Pido morir de amor únicamente cuando: al abrirse esa eterna herida de tu cuerpo, el molusco de tu sexo se humedezca.
José González Gálvez
La
Habana. Noviembre de 1985
Imagen: William-Adolphe Bouguereau
Pido morir de amor únicamente cuando: al abrirse esa eterna herida de tu cuerpo, el molusco de tu sexo se humedezca.
José González Gálvez
La
Habana. Noviembre de 1985
Imagen: William-Adolphe Bouguereau
Acariciando tu dermis expuesta, rememoro
los momentos de paz que me produce el vivir contigo, compartiendo día a día y a
cada instante la bitácora de nuestra historia.
Soy una vieja raíz fibrosa, barbuda, que
crece quedamente dentro de tu cuerpo para hacerme indispensable. Te amo y te
necesito tanto, que mi existencia no la concibo sin ti. Vivo detenido en el
germen verde del tiempo que pasamos juntos. Cuidándote. Oliendo quedamente el
eco que perdura durante tu sueño.
Esa vieja raíz ha madurado, y ahora mi
corazón es una gladiola encarnada en el interior de tu pecho. Somos tú y yo al
unísono, regidos por el metrónomo del amor. Somos sístole y diástole.
Se consolida el tiempo de nuestras vidas.
Abrazados nos fundimos como nube de luz que se desfasa. Somos labios que al
entreabrirse callan.
José
González Gálvez
Coatzacoalcos,
septiembre de 2020
Imagen: Alexander Traugot
GARABATO
Con un trozo de carbón
con mi gis roto y mi lápiz rojo
dibujar tu nombre
el nombre de tu boca
el signo de tus piernas
en la pared de nadie
En la puerta prohibida
grabar el nombre de tu cuerpo
hasta que la hoja de mi navaja
sangre
y la piedra grite
y el muro respire como un pecho
De Anaïs Nin decía Henry Miller que era especial, especial porque carecía de conciencia de culpa, especial porque podía vivir cual situación sin inmutarse. Un triángulo perfecto con Miller y con June, esa mujer a quien otras mujeres paraban en la calle para decirle: Usted es la mujer más bella del mundo, y se lo decían tanto en Nueva York como en París. Anaïs Nin no era tan bella, pero soportaba vivir compartiendo con June (de la cual a su vez estaba un poco enamorada) al vital autor de los Trópicos de cáncer y de capricornio. June. Dice Miller, se divorció porque estaba celosa de Nin. Anaïs estuvo mucho tiempo oculta, o mejor, fue conocida por un grupo de amigos que la admiraban y la apreciaban en lo que valía (entonces). Ya había, naturalmente, empezado a escribir sus diarios hacía mucho tiempo, desde el momento mismo en que, separada de su padre, quiso estar cerca de él mediante un cuaderno de escritura que llenaba el vacío y tendía cualquier puente. Y no sólo escribía diarios sino hasta novelas pornográficas para mantener a sus amigos escritores y artistas, además de novelas publicadas y poco leídas antes y ahora. Luego, sus diarios la hicieron famosa, a una edad madura.
Ahora la fama
aguarda a Frida Kahlo a quien comparo con Anïs Nin. Los diarios de esta
escritora repiten, como cualquier diario, por supuesto, el pronombre en tercera
persona. No es difícil leer en esas páginas la palabra yo, no es difícil
leerla, al contrario la palabro yo pulula como las arenas sobre la playa. No
hay diario sin pronombre personal. El eco de Narciso asoma y las reflexiones en
torno al yo son primordiales. Pero en Anaïs el yo revela un narcisismo exagerado,
un deseo permanente de teatralidad, de exhibición; el autorretrato en Frida
revela una necesidad de conocerse. Me detengo: Un diario es siempre un deseo de
conocimiento. El que se escribe necesita conocerse. Nin materializa sus deseos
y eterniza sus memorias, y en ellas es el centro. Frida es reiterativa, y su
acción pictórica es perpetuamente espectacular. Espectacular en el sentido más
perfectamente literal. Su caballete y sus pinceles están situados enfrente del
espejo y es enfrente de éste que Frida pinta. La luminosidad del ambiente se
revierte en el cristal de su mirada y la mirada se fija, curiosa, extenuada, en
ese espejo que le devuelve un rostro. Rostro particular, rostro enmarcado por
una masa capilar que se extiende y ramifica para decorar las zonas que debieran
estar desnudas. El bigote, inusitado en una mujer, o por lo menos depilado en
las que lo tienen, brota perfecto, más perfecto aún por la complacencia con que
Frida lo coloca, pelo a pelo, sobre el labio superior en connivencia estética y
armónica con el pelo que se crece sobre los ojos y se desliza hasta formar una
línea continua sobre la nariz. Así, trenzas, bozo y cejas forman un todo
continuo, un todo continuo que animaliza y embellece, y la prueba de ello es la
cercanía que Frida mantiene, embelesada, con esos changuitos que como su rostro
pululan en torno a ella, repitiéndola, espejándola. La proliferación de
vegetación tropical que se nota en los fondos de los cuadros, aun en aquellos
que pudieran ser más sobrios, como el de la abuela Morillo, es la consecuencia
directa de esta exageración. En los cuadros de Frida hay una gestación y una
proliferación perpetuas, proliferan los frutos, el cabello, el color y los
autorretratos.
Para ella la
maternidad es fundamental. Perogrullada. Pero la maternidad falla porque el
cuerpo está destrozado, perforado, dañado para siempre y la maternidad es aquí
solamente asesina. Es la sangre que mana de los agujeritos múltiples de la
mujer asesinada por “unos cuantos piquetitos”, es la mujer cuyo torso es un
cuerpo mutilado pero gestador de excrecencias que se multiplican y pasan a
formar parte del fondo como paisaje y como materia plástica perfecta. La
proliferación selvática en Frida es la maternidad que no se le dio en vida y se
da en los cuadros, ramificándose en los árboles, en los frutos, en la cara, en
forma de vellosidades múltiples.
Ese traje
encubridor de los defectos, de los corsés, el traje, producto de un folklorismo
que puede parecer provocado y artificial, es para mí, la prenda necesaria y
definitiva de esa proliferación ¿Cómo enmarcar la abundancia y la
proliferación? Sólo pueden ser un marco adecuado los encajes, los olanes, los
listones que se enredan entre las trenzas y se convierten en cabellos, los bordados
que repiten, a veces con ingenuidad, las flores y los frutos que determinan el
entorno, ese entorno que jamás se deja vacío, ni siquiera con un color
detonante, pero liso, ese entorno que es como el cuadro que Frida regala a
Diego, un marco digno de su contenido, un marco donde, otra vez, proliferan los frutos del mar, conchitas y caracoles que
se trenzan delicadamente al retrato y se eslabonan dentro de él para repetir la
entrega. Las conchas y los caracoles marinos, frutos del mar, como los mangos y
los plátanos y las piñas son los frutos de una tierra tropical. Y en los trajes
de tehuanas que vengo descubriendo se gesta también una reflexión. Reflexión
coloreada y pulcra: La mujer tehuana es quizá la mujer más definida de todas
las mujeres mexicanas. Lola Olmedo aparece, maravillosa, pintada por Diego, en
un cuadro donde su rostro, la multiplica porque a la vez el traje de tehuana le
otorga una carnalidad perfumada y caliente, propia de esa tierra donde las
mujeres visten un traje que las hace a la vez santas (por el halo que les da el
tocado) y lascivas (por la estentórea carnalidad con que el traje las realza).
Un traje de tehuana me recuerda a una piña y me la recuerda sólo cuando veo los
cuadros de Frida. La pulpa, la carnosidad frutal son especiales. En esa
carnosidad no existe la sangre, en cambio en la carnalidad femenina la sangre
prolifera e inunda el cuadro incontenible.
Frida Kahlo se
observa y de su mirada poblada surge el pincel (hecho de pelos de sus cejas)
definiendo un yo que nunca acaba de asirse cabalmente, y por ello, recomienza
ante nuestros ojos (y los suyos) perpetuamente.
Margo Glantz
Universidad Autónoma del Estado de México 1984
Portada: Luis Eduardo Jurado
Empieza como una acuarela, de tonos delicados y tranquilos, florecidos de bruma. Jugadores de futbol sobre la playa de Positano, una muchacha a caballo, ese “caballo ocre…lo monta una muchacha rubia, la crin del caballo y la melena de la muchacha son del mismo color, los lomos y la piel del mismo color, la muchacha cabalga y levanta subes de arena del mismo color: el mar es ocre como ellos…”.
Pero esto es demasiado frágil, es frágil y
se rompe; la playa quieta y dulce de Positano abre un mundo al que rodean los
fantasmas de una infancia, las quimeras, las perrerías de una memoria, de una
vida, la muerte. Al final de Zona Sagrada
se vuelve a encontrar una imagen de muchacha a caballo, igualmente bella pero
desgarrada, tergiversada, como si la muerte, que se agazapa suave y muda en la
sombra de la vida, surgiera al fin a pleno sol: “cuando sueño, sólo veo a una
muchacha muerta al lado de mi caballo muerto en una playa muerta”. Leyendo al
escritor mexicano Carlos Fuentes, se piensa en este poema chino:
La vida es la risa
en los labios de la
muerte.
“Nosotros sabemos que el sueño
es la fotografía de la muerte”, escribe también Fuentes. El sueño y su cortejo
de fantasmas no dejan de atormentar a los vivos. La intrusión inagotable de la
memoria y de los sueños en la vida caracteriza el mundo de Fuentes, quien, al
mismo tiempo que su novela Zona sagrada,
acaba de publicar en Francia una compilación: Cantar de ciegos.
Francois Bott
Le
Monde, París Francia.
Cantata escénica compuesta por Carl Orff entre los años 1935 y 1936, utilizando como texto, 25 poemas profanos de los 318 descubiertos por el historiador y bibliotecario alemán Johan Christoph von Aretin en 1803 en el monasterio benedictino de la ciudad de Beuron. Este códice fue trasladado posteriormente a la Biblioteca Estatal de Baviera en Múnich, donde el lingüista Johann Andreas Schmeller lo bautizó con el título de Carmina Burana.
La obra se compone de versos en latín medieval,
aunque cuenta con fragmentos en alto alemán medio y provenzal antiguo.
Forma parte de la trilogía Trionfi, junto a Catulli Carmina y Trionfo di
Afrodite.
Su primer título fue “Canciones seculares
para cantatas y coros para ser cantadas con instrumentos e imágenes mágicas”. La
obra de Carl Orff consta de una introducción, tres partes (primo vere, in taberna y courd´amours) y un final
sumando un total de veinticinco números, y fue estrenada el 8 de junio de 1937 en la Alte
Oper de Francfort del Meno dirigida por Oskar Wälterlin.
Estos cantos goliardos (clérigos o
estudiantes que llevaron una vida errante y desordenada) de los siglos XII y
XIII, en un principio eran poemas de carácter moral y satírico, de estilo
disoluto e irreverente, dirigidos a todas las clases sociales, con mayor
severidad a la nobleza y el alto clero. Con el paso de los años se agregaron
poemas de carácter amoroso que conforman la mayoría del manuscrito y que nos
dan a conocer el total de los placeres terrenales, el amor carnal y el goce de
la naturaleza. El final del códice reúne una serie de poemas que elogiaban la
bebida y las bufonadas.
Carmina Burana es una obra gloriosa que
cautiva y que perdura con el tiempo, el propio Carl Orff sentenció: “Yo compongo
para transmitir una actitud espiritual al público”.
José
González Gálvez
Lámina sirva el cielo al retrato,
Lísida, de tu angélica forma;
cálamos forme el sol de sus luces,
sílabas las estrellas compongan.
Cárceles tu madeja fabrica:
dédalo que sutilmente forma
vínculos de dorados ofires,
tíbares de prisiones gustosas.
Hécate, no triforme, mas llena,
pródiga de candores asoma,
trémula no en tu frente se oculta,
fúlgida su esplendor desemboza.
Círculo dividido en dos arcos,
pérsica forman lid belicosa:
áspides que por flechas disparas,
víboras de halagüeña ponzoña.
Lámparas, tus dos ojos, febeas,
súbitos resplandores arrojan;
pólvora que a las almas que llega,
tórridas abrasadas transforma.
Límite, de una y otra luz pura,
último, tu nariz judiciosa,
árbitro es entre dos confinantes,
máquina que divide una y otra.
Cátedras del abril, tus mejillas,
clásicas, dan a mayo, estudiosas,
método a jazmines nevados,
fórmula rubicunda a las rosas.
Lágrimas del aurora congela,
búcaro de fragancias, tu boca;
rúbrica con carmines escrita,
cláusula de coral y de aljófar.
Cóncavo es, breve pira, en la barba,
pórfido en que las almas reposan;
túmulo les eriges de luces,
bóveda de luceros las honra.
Tránsito a los jardines de Venus,
órgano es de marfil, en canora
música, tu garganta, que en dulces
éxtasis aun al viento aprisiona.
Pámpanos de cristal y de nieve,
cándidos tus dos brazos, provocan
tántalos, los deseos ayunos,
míseros, sienten frutas y ondas.
Dátiles de alabastro tus dedos,
fértiles de tus dos palmas brotan,
frígidos si los ojos los miran,
cálidos si las almas los tocan.
Bósforo de estrechez tu cintura,
cíngulo ciñe breve por zona,
rígida (si de seda) clausura,
músculos nos oculta, ambiciosa.
Cúmulo de primores, tu talle,
dóricas esculturas asombra,
jónicos lineamientos desprecia,
émula su labor de sí propria.
Móviles pequeñeces tus plantas,
sólidos pavimentos ignoran;
mágicos que, a los vientos que pisan
tósigos de beldad inficionan.
Plátano, tu gentil estatura,
flámula es que a los aires tremola
ágiles movimientos, que esparcen
bálsamo de fragantes aromas.
Índices de tu rara hermosura,
rústicas estas líneas son cortas;
cítara solamente de Apolo,
méritos cante tuyos, sonora.
Para Solange Vallet
Mírame con el abismo
azul de tu mirada.
Despliegue de artificios
ciclo visual que todo lo comprende.
Ahora llevo tu nombre tatuado
en el núcleo de mis huesos.
Es tu cuerpo cubierto
de esperma iridiscente
eructo interestelar de mis pulmones.
Arcángel
diáfana solicitud de vuelo.
José González Gálvez
Y el gato
ensimismada luz
se enrosca siempre
a través de sus pelos
todo toca
todo mira
imagina
que se mueve
salta
lo atrapa
vuelve
a ensimismarse
todo está allí
afuera
todo adentro
Imagen: Aida Emart