sábado, 7 de marzo de 2015
jueves, 29 de enero de 2015
LA CEREMONIA
Estamos ante uno de los
cineastas japoneses más importantes actualmente: Nagisa Oshima. Y de su
película La ceremonia (Gishiki), bien
podemos afirmar que es una de las obras más valiosas que se han producido en
esta década.
La
ceremonia es un filme que por su contenido se inscribe en la corriente de
revisión crítica hacia lo establecido socialmente, partiendo para ello del
examen de las contradicciones en la vida de una familia japonesa, donde la
única posición que cabe es la tradicional, autoritaria y represiva. La
película, temáticamente hablando, se une a otras que como ella han abordado,
con diferente rigor, la institución familiar en países como Italia a través de
Marco Bellocchio en Con los puños en los
bolsillos (I pugni in tasca), en Estados Unidos con Las familias del odio (The Lolly-Madonna war) de Richard C.
Sarafian, o en México con El castillo de
la pureza de Arturo Ripstein.
A través de una sucesión de
ceremonias donde resaltan bodas y funerales, un hombre va recordando veinticinco
años de su vida partiendo desde su niñez. Este es el hecho que toma Oshima para
afirmar lo que es su motivación principal de análisis: la experiencia de los
jóvenes japoneses y su imposibilidad para adaptarse a la sociedad
prevaleciente, lo que equivale a decir, en sus propias relaciones familiares e
individuales. ¿Y cuál es la respuesta a este estado de cosas? ¿El suicidio, la
enajenación, el anarquismo? A reserva del conocimiento y la interpretación que
pueden darnos otras películas de Oshima, de las cuales sólo una más se ha visto
en México: El muchacho (Shonen),
donde parece haberse moldeado el incisivo enfoque para La ceremonia, la evidente conclusión que corresponde ante todo esto
no puede ser sino la lucidez de una conciencia política.
Oshima nos dice que la sociedad
japonesa está en crisis, pero que ésta crisis tiene indelebles razones
culturales e históricas, mismas que es necesario superar en el actual momento
si no se quiere volver a caer en errores que desembocaron trágicamente con la
guerra y la muerte.
Sala Fernando de Fuentes
Texto extraído de la Cineteca Nacional, 1974
viernes, 9 de enero de 2015
DEL AMOR Y OTROS DEMONIOS (FRAGMENTO)
La guardiana que entró a
prepararla para la sexta sesión de exorcismos la encontró muerta de amor en la
cama con los ojos radiantes y la piel de recién nacida.
NAHUI OLLIN
“¿De
donde provienen los ojos de sulfato de cobre de algunas mexicanas que las hacen
parecer encandiladas, posesas, veladas por una hoja de árbol, una ola de mar? De que
Nahui Ollin tenía el mar en los ojos no cabe la menor duda. El agua salaba se
movía dentro de las dos cuencas y adquiría la placidez del lago o se encrespaba
furiosa tormenta verde, ola inmensa, amenazante. Vivir con dos olas de mar
dentro de la cabeza no ha de ser fácil. Convivir tampoco. El Doctor Atl la vio en un salón y se abrió ante él un abismo verde como el mar. ‘Yo caí en
ese abismo, instantáneamente, como el hombre que se resbala de una roca y se
precipita en el océano. Atracción extraña, irresistible. La invitó a ver su
pintura en una vieja mansión de la calle Capuchinas número 90. –Quizá le
gustaría a usted ver mis cosas de arte. Así le dijo la serpiente a Eva, y empezó
el paraíso para ambos. ¡Pobre de Nahui! ¡Pobre del Doctor Atl!.” Vulcanólogo, vulcanizado. Su volcana rugía más que el Iztaccíhuatl. Inflamada, no dormía no dormía jamás. Se quejaba, pedía más, otra vez, cada día pedía más. Sus escurrimientos no eran lava, eran fuego. Sus fulgores venían de otro mundo. ¡Hay volcana! ¡Pobre del Dr. Atl!
Elena Poniatowska
Ediciones Era 2000
CON LA CERTEZA DE MI AMOR DOLIDO
Como una luz callada
Flor Cecilia Reyes
Una débil luz la
penetró desde la vagina hasta el cuello. Al despertar encontré un pequeño
caracol dejando su baba plateada en el muslo de Ligia. Mi saliva cuando está
seca también se argéntea en la piel satinada de su espalda. Ayer nos besamos
con fruición, después mi lengua se perdió en al abulón vivo de su sexo. Gimió
apretando con fuerza las sábanas. Enardecida abrió los muslos en abanico y
empujó mi cabeza en su fondo marino. Ligia despertó cuando el caracol se durmió
en la geografía placentera de su entrepierna.
En el verano anterior,
se entretuvo cortando espigas de centeno. Hoy duermen debajo de las almohadas.
Por eso creo que soñamos con pan recién horneado, gavillas suculentas, un sol
que nunca descansa.
Ligia permitió que los
caracoles anidaran en su axila izquierda. De ahí, los rastros de plata vieja
llegaron a su pobre corazón abierto en cavidades. Consternada lloró entre
espasmos, y no se detuvo hasta que una aurora boreal germinó en su matriz
debilitada. Mi dolor se esgrafió cerca de su pecho, pero Ligia transfigurada dejó que sus manos encontraran la llanura apacible de mi escroto. “Mañana” me
dijo al oído, cuando una débil luz la penetró desde la vagina hasta el cuello.
José González Gálvez
2011
WALT WHITMAN: HOJAS DE HIERBA (FRAGMENTO)
Mi aspiración y mi espiración, el latido de mi pecho, el paso de
la sangre y del aire por mis pulmones, el olor de las hojas verdes y de las
hojas secas, y de la ribera y de oscuras rocas marinas, y del heno del granero,
el áspero sonido de las palabras en mi boca que se pierden en los remolinos del
viento.

jueves, 20 de noviembre de 2014
LA OTRA MITAD DE HORACIO QUIROGA
Horacio
Silvestre Quiroga Forteza, fue cuentista, novelista, poeta, dramaturgo y
maestro uruguayo que radicó en Buenos Aires Argentina. Es considerado hasta la
fecha como uno de los mejores cuentistas latinoamericanos. Su vasta obra está
situada entre la declinación del modernismo y la emergencia de las vanguardias.
Estudió
en el Instituto Politécnico de Montevideo y en el Colegio Nacional. Se inició en
las letras bajo el patrocinio del escritor Leopoldo Lugones. Funda la tertulia
“Los tres mosqueteros” y colabora con sus escritos en “La Revista” y “La
Reforma”. A los diecinueve años crea la “Revista
de Salto”. Se marcha a París durante tres meses y a su regreso instaura el
Consistorio del Gay Saber, que pese a su corta existencia presidió la vida
literaria de Montevideo.
Dentro
de su vasta experiencia, sintetizó las técnicas de su oficio como escritor en
el “Decálogo del perfecto cuentista”, estableciendo pautas relativas a la
estructura, la tensión narrativa, la consumación de la historia y el impacto
final del relato.
Su
obra está influenciada por las lecturas de Edgar Allan Poe, Rudyard Kipling y
Guy de Maupassant, recreando un estilo que le permitió narrar magistralmente la
violencia y el horror que se esconden detrás de la aparente apacibilidad de la
naturaleza.
Sin
embargo su “aparente apacibilidad” está marcada por el signo de la tragedia y
el exterminio con una cruz imborrable de Miércoles de Ceniza. En la otra mitad
de la vida de Quiroga, bíblicamente Abel no mató a Caín; los padres, hermanos,
esposas, hijos, amantes y amigos marcharon juntos al este del Paraíso y
abrazados murieron lentamente la muerte del suicidio, la enfermedad y el asesinato fortuito.
Cuando
Horacio contaba con dos meses de edad muere su padre al disparársele
accidentalmente su escopeta durante una cacería. Doce años después su padrastro
Ascenso Bargo se suicida con una escopeta. En 1901 fallecen dos de sus
hermanos, Prudencio y Pastora, víctimas de la fiebre tifoidea. Un año después
mata accidentalmente con una pistola a su amigo Federico Ferrando. Su primera
esposa Ana María Cires se suicida durante una fuerte crisis depresiva. Se casa
con María Helena Bravo quien lo abandona después de nueve años de matrimonio.
Cuando contaba con la edad de 59 años, se entera que padece cáncer de próstata
y se suicida ingiriendo cianuro en el Hospital de Clínicas de la ciudad de
Buenos Aires. Sostuvo una
intensa amistad que se transformó en romance con la poeta Alfonsina Storni,
quién se suicidara en 1938. Un año después se suicida su hija Eglé y años más tarde su hermano Darío
también haría lo mismo, ambos fueron producto de su primer matrimonio.
Horacio
Quiroga utilizó ampliamente las leyes internas de la narración y buscó un
lenguaje que lograra transmitir con veracidad lo que deseaba relatar,
alejándose de manera lenta de la escuela modernista.
Publicó
casi al final de su vida lo siguiente: “No
escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir y evócala luego. Si eres
capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del
camino”.
José González Gálvez
Noviembre de 2014
ROJO EN EL CORAZÓN DEL VIENTO
Solo mi corazón sobre la cama
queda latiendo.
Jaime Sabines
Me llamo
Eleonora Fabrizia Paula Maruja, descendiente directa de la dinastía de los
duques de Braganza y prima segunda del virrey de la Nueva España. Desde que fui
desterrada a este pequeño islote de San Brandán, para pasar recluida el resto
de mi vida entre farallones, me conocen como la reina loca, por la manía
perniciosa que tengo de pintar corazones abiertos, chorreando sangre espesa y
humeante, en las paredes. Y es tal mi delirio que ya no alcanzan las murallas
de la ciudad para tantos dibujos de niña grande.
Mis captores no
quisieron mancharse, pero yo hubiera deseado correr la misma suerte de toda la
familia real, ahora soy una huérfana expósita, encerrada en estas enormes
murallas para volverme loca. Cuando sin pensarlo tallé mis manos abiertas en
los bloques de piedra múcar, las descubrí lastimadas, en carne viva, entonces,
por una malsana asociación de imágenes con los ritos aztecas, pinté un corazón
sangrante. Así nació la idea, y así nacieron cientos de corazones en las
murallas expuestas a la sal corrosiva del mar, a los vientos alisios del norte,
al guano fermentado de los albatros sin rumbo.
La reina loca,
la reina roja, la reina madre. Me quitaron todos los títulos nobiliarios, se
llevaron los espejos para que no fuera testigo del tiempo, me escondieron las
llaves de las habitaciones, pero me abrieron el aldabón del portón principal,
sola así puedo recorrer a solas las murallas que protegen la ciudad casi vacía,
porque sus habitantes son cada vez menos, desaparecen como engullidos por las
salinas de los alrededores.
Una noche me
despertó el golpeteo insistente de una ventana, me levanté presurosa, había
tormenta, el resplandor de los relámpagos enceguecía por momentos, cerré los
postigos y me iba a regresar cuando descubrí una de las puertas con la llave en
la chapa. La curiosidad pudo más que mil advertencias. Abrí la puerta y entré.
Encendí un quinqué para hacer a un lado la penumbra; en un apolillado armario
se encontraba un libro único, tan viejo como la construcción de la muralla, en
sus páginas había una clasificación interminable de herbolaria y anatomía
humana, en un apartado estaba la imagen casi viva de un corazón sangrante, tan
precisa y nítida que podía tomarlo entre mis manos. Sentí que mis hombros se
humedecían, entonces noté horrorizada que del cielo raso goteaba sangre.
Estoy cansada,
quiero dormir y cerrar los ojos para siempre, quiero abrazar a mis hijos,
reunirme con ellos en el limbo porque sé que no han podido llegar al paraíso,
quiero ayudarlos a cruzar el lago, ponerles las monedas en los ojos y besarlos.
Pero me estoy consumiendo en vida, atiesándome por la salmuera inclemente que
está impregnada en el aire.
En una de las
tardes de verano en que salgo a mi paseo diario, noto el viento tranquilo, sin
ningún sonido, y una luz diáfana que parece no ser de este mundo, una luz
submarina, de ópalo profundo, cáustica como el veneno, una luz enérgica que me
transparenta hasta los huesos, y me incrusta en la piedra múcar hasta
disolverme en esquirlas calcáreas que vuelan como escupidas por un vórtice.
Entonces los corazones de las murallas comienzan a latir al unísono hasta
secarse y quedar como manchones difusos.
Siempre existen
puertas que nunca deberían abrirse.
José González Gálvez
Abril de 2013
sábado, 8 de noviembre de 2014
LA TENTACION DE SAN GERONIMO Y MELISENDA
Lo último que
Melisenda vio antes de perder la cabeza, fue el vuelo de un ángel en el aciago
día de sus miserias.
Su desgracia fue
haber conocido a San Jerónimo, un hombre que se había quedado ciego por
alcanzar la santidad en vida y la bendición de poder hablar con Dios cuando
caía en éxtasis.
Lo conoció en laudes
y a partir de ese momento no volvió a tener sosiego, jamás pudo borrar de la
memoria su figura adelgazada por el ayuno perpetuo, sus pies de mártir y su
cara afilada por la gloria del Espíritu Santo.
Desencajada, se
consumía por dentro. Consiente de su culpa no podía dormir, tampoco escuchaba
las homilías pues cubría sus oídos con bolas de esparto. No comulgaba, y a
solas utilizaba el cilicio anudado a la cintura y los horcones de madera sobre
sus hombros.
Pero nada le daba
descanso, todo sacrificio le resultaba inútil. Prisionera de los amores en
discordia, no podía olvidar la figura de San Jerónimo. Lo imaginaba desnudo,
con la piel cubierta de cicatrices, pero con las extremidades firmes a pesar de
su cuerpo de estilita, y poseedor de una fortaleza descomunal para los
quehaceres del placer.
San Jerónimo la vio a
pesar de sus ojos apagados como dos piedras lustradas por los años, y en ese
brevísimo instante, la sintió como oveja extraviada del rebaño. Se acercó y la
tocó con sus manos que habían perdido la habilidad del consuelo desde hacía
muchos años. Consiente de su transgresión y sin intentar hacer nada para
impedirlo, acercó sus labios resecos a la boca de Melisenda. Una nube de
miércoles de ceniza cubrió los cielos a perpetuidad.
Esa noche sin brillo,
Melisenda se vio vista por cientos de ojos negros incrustados en los árboles
sin hojas. Angustiada por su imprecación trató de cortarse las venas, pero su
piel había adquirido la dureza de los fósiles.
Los feligreses
querían quemarla en leña verde.
-Sacrilegio-
vociferaban.
-Blasfemia- y las
mujeres histéricas se cubrían los pechos con espinas.
-Abominación- Un coro
de voces estallaba como petardo.
San Jerónimo
envilecido, se desgastó lentamente en el hervor de su pecado de animal en celo.
Cuentan que Melisenda
vivió con un vitriolo goteándole en las entrañas. Vivió hasta los 180 años
cocinándose en la penitencia de tener una flor carnívora entre los muslos
consumidos. Antes de perder la cabeza vio un ángel senil revoloteando sin
orientación entre la noche sin límites.
Diciembre de 2008
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