sábado, 15 de julio de 2017
CARTA A LOURDES MARÍN
Buenas
noches mi querida amiga Lulú, sabes estoy leyendo muy emocionado la novela
“Leonora” de Elena Poniatowska. Te cuento que el separador que me acompaña, es
el que tan amablemente me trajiste de
Tailandia, uno de madera que tiene como altorrelieve dos hermosos paquidermos
¿lo recuerdas?
Dime
amiga, ¿como encontraste a tu papá?, guardo como anécdota, el relato del
paciente que salía del hospital y que debido al encontronazo que tuvo con el auto que manejaba tu papá, volvió a regresar para ser nuevamente atendido. Así me lo contaste y
así lo tengo fijado.
Mira,
quiero enviarte una crónica del Taller de los Bernales, es de mi autoría, pero
la siento falta de engranaje, es para incluirla en el blog, y me será de mucha
tranquilidad que la revises y me des tu opinión.
Muchas
gracias amiga de lujo. Te envío como siempre un abrazo fortísimo.
Posdata:
saludos al Negrito
José González Gálvez
José González Gálvez
Martes
12 de abril 2011
EL PASEO
Para Omar Béjar Gómez
En el país de los
ciegos el tuerto es rey, y en el país de los reyes los ciegos son pordioseros,
vociferaba mi abuelo Asdrubal II, bautizado así en memoria de un emperador
sanguinario y caníbal del lejano oriente; cuando pasaba la hilera de invidentes
harapientos que caminaban en fila, tomados del hombro, uno a uno, por la mano
derecha del otro, como imágenes grotescas escapadas de una pintura de Brueghel
el Viejo.
Transitaban
parsimoniosamente, con la lentitud propia de los discapacitados, como si fueran
tortugas sedientas, formando el cabalístico número siete, cubiertos con sus
gorros frigios y sus mantos deshilachados a modo de capas españolas, con sus
pantalones remendados y parchados como payasos en decadencia, bajo el baño
inclemente del sol de mayo.
A pesar de sus gritos desaforados,
mi abuelo vivía atemorizado, porque en el fondo aunque no lo dijera, temía
finalizar como ellos, limosneando todos los sábados los veinte centavos de pan
dulce y el cuartillo de leche de vaca. Por eso los insultaba, por miedo, por un
dolor que era inútil sentirlo, porque mi abuelo nunca acabaría como los ciegos
que odiaba. Era un hombre acaudalado, dueño de tierras que ya habían perdido
sus límites por el paso de las generaciones.
Por eso soy un muchacho
apaciguado, que prefiere fumar la pipa de la paz de las conciencias en orden y
la seguridad de una vejez acomodada, meciéndome en un sillón de madera y
respirando el perfume tranquilo de las glicinas y los geranios.
José González Gálvez
José González Gálvez
Diciembre de 1988
lunes, 22 de mayo de 2017
CORPOREIDAD
La noche gozosa
se esconde entre las
sábanas
de tu cuerpo.
José González Galvez
José González Galvez
Principios de agosto de
2016
Imagen: Arnold Belkin
LA FÓRMULA SECRETA
I
Ustedes dirán que es pura necedad la mía,
que es un desatino lamentarse de la suerte,
y cuantimás de esta tierra pasmada
donde nos olvidó el destino.
La verdad es que cuesta trabajo aclimatarse al
hambre.
Y aunque digan que el hambre
repartida entre muchos
toca a menos,
lo único cierto es que todos aquí
estamos a medio morir
y no tenemos siquiera
donde caernos muertos.
Según parece
ya nos viene de a derecho la de malas.
Nada de que hay que echarle nudo ciego a este
asunto.
Nada de eso.
Desde que el mundo es mundo
hemos echado a andar con el ombligo pegado al
espinazo
y agarrándonos del viento con las uñas.
Se nos regatea hasta la sombra,
y a pesar de todo así seguimos:
medio aturdidos por el maldecido sol
que nos cunde a diario a despedazos,
siempre con la misma jeringa,
como si quisiera vivir más el rescoldo.
Aunque bien sabemos
que ni ardiendo en brasas
se nos prenderá la suerte.
Pero somos porfiados.
Tal vez esto tenga compostura.
El mundo está inundado de gente como nosotros,
de mucha gente como nosotros.
Y alguien tiene que oírnos,
alguien y algunos más,
aunque les revienten o reboten nuestros gritos.
No es que seamos alzados,
ni es que le estemos pidiendo limosnas a la luna.
Ni está en nuestro camino buscar de prisa la
covacha,
o arrancar pa´l monte
cada vez que nos cuchilean los perros.
Alguien tendrá que oírnos.
Cuando dejemos de gruñir como avispas en enjambre,
o nos volvamos cola de remolino,
o cuando terminemos por escurrirnos sobre la tierra
como un relámpago de muertos,
entonces
tal vez llegue a todos el remedio.
II
Cola de relámpago
remolino de muertos.
Con el vuelo que
llevan,
poco les durará es
esfuerzo.
Tal vez acaben
deshechos en espuma
o se los trague este
aire lleno de cenizas.
Y hasta pueden perderse
yendo a tientas
entre la revuelta
oscuridad.
Al fin y al cabo ya son
puro escombro.
El alma se ha de haber
partido
de tanto darle
potreones a la vida.
Puede que se acalambren
entre las hebras
heladas de la noche.
O el miedo los liquide
borrándoles hasta el
resuello.
San Mateo amaneció ayer
con la cara ensombrecida.
Ruega
por nosotros.
Ánimas benditas del
purgatorio.
Ruega
por nosotros.
Tal alta que está la
noche y ni con qué velarlos.
Ruega
por nosotros.
Santo Dios, Santo
Inmortal.
Ruega
por nosotros.
Ya están todos
pachiches de tanto que el sol les ha sorbido el jugo.
Ruega
por nosotros.
Santo san Antoñito.
Ruega
por nosotros.
Atajo de malvados,
retahíla de vagos.
Ruega por nosotros.
Cáfila de bandidos.
Ruega
por nosotros.
Al menos éstos ya no
vivirán calados por el hambre.
Imagen: Rubén Gámez
VAMOS AL CIRCO
Con más de 120 textos de escritores de
Argentina, Colombia, España, Estados Unidos, Perú, Venezuela y México, esta
antología presenta relatos sorpresivos y breves inspirados en las evocaciones
de los actos prodigiosos de gente insólita.
Antólogos
Agustín Monsreal
Fernando Sánchez Clelodomingo, 16 de abril de 2017
CON EL RECUERDO DE TU NOMBRE EN MIS LABIOS
Todo se mueve en el
oleaje interno
de tu orgasmo.
Cuando me separas
soy un buzo sin
escafandra
que se ahoga
en el reflujo sexuado de
hipérboles.
Tu voz me sabe a mar
amándote
como juego de cetáceos
gigantescos
antes de la copula.
Eco intenso de dolor
en el laberinto de
medusas trasparentes.
Mar adentro de tu cuerpo
fluyendo rabioso por tus
orificios expuestos.
Que solitario y callado
estoy
en el océano de tu piel
debilitada.
Es tu olor que me huele
a sargazos, trilobites,
radiolarios.
Amar, amargura, amarre
todo me confunde en la
brújula descarapelada
de un buque solitario.
José González Gálvez
Septiembre de 2009
José González Gálvez
Septiembre de 2009
RESPLANDOR UNO
La estrella se
expandía y se enfriaba, haciéndose
otra vez una nube
desgarrada y roja.
Arthur C. Clarke: El
fin de la infancia
Después de la segunda
explosión, Fetia 063 una joven delgada y pálida debido a la falta de luz
natural, despertó turbada y con un desorden de congoja en el cuerpo. Quiso
hablar, pero sus palabras eran simplemente un remedo, un murmullo
ininteligible.
Se levantó con dificultad.
La oscuridad parecía filtrarse a través de un embudo gigante. Pulsó el
interruptor. Las cortinas de metal se corrieron lentamente produciendo un
chillido penetrante. Los ventanales perfilaban un horizonte fastuoso; el cielo
parecía un enjambre de puntos luminosos. Apesadumbrada trató de recordar su
origen pero no pudo, una membrana pálida se había formado poco a poco alrededor
de su cerebro como un capullo de seda translúcida.
Desde pequeña soñaba con
estrellas fugaces, con caudas de cometas, con lluvia de aerolitos, con polvo
sideral. La mañana de la anunciación, las puntas de cristal estaban intactas,
los obeliscos permanecían inalterables, las pirámides cumplían con su misión,
pero los museos habían cerrado sus puertas. La historia había claudicado al
paso de las novedades, deteriorada por el movimiento de las barras magnéticas y
los asteroides. Fetia 063 había renunciado a su investigación de Phobos y Deimos, de pronto los satélites artificiales de Marte habían
perdido su interés. La migración de cefeidas y novas en el mapa interestelar de
la galaxia ya no llamaban la atención de nadie. Se clausuraron los
observatorios y los planetarios.
Todo estaba
extinguiéndose lentamente sin dejar indicio alguno. Mortificada, sospechaba que
vivía en un mundo irreal, rodeada de siluetas y duplicidades, manejada por el
engranaje de un reloj atemporal. No existían escenografías, solo proyecciones
holográficas de danzas ignotas y bestiarios insulares acompañados de música de
sintetizadores ocultos en los pasillos desnudos y en los laberintos
interminables. Un sonido escalofriante como sonidos lejanos de tiempos vencidos
por suplicio fatídico de los años.
Por regla general debía
permanecer en su gabinete después de la mediatarde. Estaba nerviosa, en la
lista de las exclusiones no figuraba su nombre, muchos habían partido con
anterioridad al refugio en Palus Somni.
Tomó un libro de su biblioteca particular, un texto anacrónico purgado de las
listas oficiales, Lo abrió en la página 19 y después en la 54. La historia
escrita en letras de moldes antiguos, en un alfabeto descontinuado de la
computadora nodriza, relataba en forma de saga, la última expedición a las
nebulosas de Andrómeda y Cabeza de Caballo en una nave interestelar, esa era la
misión, pero los viajeros no se detuvieron ahí, siguieron más adelante, más
allá de las Nubes de Magallanes hasta llegar a las galaxias fantasmas de Hidra.
Los pasajeros, Urko y Rodam jamás volvieron, se reportaron desaparecidos en el dossier espacial.
Pero Fetia 063 conocía la
verdad, la intuía. Ellos seguían vivos, detenidos en las nubes brumosas de
polvo frío y de gas, en la niebla cósmica del infinito, atrapados en el árbol
genealógico de las estrellas, eternamente jóvenes, con un halo de majestuosidad
en sus cabezas y un aura de bienestar en sus cuerpos, indemnes, con apariencia
de dioses.
Cerró el libro de golpe,
había memorizado la historia y sabia de las consecuencias finales. No quería
marcharse a Palus Somni en la Luna.
No deseaba dormir para siempre dentro de un cilindro repleto de hielo seco,
empollando una biosfera solemne y beatífica, esperando nuevos horizontes y un
mañana sin temores. Sospechaba que había otra verdad, se daban casos de
planetas borrados de la faz de la Vía Láctea por el horror a las epidemias y al
contagio, por el bombardeo atómico y la destrucción.
Cuando escuchó el bramido
de la explosión se desesperó por completo. Era el primer equinoccio del año.
Sin pensarlo abrió las ventanas. La saludó el frío y la humedad de una
atmósfera desconocida, polinizada. Su compartimento se comenzó a llenar de
amapolas, retoños que florecían en fracción de segundos, mostrando sus corolas
insólitas y sus pistilos mágicos. Empezó a bostezar lentamente, antes de quedar
inconsciente levantó la palanca de seguridad que sellaba las compuertas, poco a
poco se fueron abriendo las esclusas y los domos. Cuando amaneció, las campanas
de plata sonaron inútilmente. Todo el mundo permanecía dormido.
José González Gálvez
José González Gálvez
SONETO DE SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ DEDICADO A MARÍA LUISA GONZAGA MANRIQUE DE LARA, CONDESA DE PAREDES, VIRREINA DE MÉXICO
“Yo adoro a
Lisi, pero no pretendo
Que lisi
corresponda mi fineza;
Pues si
juzgo posible su belleza,
A su decoro
y mi aprehensión ofendo”
jueves, 6 de abril de 2017
QUINTETO DE MOGADOR
Escribir con agua,
peculiar definición de la fragilidad sustancial a toda escritura. Y título que
di a la breve reunión de algunos de mis poemas de orientes lejanos que me
publica ahora Miguel Ángel Calleja, en su editorial Parentalia, y que
presentamos en la Feria del Libro de Minería, Escrito con Agua.
A lo largo de los años
he explorado con curiosidad atenta varios orientes. Como viajero y como lector.
Pero siempre será mucho más lo que quiero conocer y reconocer. El libro todavía
inédito de crónicas, instantáneas y ensayos, algunos publicados en periódicos y
revistas, se titulará, tal vez, Viajar es
enamorarse despacio. Y en él, orientes lejanos y cercanos son el eje de mi
relación apasionada con una parte del mundo.
Mi relación más intensa
ha sido, por supuesto, con los muchos Méxicos que laten en nuestro país y que
nuestros gobernantes con frecuencia no saben ver, les incomodan, no saben cómo
pensar ni comprender. Y mucho menos incluir en sus proyectos de modernidad. Ésa
ha sido por casi treinta años la labor que hemos hecho en Artes de México, explorar los orientes y los occidentes siempre
sorprendentes de nuestras culturas.
Mi segunda relación
larga e intensa ha sido con Marruecos. Y en especial con la ciudad portuaria de
Mogador. Donde se sitúan en parte cinco de mis novelas y algunos cuentos: Nueve veces el asombro, Los nombres del aire, En los labios del agua, Los jardines secretos de Mogador, La mano del fuego; el relato “La huella del grito” y los poemas de Decir es desear. Por más de treinta
años he escrito sobre esa ciudad, en ella y con su gente, sobre todo mujeres
que he escuchado atentamente hablar de su deseo.
Alberto Ruy Sánchez Lacy
Fragmento del texto de
la revista Lee editada por Gandhi
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