domingo, 10 de mayo de 2020

DESCUBRIR EL MAR



Siento palpitar muy hondo
la calidez de tu sonrisa.
El movimiento suave
que se teje en tus caderas.
Tu sabor a sal aguamar
sabor a viento.
Un mosaico de cielo
incrustado en tu mirada.
Te paseas en medio
de las olas
cuando atrapas la luna
bajo tu falda de gitana.
Esplendes el sonido
de los pájaros marinos.
En tu regazo
de jade y turmalina
anidan los peces diáfanos
cúmulo de langostas
un segundo mar de los sargazos.

José González Gálvez


Imagen: Silvia Pardo

CARLOS PELLICER Y LA POESÍA DE LA NATURALEZA



Posiblemente el más rico y vasto de los poetas mexicanos contemporáneos es Carlos Pellicer. Alguien lo señaló como el más caudaloso y el elogio es justo. Difícilmente se encontrará, en las letras hispanoamericanas contemporáneas, una obra como la de Pellicer; sólo, quizá, Alberti —con quien, en algunos momentos, tiene ciertas afinidades— lo iguala. Hay, sí, poetas más perfectos; o más densos, afilados o agudos, pero ninguno tiene su amplia respiración, su deslumbrada sensualidad. Hay un aire de nacimiento en todo lo que toca; sabe devolverle a las cosas su “perdida frescura”, su gracia y su resplandor. No importa que en la poesía de Carlos Pellicer la reflexión y la angustia ocupen un sitio muy reducido, porque en cambio las otras potencias del espíritu, desdeñadas por el hombre moderno, lo inundan todo con su dichosa presencia. En este sentido, su poesía es una vena de agua en el desierto; su alegría nos devuelve la fe en la alegría, en la posibilidad de la sorpresa.
     Si a la poesía de Neruda la preside el tacto y a la de Gorostiza la inteligencia, a la de Pellicer la definen los ojos. “Poeta del paisaje”, han dicho, con intención de limitarle. Pero su paisaje tiene sensibilidad y movimiento; es un “estado del alma” dichoso y deslumbrado. En la poesía de Pellicer hay un intento de transformar el mundo; en tanto que los otros lo sufren o lo niegan, él, con un candor jubiloso pretende ordenarlo. En los primeros tiempos este orden era el juego: “Pondré el mar a la izquierda / Jugaré con las casas de Curazao…” El orden del juego, sin embargo, no es más que un milagroso y momentáneo desorden; y este desorden fue substituido, después, por un orden monumental, como si quisiera recordar a los toltecas y a los mayas. La alegría de la sorpresa desaparece, para cederle el sitio a la unción del que contempla y ordena. A esta época de su producción corresponden algunos de sus más importante poemas y, sobre todo, aquel que juzgo, dentro de este aspecto de su obra, como el más realizado, poseedor de un equilibrio arquitectónico: “Esquema para una oda tropical”. En ningún poeta moderno alienta este espíritu ordenador de la naturaleza y en esto reside la singularidad y la importancia de Pellicer para la literatura de América. Llamarlo “poeta del paisaje” es una verdad a medias, porque su propósito es mucho más importante que el del simple paisajista. Claro que en todo paisaje la naturaleza está sometida a una perspectiva y a un orden, pero en Pellicer el orden no tiene las dimensiones ni el sentido del paisaje habitual, sino que pretende crear una arquitectura y una mitología con los elementos originales del mundo.
     Todo poeta es un creador de mitos. Los mitos de Pellicer son de aquellos que hieren no al sentimiento ni a la razón sino a otras facultades del espíritu. La contemplación, la embriaguez de los ojos ante la grandeza del mundo; el humor, un humor que no tiene nada que ver con la ironía de la inteligencia, sino que brota de la salud del espíritu, conforme con su limitación; el pasmo y el asombro y la queja patética ante la pequeñez del hombre, son las notas salientes de la poesía de Carlos Pellicer. Si en cierto modo continúa una tradición mexicana del paisaje, rebasándola; si, desde otro punto de vista, su poesía se ostenta como la heredera del Darío de algunos poemas de Cantos de vida y esperanza, también es cierto que no pertenece tanto al pasado como al porvenir. La naturaleza, abandonada durante tanto tiempo por los poetas modernos, espera, como dormida, y hablando, balbuceando casi, entre sueños. ¡Dichoso aquel que escucha sus secretas palabras, en las que alienta un presentimiento y una esperanza!

Octavio Paz
Editorial Vuelta 1988  

Imagen: Diego Rivera
  


ALTAZOR (FRAGMENTO)



CANTO V
Ningún navegante ha encontrado la rosa de los mares
La rosa que trae el recuerdo de sus abuelos
Del fondo de sí misma
Cansada de soñar
Cansada de vivir en cada pétalo
Viento que estás pensando en la rosa del mar
Yo te espero de pie al final de esta línea
Yo sé dónde se esconde la flor que nace del sexo de las sirenas
En el momento del placer
Cuando debajo del mar empieza a atardecer
Y se oye crujir las olas
Bajo los pies del horizonte
Yo sé yo sé dónde se esconde
El viento tiene la voz de abeja de la joven pálida
La joven pálida como su propia estatua
Que yo amé en un rincón de mi vida
Cuando quería saltar de una esperanza al cielo
Y caí de naufragio en naufragio de horizonte en horizonte
Entonces vi la rosa que se esconde
Y que nadie ha encontrado cara a cara  


martes, 7 de abril de 2020

UN SONETO DE PITA AMOR




XIV
Es la rosa enlutada, anochecida.
Con un cáliz de púrpura maldita.
La rosa de tinieblas que palpita
por mis venas de rosas sin salida.

Es la rosa una flor siempre en huida.
La rosa de tinieblas infinita
igual que mi conciencia tan contrita.
Igual que mi conciencia tan dolida.

Es lo opuesto a la hermética granada
que contiene su sombra encarcelada.

Y la rosa se abre en mil pedazos
fulminando la luz de los ocasos.

Es la rosa lo mismo que mis labios
tan ávidos, sedientos y tan sabios.

Imagen: Tina Modotti 



UN POEMA DE VICENTE HUIDOBRO (FRAGMENTO)





CANTO I

La magia y el ensueño liman los barrotes
La poesía llora en la punta del alma
Y acrece la inquietud mirando nuevos muros
Alzados de misterio en misterio
Entre minas de mixtificación que abren sus heridas
Con el ceremonial inagotable del alba conocida.
Dadme la llave de los sueños cerrados
Dadme la llave del naufragio
Dadme una certeza de raíces en horizonte quieto
Un descubrimiento que no huya a cada paso
O dadme un bello naufragio verde
Un milagro que ilumine el fondo de nuestros mares íntimos
Como el barco que se hunde sin apagar sus luces
Liberado de este trágico silencio entonces
En mi propia tempestad
Desafiaré el vacío
Sacudiré la nada con blasfemias y gritos
Hasta que caiga un rayo de castigo ansiado
Trayendo a mis tinieblas el clima del paraíso

Compañía Iberoamericana de Publicaciones, Madrid 1931

UN POEMA DE GILBERTO OWEN



Booz canta su amor
Me he querido mentir que no te amo,
roja alegría incauta, sol sin freno
en la tarde que sólo tú detienes,
luz demorada sobre mi deshielo.
Por no apagar la brasa de tus labios
con un amor que darte no merezco,
por no echar sobre el alba de tus hombros
las horas que le restan a mi duelo.
Pero cómo negarte mis espigas
si las alzabas con tan puro gesto;
cómo temer tus años, si me dabas
toda mi juventud en mi deseo.

Quédate, amor adolescente, quédate.
Diez golondrinas saltan de tus dedos.
París cumple en tu rostro quince años.
Cómo brilla mi voz sobre tu pecho.
Óyela hablarte de la luna, óyela
cantando lánguida por los senderos:
sus palabras más nimias tienen forma,
no le avergüenza ya decir “te quiero”.
Me has untado de fósforo los brazos:
no los tienen más fuertes los mancebos.
Flores palúdicas en los estanques
de mis ojos. El trópico en mis huesos.
Cien lugares comunes, amor cándido,
amoroso y porfiado amor primero.

Vámonos por las rutas de tus venas
y de mis venas. Vámonos fingiendo
que es la primera vez que estoy viviéndote.
Por la carne también se llega al cielo.
Hay pájaros que sueñan que son pájaros
y se despiertan ángeles. Hay sueños
de los que dos fantasmas se despiertan
a la virginidad de nuestros cuerpos.
Vámonos como siempre: Dafnis, Cloe.
Tiéndete bajo el pino más erecto,
una brizna de yerba entre los dientes.
No te mueves. Así. Fuera del tiempo.

Si cerrara los ojos, despertándome,
me encontraría, como siempre, muerto.

Casa editorial Firmamento 1946




SOLITARIO DE AMOR QUE ME DEJAS


 


Allá, más que lejos, en esas aguas donde
costumbre y sueño, al abrazarse, hierven
y luego estallan, me hundo para tocar  mi
flauta.
Marco Antonio Montes de Oca: El mar nunca rendido


A veces pienso que caminé más de lo debido, tan solo tengo dos pies y hoy todavía es jueves.
      Cuando mi tía Jacoba tocaba el piano el mundo me parecía un globo de bruma. Me imaginaba caminando en un bosque de tilos vestida con las hojas últimas del otoño. Y ahí estaba yo, desgarrada de impaciencia, con la humedad del amanecer pegada a la piel y un silencio sobrecogedor tan íntimo como el primer día de la creación.
     Mi tía Jacoba y su música me lastimaban la consciencia, de los ojos me brotaban lágrimas, el corazón me sangraba de dolor, las glándulas salivaban menta y toda la noche soñaba sueños regidos por el metrónomo de tu ausencia.
     Los arpegios me desnudaban el alma. Entonces quería caminar, tener alas en los pies y recorrer todos los caminos imaginados dentro de un poema de dolor.
     Y ahora que aún es jueves me siento tan deprimida, tan sin fuerzas, tan incapaz de impedir la fuga de los pentagramas de la tía Jacoba. Me siento enferma en este solitario de amor que me dejas, atrapada en este teorema clandestino de caricias, perdida en un mar de incendios, arrastrada por la vorágine de un último diluvio, cubierta de ficciones, de voces viejas.

José González Gálvez


Imagen: Flor Garduño  

LENTAMENTE, TE BESO TODA


 

Quiero acariciar con la yema de mis dedos la superficie húmeda de tus labios, detenerme por un momento y seguir explorando la cavidad que guarda tu lengua anhelante.
     Besarte toda, espacio a espacio como un náufrago eterno. Comenzaré por tu boca que me espera siempre, sumisa, obediente. Seguiré con tu cuello, ese arco deslumbrante. Luego con tus pechos, tibios como palomas. Tu vientre plano, la oquedad del ombligo. El mar profundo de tu sexo. Tus piernas de color alabastro, y lentamente tus pies diminutos.
     Quiero besarte toda. Despacio.

José González Gálvez

Octubre 4 de 2019


Imagen: David Hamilton

EL ADIOS


 

Todo en mi vida concluye
a pesar del brillo de estrellas
en una noche el sueño intuye
lo que en vigilia se rompe en querellas.

José González Gálvez

ASI EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO


 

Mi tía Rigoberta Ballesteros de Peñalver sufría de Alzheimer desde hacía varios años.
     Una tarde, cuando las hojas se doraban con el sol del verano y los jilgueros trinaban sin cesar, se olvidó de que estaba enferma y fue feliz por siempre.

José González Gálvez