viernes, 22 de marzo de 2013

EDIPO ENAMORADO

Mudos yacen los carcomidos
labios de la Esfinge de Edipo
Walt Withman: Hojas de hierba


Edipo conoció a Esfinge en las puertas del desierto a Tebas. Sin pensarlo dos veces se propuso poseerla, pero temía las amenazas del enigma. 

Entonces soñó perder los ojos y tomar a su madre como lazarillo para vencer el enigma. 

Cuando despertó, Esfinge estaba a su lado completamente desnuda, con su cuerpo de leona joven y las alas primorosamente erectas.

José González Gálvez


Ciudad de Veracruz octubre de 2005

Imagen: Carla Rippey


viernes, 1 de marzo de 2013

EL VERDADERO DOLOR DE REINA MARIANA


¿Cuándo tu voz sonora
herirá mis oídos delicada?
Juana Inés de Asbaje: Liras
Para Alberto Gironella: In memoriam


Volví a casa porque me dijeron que Reina Mariana había muerto.

Me sentí desolada. Vacía. Esperando eternamente tus palabras. Anoche, ya entrado el horario de los sueños, te soñé, pero no eras tú, era otro con tu máscara, tus ademanes, tu olor y tus pasos firmes resonando en los pasillos.

Me dijeron que murió de soledad. Olvidada. Que se quedó sentada en la sillita china de la estancia. Cosida de telarañas desde los ojos hasta los pies, incubando comejenes y pequeñas iguanas verdes, con la cabellera reseca manchada de guano de estorninos.

Leo el periódico todos los días pero no encuentro noticias que me hablen de ti. Corro al escuchar el silbato del cartero que nunca se detiene ante la puerta. Desconozco tu paradero. A veces pienso que nunca existimos, que tanto tú como yo somos víctimas de un ilusionista. Te busco en el aroma de mi piel macerada de recuerdos, en el sonido de la lluvia que amenaza con parecer diluvio, en los espejos donde tantas veces nos vimos desnudos de cuerpo entero.

Falleció sin edad anotada en el registro de la historia. Cuando llegué a verla, el vuelo de cientos de estorninos me cubrió de humedad. Esperé paciente a que la amortajaran sobre un lecho de juncia. Llevaron una sábana de lino, aceite perfumado, un cepillo y un hilo infinito de perlas engarzadas. Reina Mariana recuperó por un momento su belleza terrenal. Lleno de miedo toqué sus labios fríos y violáceos.

He llegado a prescindir de alimentos. A veces tomo un poco de líquidos. Agua destilada, algún zumo, jarabes diluidos. Pero es inútil, porque comprendo sin remedio que mi verdadera sed eres tú. Esperándome como siempre en la cama para jugar el juego de los amores clandestinos. Recién bañado, con el cuerpo oloroso a jabón de pastilla, a lavanda, a maderas turcas.

Nadie sabe  si murió pidiendo ayuda. Todos le dimos la espalda. Cuando me fui, cerró puertas y ventanas. Pero alcancé a verla por el ojo de la cerradura. Su imagen de angustia, se me clavó profundo en la cavidad derecha del corazón. La soñé varias noches hasta que su figura marchita desapareció entre los mil apuntes de la rutina diaria.

Te espero con la mesa puesta, la bata en el armario y las pantuflas cerca del sillón. Sentada en la sillita de la estancia, erguida, fumando un cigarrillo mentolado. Esperando como todas las noches. Entretejida en las trampas de un ritual falso. Obsesionada con tus palabras que ahora me suenan huecas, y tus caricias que me parecen absurdas. Quiero gritar tu nombre mil veces para decirte que te perdono todo; los engaños, las injusticias, la violencia. Quiero rasgarme el pecho para sangrar el veneno de tu recuerdo. Quiero que olvidemos todo y empecemos de nuevo.

Me dijeron que Reina Mariana murió esperándome. Firme en su postura de monarca  sin reino. Adelgazada por un hilo de luz perpetua, difuminada hasta la eternidad por el vuelo de cientos de estorninos enloquecidos y el ruido monótono de hélices en desorden.

José González Gálvez

Noviembre de 2000

Imagen: Alberto Gironella

viernes, 15 de febrero de 2013

DOSSIER: MARIPOSAS PARA UN SUEÑO





llama cortada en flor vela en vela
donde la mariposa de alas negras se quema

Octavio Paz

Ella me dice –sueña-, y al bajar los párpados mis sueños son mariposas densas, oscuros borrones en las paredes húmedas, hilachos podridos que se conservan incólumes en las franjas del tiempo.

Desde ayer estoy recabando datos para una compilación  sobre las agoreras, así bautizadas por mi amiga Rosa Lotfe.  Ya volví a releer su relato que las identifica como un dolor ancestral que le carcome las entrañas, un miedo atroz por esos enormes  insectos de alas pardas cuyo único delito es estar presentes cuando no se les llama.

El poeta Jaime Sabines escribió de ellas: “Decías que una mariposa negra es el alma de un muerto. Y hace muchos días que esta mariposa no sale de la casa. Hoy temprano la he visto sobre el cristal de la ventana, aleteando oscuramente, y dije: ¡Quién sabe! ¿Por qué no habías de ser una mariposa rociando mi casa con el callado polen de sus alas?”


Como epígrafe para mi trabajo sobre las agoreras, tomé prestado un párrafo del también poeta Pablo Neruda, incluido en las odas de su libro Navegaciones y regresos: 

                  “Oscuras mariposas entrevuelan,

                   se persiguen en la húmeda mañana,

                   la soledad es grande y sigue sobre

                   tu cinta interminable”


Pero también en el antiguo continente, estos oscuros lepidópteros rondan el espacio de los mortales, Antonio Machado, poeta español no pudo escapar a su influjo, y las definió de este modo:

                   “Una negra mariposa

                     revolotea en el cuarto.

                     La hora cárdena… La tarde

                     los velos se van quitando.”


Para el escritor Rolando González Riojas, estos insectos alados interiorizan el amor más  allá de la muerte, y quedan esgrafiados en la piel como símbolo de la lucha constante entre eros y thanatos.

“Yo me convertí entonces en el peor de tus miedos y en el protagonista principal de tus más oscuras pesadillas, mis alas negras y sedosas revolotearon sin que se lo ordenara y fueron a buscarte. Salí de noche con el viento de frente a buscar mi muerte; a buscar que me mataras, pero en ti, como yo lo había querido, como la única opción que me dejaste para no separarme nunca más de ti y me posé entonces delicadamente sobre tu vientre desnudo.

Tu grito aterrador me aturdió y quise decirte que no temieras nada. Pero no alcancé a hacerlo. Tus cinco dedos cayeron sobre mi frágil cuerpo con toda la fuerza de tu miedo y ahí quedé. Pintado para siempre sobre tu piel, ya no pudiste deshacerte nunca más de mi… Mi querida Mariana.”

Ahora, ella, me dice –despierta-, y no puedo levantar los párpados, porque dos enormes mariposas entre negras y parduscas me lo impiden, dos insectos opacos que emergieron de lo más profundo de mis sueños o de mis pesadillas, y ahora mi querida Rosa de los dos aromas, ya no puedo saber si temerles o mantenerme impávido ante su presencia.

¿Tú qué me aconsejas?

José González Galvez

Marzo de 2011  

jueves, 27 de diciembre de 2012

PLANOS DE LUZ QUE SIEMPRE HIEREN






Luz de abismo en los ojos dilatados.

Concepción Urquiza


Son muchos los murmullos
el olor a láudano que me duerme
los meses que se hacen lluvia
y mojan la digestión de cada día.


Te despierta el minutero agotado
un espacio que se angosta hasta desaparecer
el sueño que abrazados soñamos
en latidos de tu corazón cansado.

Te desencuentras en planos de luz
que te hieren por segmentos
en hervores fragancia a madera que cruje.

Eres áspera como corteza de cuajilote
amarga como agua del desierto
por eso te bautizaron Mara
porque tu sal es cuerpo que volteó

y se contempló mujer de siete rostros.

En ocasiones el llanto sabe a pólvora
azufre templado bajo combustión interna
carne que se abre como floración hambrienta
fotosíntesis en verde y soles perturbados.

Existes porque te repites en un eco
hégira que fue y siempre continua
como caravana de polvo sin color.

Mañana, cuando ya no tenga sentido
cuando deje de ser útil en tu repertorio
en el mapa sin límites de tu geografía
cuando me desperdigue en residuos de calcio
clava un madero en el costado de la noche.


José González Gálvez 
Noviembre de 2010