sábado, 12 de septiembre de 2020

ANAÏS NIN Y FRIDA KAHLO (FRAGMENTOS)

 


De Anaïs Nin decía Henry Miller que era especial, especial porque carecía de conciencia de culpa, especial porque podía vivir cual situación sin inmutarse. Un triángulo perfecto con Miller y con June, esa mujer a quien otras mujeres paraban en la calle para decirle: Usted es la mujer más bella del mundo, y se lo decían tanto en Nueva York como en París. Anaïs Nin no era tan bella, pero soportaba vivir compartiendo con June (de la cual a su vez estaba un poco enamorada) al vital autor de los Trópicos de cáncer y de capricornio. June. Dice Miller, se divorció porque estaba celosa de Nin. Anaïs estuvo mucho tiempo oculta, o mejor, fue conocida por un grupo de amigos que la admiraban y la apreciaban en lo que valía (entonces). Ya había, naturalmente, empezado a escribir sus diarios hacía mucho tiempo, desde el momento mismo en que, separada de su padre, quiso estar cerca de él mediante un cuaderno de escritura que llenaba el vacío y tendía cualquier puente. Y no sólo escribía diarios sino hasta novelas pornográficas para mantener a sus amigos escritores y artistas, además de novelas publicadas y poco leídas antes y ahora. Luego, sus diarios la hicieron famosa, a una edad madura.

     Ahora la fama aguarda a Frida Kahlo a quien comparo con Anïs Nin. Los diarios de esta escritora repiten, como cualquier diario, por supuesto, el pronombre en tercera persona. No es difícil leer en esas páginas la palabra yo, no es difícil leerla, al contrario la palabro yo pulula como las arenas sobre la playa. No hay diario sin pronombre personal. El eco de Narciso asoma y las reflexiones en torno al yo son primordiales. Pero en Anaïs el yo revela un narcisismo exagerado, un deseo permanente de teatralidad, de exhibición; el autorretrato en Frida revela una necesidad de conocerse. Me detengo: Un diario es siempre un deseo de conocimiento. El que se escribe necesita conocerse. Nin materializa sus deseos y eterniza sus memorias, y en ellas es el centro. Frida es reiterativa, y su acción pictórica es perpetuamente espectacular. Espectacular en el sentido más perfectamente literal. Su caballete y sus pinceles están situados enfrente del espejo y es enfrente de éste que Frida pinta. La luminosidad del ambiente se revierte en el cristal de su mirada y la mirada se fija, curiosa, extenuada, en ese espejo que le devuelve un rostro. Rostro particular, rostro enmarcado por una masa capilar que se extiende y ramifica para decorar las zonas que debieran estar desnudas. El bigote, inusitado en una mujer, o por lo menos depilado en las que lo tienen, brota perfecto, más perfecto aún por la complacencia con que Frida lo coloca, pelo a pelo, sobre el labio superior en connivencia estética y armónica con el pelo que se crece sobre los ojos y se desliza hasta formar una línea continua sobre la nariz. Así, trenzas, bozo y cejas forman un todo continuo, un todo continuo que animaliza y embellece, y la prueba de ello es la cercanía que Frida mantiene, embelesada, con esos changuitos que como su rostro pululan en torno a ella, repitiéndola, espejándola. La proliferación de vegetación tropical que se nota en los fondos de los cuadros, aun en aquellos que pudieran ser más sobrios, como el de la abuela Morillo, es la consecuencia directa de esta exageración. En los cuadros de Frida hay una gestación y una proliferación perpetuas, proliferan los frutos, el cabello, el color y los autorretratos.

     Para ella la maternidad es fundamental. Perogrullada. Pero la maternidad falla porque el cuerpo está destrozado, perforado, dañado para siempre y la maternidad es aquí solamente asesina. Es la sangre que mana de los agujeritos múltiples de la mujer asesinada por “unos cuantos piquetitos”, es la mujer cuyo torso es un cuerpo mutilado pero gestador de excrecencias que se multiplican y pasan a formar parte del fondo como paisaje y como materia plástica perfecta. La proliferación selvática en Frida es la maternidad que no se le dio en vida y se da en los cuadros, ramificándose en los árboles, en los frutos, en la cara, en forma de vellosidades múltiples.

     Ese traje encubridor de los defectos, de los corsés, el traje, producto de un folklorismo que puede parecer provocado y artificial, es para mí, la prenda necesaria y definitiva de esa proliferación ¿Cómo enmarcar la abundancia y la proliferación? Sólo pueden ser un marco adecuado los encajes, los olanes, los listones que se enredan entre las trenzas y se convierten en cabellos, los bordados que repiten, a veces con ingenuidad, las flores y los frutos que determinan el entorno, ese entorno que jamás se deja vacío, ni siquiera con un color detonante, pero liso, ese entorno que es como el cuadro que Frida regala a Diego, un marco digno de su contenido, un marco donde, otra vez, proliferan los frutos del mar, conchitas y caracoles que se trenzan delicadamente al retrato y se eslabonan dentro de él para repetir la entrega. Las conchas y los caracoles marinos, frutos del mar, como los mangos y los plátanos y las piñas son los frutos de una tierra tropical. Y en los trajes de tehuanas que vengo descubriendo se gesta también una reflexión. Reflexión coloreada y pulcra: La mujer tehuana es quizá la mujer más definida de todas las mujeres mexicanas. Lola Olmedo aparece, maravillosa, pintada por Diego, en un cuadro donde su rostro, la multiplica porque a la vez el traje de tehuana le otorga una carnalidad perfumada y caliente, propia de esa tierra donde las mujeres visten un traje que las hace a la vez santas (por el halo que les da el tocado) y lascivas (por la estentórea carnalidad con que el traje las realza). Un traje de tehuana me recuerda a una piña y me la recuerda sólo cuando veo los cuadros de Frida. La pulpa, la carnosidad frutal son especiales. En esa carnosidad no existe la sangre, en cambio en la carnalidad femenina la sangre prolifera e inunda el cuadro incontenible.

     Frida Kahlo se observa y de su mirada poblada surge el pincel (hecho de pelos de sus cejas) definiendo un yo que nunca acaba de asirse cabalmente, y por ello, recomienza ante nuestros ojos (y los suyos) perpetuamente.

 

Margo Glantz

 

Universidad Autónoma del Estado de México 1984

Portada: Luis Eduardo Jurado      

LOS CRÍMENES DEL AMOR

 


Empieza como una acuarela, de tonos delicados y tranquilos, florecidos de bruma. Jugadores de futbol sobre la playa de Positano, una muchacha a caballo, ese “caballo ocre…lo monta una muchacha rubia, la crin del caballo y la melena de la muchacha son del mismo color, los lomos y la piel del mismo color, la muchacha cabalga y levanta subes de arena del mismo color: el mar es ocre como ellos…”.

     Pero esto es demasiado frágil, es frágil y se rompe; la playa quieta y dulce de Positano abre un mundo al que rodean los fantasmas de una infancia, las quimeras, las perrerías de una memoria, de una vida, la muerte. Al final de Zona Sagrada se vuelve a encontrar una imagen de muchacha a caballo, igualmente bella pero desgarrada, tergiversada, como si la muerte, que se agazapa suave y muda en la sombra de la vida, surgiera al fin a pleno sol: “cuando sueño, sólo veo a una muchacha muerta al lado de mi caballo muerto en una playa muerta”. Leyendo al escritor mexicano Carlos Fuentes, se piensa en este poema chino:

                             La vida es la risa

                            en los labios de la muerte.

 

“Nosotros sabemos que el sueño es la fotografía de la muerte”, escribe también Fuentes. El sueño y su cortejo de fantasmas no dejan de atormentar a los vivos. La intrusión inagotable de la memoria y de los sueños en la vida caracteriza el mundo de Fuentes, quien, al mismo tiempo que su novela Zona sagrada, acaba de publicar en Francia una compilación: Cantar de ciegos.

 

Francois Bott

Le Monde, París Francia.   

DOS VERSOS DE GLORIA GERVITZ

 


tócame dentro de ti

con esa contención que se desborda

 

Fotografía: Bill Brandt 

CARMINA BURANA

 

Cantata escénica compuesta por Carl Orff entre los años 1935 y 1936, utilizando como texto, 25 poemas profanos de los 318 descubiertos por el historiador y bibliotecario alemán Johan Christoph von Aretin en 1803 en el monasterio benedictino de la ciudad de Beuron. Este códice fue trasladado posteriormente a la Biblioteca Estatal de Baviera en Múnich, donde el lingüista Johann Andreas Schmeller lo bautizó con el título de Carmina Burana.

La obra se compone de versos en latín medieval, aunque cuenta con fragmentos en alto alemán medio y provenzal antiguo.

Forma parte de la trilogía Trionfi, junto a Catulli Carmina y Trionfo di Afrodite.

Su primer título fue “Canciones seculares para cantatas y coros para ser cantadas con instrumentos e imágenes mágicas”. La obra de Carl Orff consta de una introducción, tres partes (primo vere, in taberna  y courd´amours) y un final sumando un total de veinticinco números, y  fue estrenada el 8 de junio de 1937 en la Alte Oper de Francfort del Meno dirigida por Oskar Wälterlin.

Estos cantos goliardos (clérigos o estudiantes que llevaron una vida errante y desordenada) de los siglos XII y XIII, en un principio eran poemas de carácter moral y satírico, de estilo disoluto e irreverente, dirigidos a todas las clases sociales, con mayor severidad a la nobleza y el alto clero. Con el paso de los años se agregaron poemas de carácter amoroso que conforman la mayoría del manuscrito y que nos dan a conocer el total de los placeres terrenales, el amor carnal y el goce de la naturaleza. El final del códice reúne una serie de poemas que elogiaban la bebida y las bufonadas.

Carmina Burana es una obra gloriosa que cautiva y que perdura con el tiempo, el propio Carl Orff sentenció: “Yo compongo para transmitir una actitud espiritual al público”.

 

José González Gálvez  

  

martes, 1 de septiembre de 2020

UN ROMANCE ESDRÚJULO DE SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ

 


Lámina sirva el cielo al retrato,
Lísida, de tu angélica forma;
cálamos forme el sol de sus luces,
sílabas las estrellas compongan.
Cárceles tu madeja fabrica:
dédalo que sutilmente forma
vínculos de dorados ofires,
tíbares de prisiones gustosas.
Hécate, no triforme, mas llena,
pródiga de candores asoma,
trémula no en tu frente se oculta,
fúlgida su esplendor desemboza.
Círculo dividido en dos arcos,
pérsica forman lid belicosa:
áspides que por flechas disparas,
víboras de halagüeña ponzoña.
Lámparas, tus dos ojos, febeas,
súbitos resplandores arrojan;
pólvora que a las almas que llega,
tórridas abrasadas transforma.
Límite, de una y otra luz pura,
último, tu nariz judiciosa,
árbitro es entre dos confinantes,
máquina que divide una y otra.
Cátedras del abril, tus mejillas,
clásicas, dan a mayo, estudiosas,
método a jazmines nevados,
fórmula rubicunda a las rosas.
Lágrimas del aurora congela,
búcaro de fragancias, tu boca;
rúbrica con carmines escrita,
cláusula de coral y de aljófar.
Cóncavo es, breve pira, en la barba,
pórfido en que las almas reposan;
túmulo les eriges de luces,
bóveda de luceros las honra.
Tránsito a los jardines de Venus,
órgano es de marfil, en canora
música, tu garganta, que en dulces
éxtasis aun al viento aprisiona.
Pámpanos de cristal y de nieve,
cándidos tus dos brazos, provocan
tántalos, los deseos ayunos,
míseros, sienten frutas y ondas.
Dátiles de alabastro tus dedos,
fértiles de tus dos palmas brotan,
frígidos si los ojos los miran,
cálidos si las almas los tocan.
Bósforo de estrechez tu cintura,
cíngulo ciñe breve por zona,
rígida (si de seda) clausura,
músculos nos oculta, ambiciosa.
Cúmulo de primores, tu talle,
dóricas esculturas asombra,
jónicos lineamientos desprecia,
émula su labor de sí propria.
Móviles pequeñeces tus plantas,
sólidos pavimentos ignoran;
mágicos que, a los vientos que pisan
tósigos de beldad inficionan.
Plátano, tu gentil estatura,
flámula es que a los aires tremola
ágiles movimientos, que esparcen
bálsamo de fragantes aromas.
Índices de tu rara hermosura,
rústicas estas líneas son cortas;
cítara solamente de Apolo,
méritos cante tuyos, sonora.

VIGILIA COMPARTIDA

 


                                                                      Para Solange Vallet

 

Mírame con el abismo

azul de tu mirada.

Despliegue de artificios

ciclo visual que todo lo comprende.

Ahora llevo tu nombre tatuado

en el núcleo de mis huesos.

Es tu cuerpo cubierto

de esperma iridiscente

eructo interestelar de mis pulmones.

Arcángel

diáfana solicitud de vuelo.


José González Gálvez

 

UN POEMA DE ISABEL FRAIRE (FRAGMENTO)

 


            Y el gato

ensimismada luz

                se enrosca siempre

a través de sus pelos

             todo toca

     todo mira

                   imagina

                               que se mueve

         salta

                lo atrapa

                              vuelve

             a ensimismarse

todo está allí

                    afuera

    todo adentro

 

Imagen: Aida Emart

XV FABULILLAS DE ANIMALES, NIÑOS Y ESPANTOS


“Ahora tengo en verdad miedo. ¿Qué haces? ¿Dónde estás? ¿Eres feliz en este momento, sin mí? RENATO, POR EL AMOR DEL DIABLO VEN PRONTO”.

Leonora Carrington y Renato Leduc procedían de mundos diferentes; las circunstancias los unieron y las circunstancias los separaron. Vivieron una relación amorosa breve e intensa, pero siempre mantuvieron su amistad. Del tiempo que pasaron juntos quedan, entre otros pocos testimonios de Leonora, algunos dibujos, un retrato a lápiz de Renato y dos cartas de amor desesperado, una escrita en Nueva York y otra en la Ciudad de México. De su afecto perdurable queda el único libro en el que colaboraron: XV fabulillas de animales, niños y espantos, publicado en 1957 en una edición limitada y numerada de 300 ejemplares, que contiene el poema preferido de Leduc: “Epístola a una dama que nunca en su vida conoció elefantes”.

Esta edición recupera el diálogo entre los poemas de Renato y las viñetas de Leonora e incluye un prólogo que cuenta su historia y reproduce las cartas, una de ellas inédita, de la pintora surrealista al poeta mexicano.

 

Vaso Roto Ediciones 2018

 

Portada: Viñeta de Leonora Carrington

UN POEMA DE CONCEPCIÓN URQUIZA

 


Miente mi corazón cuando te ama,

hecho intérprete fiel de mi sentido,

como el eco en abismo percibido

que el viento, no la voz, forma y derrama.

 

Este imperioso afán que te reclama

no en el centro del alma fue nutrido:

me ha turbado sin mí, como el sonido,

es ajeno a mi ser, como la llama.

 

Cuando la sangre el corazón satura

de sólo tu sabor -término medio

en loco silogismo de amargura-,

 

inaccesible al implacable asedio,

como trozo de plomo en agua obscura

húndese el alma en silencioso tedio.

  

SALAMANDRA

 



Los poemas que forman el libro Salamandra fueron escritos por un hombre que, alrededor de los cuarenta y cinco años de edad, había decidido cerrar una época de su vida y de su obra, y comenzaba con gran energía una nueva. Su libro anterior, La estación violenta, clara referencia a la juventud, había quedado agrupado por el autor como último eslabón del volumen Libertad bajo palabra, en el cual reunía lo mejor de su primera producción poética. Así, Salamandra es un renacimiento del poeta y de su poesía por la vía del fuego; libro de su madurez poética que sabe cómo seguir experimentando; libro de un dominio mayor de los poderes de la poesía invertidos plenamente en la gran aventura de la vida; libro de encuentros que queman, con los otros cuerpos en sus otras realidades; y, finalmente, libro que muestra lo que siguen siendo las brasas más vivas de la cultura que tomó fuego al iniciarse los años sesenta. Es una poesía de ruptura que al tiempo reaviva varias tradiciones de vanguardia de este siglo. Por todo esto Salamandra es un libro clave en la obra de Octavio Paz y en la poesía moderna de nuestra lengua. Poco después de la publicación de Salamandra, su autor recibió en Bruselas el Premio Internacional de Poesía, la primera de las múltiples distinciones internacionales que recibiría a partir de entonces.

 

Alberto Ruy Sánchez

Editorial Joaquín Mortiz 1990

 

Fotografía: Rafael Doniz