario personal, constituido de imágenes icónicas, devela algunas claves de cómo ella devoraba la vida, amaba, odiaba y percibía la belleza. Sus obras —aderezadas con palabras, páginas de su diario y recuerdos de sus contemporáneos— nos gratifican ofreciéndonos momentos de una existencia vivida a un galope fracturado, que llegó a su fin —posiblemente— por voluntad propia y que dejó un valeroso autorretrato compuesto, suma de todas sus partes.

     El pintor y la persona son una entidad inseparable; no obstante, Frida llevó innumerables máscaras. Sobresalía en todas las reuniones con sus amigos cercanos gracias a sus comentarios ingeniosos e indiscretos; a su singular identificación con los campesinos mexicanos y, a la vez, a su distancia respecto a ellos; y a sus burlas de los europeos y las posturas que asumían bajo distintos rótulos —Impresionismo, Postimpresionismo, Expresionismo, Surrealismo, Realismo socialista, etcétera—, en busca de dinero, de mecenas acaudalados o de un puesto en las academias. Sin embargo, cuando sintió que su obra había madurado, quiso obtener el reconocimiento personal y el de aquellas pinturas que alguna vez había regalado en calidad de recuerdos. Aquello que había comenzado como un pasatiempo no tardo en usurpar su vida. Frida salpicaba sus conversaciones con expresiones de la jerga callejera y con groserías que no dejaban traslucir su corta estatura, su educación católica y el afecto que sentía por las costumbres tradicionales mexicanas. En una ocasión, mientras daba un paseo por una calle neoyorquina llevando su traje rojo de tehuana, joyas con incrustaciones de jades milenarios y un rebozo escarlata sobre sus hombros, un niño se le acercó para preguntarle: <¿El circo está en la ciudad?>. Ella era en sí misma una exposición andante, una colección dadaísta de contradicciones.

     Su vida anterior oscilaba entre la euforia y la desesperación, mientras luchaba prácticamente sin pausa contra el dolor que le causaban las lesiones en su columna vertebral, espalda, y pierna y pie derechos; así como las enfermedades micóticas, las infecciones producidas por sus varios abortos y los continuos tratamientos experimentales de sus médicos. La única alegría constante de su vida fue Diego Rivera, su príncipe rana, un comunista obeso de ojos saltones y pelo alborotado que gozaba de la reputación de donjuán. Ella soportó sus infidelidades y se desquitó teniendo sus propias aventuras amorosas en tres continentes, tanto con hombres robustos como con atractivas mujeres. Pero al final, Diego y Frida siempre volvían uno al lado del otro, como dos animales heridos, desgarrados por el arte, la política y sus temperamentos explosivos, unidos por el frágil lazo rojo de su amor.

     Sus pinturas sobre metal, madera y lienzo, con sus perspectivas planas que evocaban el muralismo, bordes toscos e impenitentes trazos de color local, reflejaban la influencia de Diego Rivera. Pero mientras él pintaba sólo es aspecto superficial de las cosas, ella se extraía las entrañas para convertirse en el tema principal de su obra. En la década de 1940, cuando su dominio de la técnica y la madura comprensión de su expresión artística se hicieron más agudos, su pérfido cuerpo la traicionó y la despojó de la capacidad de plasmar las imágenes que brotaban de su agotada psique. Poco después no le quedó más consuelo que los analgésicos y una botella diaria de brandi.

     Diego se mantuvo a su lado en los últimos días, así como aquel México que tanto tardó en darse cuenta del valor del tesoro con que contaba. Su tierra natal sólo le otorgó su reconocimiento en los postreros años de su vida. La única exposición individual de Frida en México recorrió el breve ciclo de 47 años de su existencia desde el momento mismo de su nacimiento. Cuando murió, los ojos de aquella vida extinguida se quedaron para observarnos desde el otro lado del marco con su mirada directa y desafiante.

 

Gerry Souter

EDIMAT LIBROS S.A. 2018

OTRO POEMA DE ELENA PONIATOWSKA


 

jueves, 17 de diciembre de 2020

CRÓNICAS MARCIANAS

 


En el segundo siglo de nuestra era, Luciano de Samosata compuso una Historia verídica, que encierra, entre otras maravillas, una descripción de los selenitas, que (según el verídico historiador) hilan y cardan los metales y el vidrio, se quitan y se ponen los ojos, beben zumo de aire o aire exprimido. A principios del siglo XVI, Ludovico Ariosto imaginó que un paladín descubre en la Luna todo lo que se pierde en la Tierra: lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo malgastado en el juego, los proyectos inútiles y los no saciados anhelos. En el siglo XVII, Kepler redactó un Somnium Astronomicum, que finge ser la transcripción de un libro leído en un sueño, cuyas páginas prolijamente revelan la conformación y los hábitos de las serpientes de la Luna que durante los ardores del día se guarecen en profundas cavernas y salen al atardecer. Entre el primero y el segundo de estos viajes imaginarios hay mil trescientos años y entre el segundo y el tercero, unos cien; los dos primeros son, sin embargo, invenciones irresponsables y libres y el tercero está como entorpecido por su afán de verosimilitud. La razón es clara: para Luciano y para Ariosto, un viaje a la Luna era símbolo o arquetipo de lo imposible; para Kepler ya era una posibilidad, como para nosotros. ¿No publicó por aquellos años John Wilkins, inventor de una lengua universal, su Descubrimiento de Un mundo en la Luna, discurso tendiente a demostrar que puede haber otro Mundo habitable en aquel Planeta, con un apéndice titulado Discurso sobre la Posibilidad de una Travesía? En las Noches áticas de Aulo Gelio se lee que Arquitas el pitagórico fabricó una paloma de madera que andaba por el aire; Wilkins predice que un vehículo de mecanismo análogo o parecido no llevará, algún día, a la Luna.

     Por su carácter de anticipación de un porvenir posible o probable, el Somnium Astronomicum prefigura, si no me equivoco, el nuevo género narrativo que los americanos del norte denominan science-fiction o scientifiction y del que son admirable ejemplo estas Crónicas. Su tema es la conquista y colonización del planeta. Esta ardua empresa de los hombres futuros parece destinada a la épica, pero Ray Bradbury ha preferido (sin proponérselo, tal vez, y secreta inspiración de su genio) un tono elegíaco. Los marcianos, que al principio del libro son espantosos, merecen su piedad cuando la aniquilación los alcanza. Vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria. Anuncia con tristeza y con desengaño la futura expansión del linaje humano sobre el planeta rojo —que su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar en la arena—.

     Otros autores estampan una fecha venidera y no les creemos, porque sabemos que se trata de una convención literaria; Bradbury escribe 2004 y sentimos la gravitación, la fatiga, la vasta y vaga acumulación del pasado —el dark bakward and abysom of Time del verso de Shakespeare—. Ya el Renacimiento observó, por boca de Giordano Bruno y de Bacon, que los verdaderos antiguos somos nosotros y no los hombres del Génesis o de Homero.

     ¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad?

     ¿Cómo pueden tocarme estas fantasías; y de una manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo <fantástico> o a lo <real>, a Macbeth o a Raskolnikov, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión de Marte. ¿Qué importa la novela, o la novelería de science-fiction? En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main Street.

     Acaso <La tercera expedición> es la historia más alarmante de este volumen. Su horror (sospecho) es metafísico; la incertidumbre sobre la identidad de los huéspedes del capitán John Black insinúa incómodamente que tampoco sabemos quiénes somos ni cómo es, para Dios, nuestra cara. Quiero asimismo destacar el episodio titulado <El marciano>, que encierra una patética variación del mito de Proteo.

     Hacía 1909 leí, con fascinada angustia, en el crepúsculo de una casa grande que ya no existe, Los primeros hombres en la Luna, de Wells. Por virtud de estas Crónicas, de concepción y ejecución muy diversa, me ha sido dado revivir, en los últimos días del otoño de 1954, aquellos deleitables terrores.

Jorge Luis Borges

 

Editorial Minotauro 2019

Diseño de portada: OpalWorks BCN


lunes, 30 de noviembre de 2020

DICEN LAS JACARANDAS

 

Hace mil años, para suplir en la veneración del pueblo la flor del ciruelo amada por los chinos, el emperador de Japón mandó plantar árboles de cerezo en todo el país, encomendó a los poetas que escribieran poemas sobre sus flores e impulsó la contemplación ritual que aún congrega cada año a multitudes y atrae gente de todo el mundo. Los cerezos se multiplicaron en las antologías de poemas, las novelas y todas las artes, y aún en la meditación religiosa y la reflexión filosófica. En la ciudad de México se transmutaron en jacarandas: fue por obra de un jardinero japonés como estos árboles llenaron, hace menos de un siglo, calles, parques y plazas. Su florecimiento anual provoca el entusiasmo de muchos, pero en Alberto Ruy Sánchez el asombro se ha convertido en un rito; es decir, en un disciplinado fervor. Si su libro anterior de poemas se demoraba en la contemplación de la amada, éste atiende a la aparición de las flores en el árbol y al florecimiento de los sentidos en la meditación. Nubes cambiantes en el cielo del ojo, las jacarandas son trazos de una caligrafía susurrante en la página del deseo. El poeta las escucha hablar a solas y en coro, las mira bailar, persigue en su aroma sus metamorfosis, oye en su música la memoria de sus migraciones e interpreta con perspicacia sus mensajes. Es un libro íntimo pero en que alienta una utopía colectiva: el anhelo, vuelto ya proyecto, de una ciudad digna de sus jacarandas. Será un libro fecundo.

 

Aurelio Asiain

Ediciones Era 2019

 

Diseño de portada: Juan J. López Galindo

 

miércoles, 11 de noviembre de 2020

CONEJOS BLANCOS

 

Ha llegado el momento de contar los sucesos que comenzaron en el número 40 de la calle Pest. Parecía como si las casas, de color negro rojizo, hubiesen surgido misteriosamente del incendio de Londres. El edificio que había frente a mi ventana, con unas cuantas volutas de enredadera, tenía el aspecto negro y vacío de una morada azotada por la peste y lamida por las llamas y el humo. No era así como yo me había imaginado Nueva York.

Hacía tanto calor que me dieron palpitaciones cuando me atreví a dar una vuelta por las calles; así que me estuve sentada contemplando la casa de enfrente, mojándome de cuando en cuando la cara empapada de sudor.

La luz nunca era muy fuerte en la calle Pest. Había siempre una reminiscencia de humo que volvía turbia y neblinosa la visibilidad; sin embargo, era posible examinar la casa de enfrente con detalle, incluso con precisión. Además, yo siempre he tenido una vista excelente.

Me pasé varios días intentando descubrir enfrente alguna clase de movimiento pero no percibí ninguno, y finalmente adopté la costumbre de desvestirme con total despreocupación delante de mi ventana abierta y hacer optimistas ejercicios respiratorios en el aire denso de la calle Pest. Esto debió de dejarme los pulmones tan negros como las casas.

Una tarde me lavé el pelo y me senté afuera, en el diminuto arco de piedra que hacía de balcón, para que se me secara. Apoyé la cabeza entre las rodillas, y me puse a observar una  moscarda que chupaba el cadáver de una araña, a mis pies. Alcé los ojos, miré a través de mis cabellos largos, y vi algo negro en el cielo, inquietantemente silencioso para que fuera un aeroplano. Me separé el pelo a tiempo de ver bajar un gran cuervo al balcón de la casa de enfrente. Se posó en la balaustrada y miró por la ventana vacía. Luego meció la cabeza debajo de un ala, buscándose piojos al parecer. Unos minutos después, no me sorprendió demasiado ver abrirse las dobles puertas y asomarse al balcón una mujer. Llevaba un gran plato de huesos que vació en el suelo. Con un breve graznido de agradecimiento, el cuervo saltó abajo y se puso a hurgar en su comida repugnante.

La mujer, que tenía un pelo negro larguísimo, lo utilizó para limpiar el plato. Luego me miró directamente y— sonrió de manera amistosa. Yo le sonreí a mi vez y agité una toalla. Esto la animó, porque echó la cabeza para atrás con coquetería y me dedicó un elegante saludo a la manera de una reina.

—¿Tiene un poco de carne pasada que no necesite? —me gritó.

—¿Un poco de qué? -grité yo, preguntándome si me habría engañado el oído.

—De carne en mal estado. Carne en descomposición.

—En este momento, no —contesté, preguntándome si no estaría bromeando.

—¿Y tendrá para el fin de semana? Si fuera así, le agradecería inmensamente que me la trajera.

A continuación volvió a meterse en el balcón vacío, y desapareció. El cuervo alzó el vuelo.

Mi curiosidad por la casa y su ocupante me impulsó a comprar un gran trozo de carne a la mañana siguiente. Lo puse en mi balcón sobre un periódico y esperé. En un tiempo relativamente corto, el olor se volvió tan fuerte que me vi obligada a realizar mis tareas diarias con una pinza fuertemente apretada en la punta de la nariz. De cuando en cuando bajaba a la calle a respirar.

Hacia la noche del jueves, noté que la carne estaba cambiando de color; así que, apartando una nube de rencorosas moscardas, la eché en mi bolsa de malla y me dirigí a la casa de enfrente.

Cuando bajaba la escalera, observé que la casera parecía evitarme.

Tardé un rato en encontrar el portal de la casa. Resultó que estaba oculto bajo una cascada de algo, y daba la impresión de que nadie había salido ni entrado por él desde hacía años. La campanilla era de esas antiguas de las que hay que tirar; y al hacerlo, algo más fuerte de lo que era mi intención, me quedé con el tirador en la mano. Di unos golpes irritados en la puerta y se hundió, dejando salir un olor espantoso a carne podrida. El recibimiento, que estaba casi a oscuras, parecía de madera tallada.

La mujer misma bajó, susurrante, con una antorcha en la mano.

—¿Cómo está usted? ¿Cómo está usted? -murmuró ceremoniosamente; y me sorprendió observar que llevaba un precioso y antiguo vestido de seda verde. Pero al acercarse, vi que tenía la tez completamente blanca y que brillaba como si la tuviese salpicada de mil estrellitas diminutas.

—Es usted muy amable —prosiguió, tomándome del brazo con su mano reluciente—. No sabe lo que se van a alegrar mis pobres conejitos.

Subimos; mi compañera andaba con gran cuidado, como si tuviese miedo.

El último tramo de escalones daba a una alcoba decorada con oscuros muebles barrocos tapizados de rojo. El suelo estaba sembrado de huesos roídos y cráneos de animales

—Tenemos visita muy pocas veces —sonrió la mujer—. Así que han corrido todos a esconderse en sus pequeños rincones.

Dio un silbido bajo, suave y, paralizada, vi salir cautamente un centenar de conejos blancos de todos los agujeros, con sus grandes ojos rosas fijamente clavados en ella.

—¡Vengan, bonitos! ¡Vengan, bonitos! —canturreó, metiendo la mano en mi bolsa de malla y sacando un trozo de carne podrida.

Con profunda repugnancia, me aparté a un rincón; y la vi arrojar la carroña a los conejos, que se pelearon como lobos por la carne.

—Una acaba encariñándose con ellos —prosiguió la mujer—. ¡Cada uno tiene sus pequeñas costumbres! Le sorprendería lo individualistas que son los conejos.

Los susodichos conejos despedazaban la carne con sus afilados dientes de macho cabrío.

—Por supuesto, nosotros nos comemos alguno de cuando en cuando. Mi marido hace con ellos un estofado sabrosísimo, los sábados por la noche.

Seguidamente, un movimiento en uno de los rincones atrajo mi atención, entonces me di cuenta de que había una tercera persona en la habitación. Al llegarle a la cara la luz de la antorcha, vi que tenía la tez igual de brillante que ella; como oropel en un árbol de Navidad. Era un hombre y estaba vestido con una bata roja, sentado muy tieso, y de perfil a nosotros. No parecía haberse enterado de nuestra presencia, ni del gran conejo macho cabrío que tenía sentado sobre su rodilla, donde masticaba un trozo de carne.

La mujer siguió mi mirada y rio entre dientes.

—Ese es mi marido. Los chicos solían llamarlo Lázaro…

Al sonido de este nombre, familiar, el hombre volvió la cara hacia nosotras; y vi que tenía una venda en los ojos.

—¿Ethel? -preguntó con voz bastante débil—. No quiero que entren visitas aquí. Sabes de sobra que lo tengo rigurosamente prohibido.

—Vamos, Laz; no empecemos —su voz era quejumbrosa—, no me puedes escatimar un poquitín de compañía. Hace veinte años y pico que no veía una cara nueva. Además ha traído carne para los conejos.

La mujer se volvió y me hizo seña de que fuera a su lado.

—Quiere quedarse entre nosotros; ¿a que sí? —de repente me entró miedo y sentí ganas de salir,  de huir de estas personas terribles y plateadas y de sus conejos blancos carnívoros.

—Creo que me voy a marchar; es hora de cenar.

El hombre de la silla profirió una carcajada estridente, aterrando al conejo que tenía sobre la rodilla, el cual saltó al suelo y desapareció.

La mujer acercó tanto su cara a la mía que creía que su aliento nauseabundo iba a anestesiarme.

—¿No quiere quedarse y ser como nosotros? En siete años su piel se volverá como las estrellas; siete años tan solo, y tendrá la enfermedad sagrada de la Biblia: ¡la lepra!

Eché a correr a trompicones, ahogada de horror; una curiosidad malsana me hizo mirar por encima del hombro al llegar a la puerta de la casa, y vi que la mujer, en la balaustrada, alzaba una mano a modo de saludo. Y al agitarla, se le desprendieron los dedos y cayeron al suelo como estrellas fugaces.

 

Texto e imagen: Leonora Carrington


viernes, 30 de octubre de 2020

PRESAGIOS

 



De entre todas las negruras

despuntas, sol de los soles.              

Guadalupe Amor

 

La imagen perpetua de tu piel, semeja un tenue relámpago que palpita e hincha su cresta luminosa en inefable metáfora.

      El viento gime dentro del cántaro y despierta una canción pródiga en lluvia.

      Lúcido, el árbol se mece en lontananza. También el trigal se confunde como movimiento de las nubes.

    La furia mortecina de la noche semeja un vórtice oscuro que rechaza la claridad lábil y pulsátil de la aurora.

    Estamos sentenciados: somos polvo, y nos movemos impávidos en esta terrenal angustia.

 

José González Gálvez

En la tarde del 23 de octubre de 2020

 

Imagen: Andrew Ferez