martes, 22 de mayo de 2018

UN HOMBRE VIENE BAJO LA LLUVIA




Otras veces había experimentado el mismo sobresalto cuando se sentaba a oír la lluvia. Sentía crujir la verja de hierro; sentía pasos de hombre en el sendero enladrillado y ruidos de botas raspadas en el piso, frente al umbral. Durante muchas noches aguardó a que el hombre llamara a la puerta. Pero después, cuando aprendió a descifrar los innumerables ruidos de la lluvia, pensó que el visitante imaginario no pasaría nunca del umbral y se acostumbró a no esperarlo. Fue una resolución definitiva, tomada en esa borrascosa noche de septiembre, cinco años atrás, en que se puso a reflexionar sobre su vida, y se dijo: "A este paso, terminaré por volverme vieja". Desde entonces cambiaron los ruidos de la lluvia y otras voces reemplazaron a los pasos de hombre en el sendero de ladrillos.
Es cierto que a pesar de su decisión de no esperarlo más, en algunas ocasiones la verja volvió a crujir y el hombre raspó otra vez sus botas frente al umbral, como antes. Pero para entonces ella asistía a nuevas revelaciones de la lluvia. Entonces oía otra vez a Noel, cuando tenía quince años, enseñandole lecciones de catecismo a su papagayo; y oía la canción remota y triste del gramófono que vendieron a un corredor de baratijas, cuando murió el último hombre de la familia. ella había aprendido a rescatar de la lluvia las voces perdidas en el pasado de la casa, las voces más puras y entrañables. De manera que hubo mucho de sorprendente y maravillosa novedad, esa noche de tormenta en que el hombre que tantas veces había abierto la verja de hierro caminó por el sendero enladrillado, tosió en el umbral y llamó dos veces a la puerta.
Oscurecido el rostro por una irreprimible ansiedad, ella hizo un breve gesto con la mano, volvió la vista hacia donde estaba la otra mujer y dijo: "Ya está ahí".
La otra estaba junto a la mesa, apoyados los codos en las gruesas tablas de roble sin pulir. Cuando oyó los golpes, desvió los ojos hacia la lámpara y pareció sacudida por una terebrante ansiedad.
-¿Quién puede ser a estas horas?- dijo.
Y ella, serena, otra vez, con la seguridad de quien está diciendo una frase madurada durante muchos años.
-Eso es lo de menos. Cualquiera que sea debe estar emparamado.
La otra se puso en pie, seguida minuciosamente por la mirada de ella. La vio coger la lámpara. La vio perderse en el corredor. Sintió, desde la sala en penumbras y entre el rumor de la lluvia que la oscuridad hacía más intenso, sintió los pasos de la otra, alejándose, cojeando en los sueltos y gastados ladrillos del zaguán. Luego oyó el ruido de la lámpara que tropezó con el muro y después la tranca, descorriéndose en las argollas oxidadas.
Por un momento no oyó nada más que voces distantes. El discurso remoto y feliz de Noel, sentado en un barril, dándole noticias de Dios a su papagayo. Oyó el crujido de la rueda en el patio, cuando papá Laurel abría el portón para que entrara el carro de los dos bueyes. Oyó a Genoveva alborotando la casa, como siempre, porque siempre, "siempre encuentro este bendito baño ocupado". Y después, otra vez a papá Laurel, desportillando sus palabrotas de soldado, tumbando golondrinas con la misma escopeta que utilizó en la última guerra civil para derrotar, él solo, a toda una división del gobierno. Hasta llegó a pensar que esta vez el episodio no pasaría de los golpes de la puerta, como antes no pasó de las botas raspadas en el umbral; y pensaba que la otra mujer había abierto y sólo había visto los tiestos de flores bajo la lluvia, y la calle triste y desierta.
Pero luego empezó a precisar voces en la oscuridad. Y oyó otra vez las pisadas conocidas y vio las sombras estiradas en la pared del zaguán. Entonces supo que después de muchos años de aprendizaje, después de muchas noches de vacilación y arrepentimiento, el hombre que abría la verja de hierro había decidido entrar.
La otra mujer regresó con la lámpara, seguida por el recién llegado; la puso en la mesa, y él - sin salir de la órbita de claridad - se quitó el impermeable, vuelto hacia la pared el rostro castigado por la tormenta. Entonces, ella lo vio por primera vez. Lo miró sólidamente al principio. Después lo descifró de pies a cabeza, concretándolo miembro a miembro con una mirada perseverante, aplicada y seria, como si en vez de un hombre hubiera examinado un pájaro. Finalmente volvió los ojos hacia la lámpara y comenzó a pensar: "Es él, de todos modos. A pesar de que lo imaginaba un poco más alto".
La otra mujer rodó una silla hasta la mesa. El hombre se sentó, cruzó una pierna y desató el cordón de la bota. La otra se sentó junto a él, hablándole con espontaneidad de algo que ella, en el mecedor, no alcanzaba a entender. Pero frente a los gestos sin palabras ella se sentía redimida de su abandono y advertía que el aire polvoriento y estéril olía de nuevo como antes, como si fuera otra vez la época en que había hombres que entraban sudando a las alcobas, y Úrsula, atolondrada y saludable, corría todas las tardes a las cuatro y cinco, a despedir el tren desde la ventana. Ella lo veía gesticular y se alegraba de que el desconocido procediera así; de que entendiera que después de un viaje difícil, muchas veces rectificado, había encontrado al fin la casa extraviada en la tormenta.
El hombre empezó a desabotonarse la camisa. Se había quitado las botas y estaba inclinado sobre la mesa, puesto a secar al calor de la lámpara. Entonces, la otra mujer se levantó,caminó hacia el armario y regresó a la mesa con una botella a medio empezar y un vaso. El hombre agarró la botella por el cuello, extrajo con los dientes el tapón de corcho y se sirvió medio vaso de licor verde y espeso. Luego bebió sin respirar, con una ansiedad exaltada. Y ella, desde el mecedor, observándolo, se acordó de esa noche en que la verja crujió por primera vez - ¡hacia tanto tiempo! - y ella pensó que no había en la casa nada que darle al visitante, salvo esa botella de menta. Ella le había dicho a su compañera: " Hay que dejar la botella en el armario. Alguien puede necesitarla alguna vez". La otra le había dicho: "¿Quién?". Y ella: "Cualquiera", había respondido. "Siempre es bueno estar preparados por si viene alguien cuando llueve". Habían transcurrido muchos años desde entonces. Y ahora el hombre previsto estaba allí, vertiendo más licor en el vaso.
Pero esta vez el hombre no bebió. Cuando se disponía a hacerlo, sus ojos se extraviaron en la penumbra, por encima de la lámpara, y ella sintió por primera vez el contacto tibio de su mirada. Comprendió que hasta ese instante el hombre no había caído en la cuenta de que había otra mujer en la casa; y entonces empezó a mecerse.
Por un momento el hombre la examinó con una atención indiscreta. Una indiscreción tal vez deliberada. Ella se desconcertó al principio; pero luego advirtió que también esa mirada le era familiar y que no obstante su escrutadora y algo impertinente obstinación había en ella mucho de la traviesa bondad de Noel y también un poco de la torpeza paciente y honrada de su papagayo. Por eso empezó a mecerse, pensando: "Aunque no sea el mismo que abría la verja de hierro, es como si lo fuera, de todos modos". Y todavía meciéndose, mientras él la miraba, pensó: "Papá Laurel lo habría invitado a cazar conejos en la huerta".
Antes de la media noche la tormenta arreció. La otra había rodado la silla hasta el mecedor y las dos mujeres permanecían silenciosas, inmóviles, contemplando al hombre que se secaba junto a la lámpara.
Una rama suelta del almendro vecino golpeó varias veces contra la ventana sin ajustar y el aire de la sala se humedeció, invadido por una bocanada de intemperie. Ella sintió en el rostro la cortante orilla de la granizada, pero no se movió, hasta cuando vio que el hombre escurrió en el vaso la última gota de menta. Le pareció que había algo simbólico en aquel espectáculo. Y entonces se acordó de papá Laurel, peleando solo, atrincherado en el corral, tumbando soldados del gobierno con una escopeta de perdigones para golondrinas. Y se acordó de la carta que le escribió el coronel Aureliano Buendía y del título de capitán que papá Laurel rechazó, diciendo: "Díganle a Aureliano que esto no lo hice por la guerra, sino para evitar que esos salvajes se comieran mis conejos".
Fue como si en aquel recuerdo hubiera escanciado ella también la última gota de pasado que le quedaba en la casa.
- ¿Hay algo más en el armario? - preguntó sombríamente.
Y la otra, con el mismo acento, con el mismo tono en que suponía que él no habría podido oírla, dijo:
- Nada más. Acuérdate que el lunes nos comimos el último puñado de habichuelas.
Y luego, temiendo que el hombre las hubiera oído, miraron de nuevo hasta la mesa pero sólo vieron la oscuridad, sin la mesa y el hombre. Sin embargo, ellas sabían que el hombre estaba ahí, invisible junto a la lámpara exhausta. Sabían que no abandonaría la casa mientras no acabara de llover, y que en la oscuridad la sala se había reducido de tal modo que no tenía nada de extraño que las hubiera oído


Gabriel García Márquez 
El Espectador 9 de mayo de 1954

UN REGALO DE COLOR AZUL PARA NERUDA (FRAGMENTO)



   Navegaciones y regresos es la constancia del eterno regreso de Neruda a Chile, su patria de cielo duro y delgada cintura, y es también la bitácora de su amor viajero, su largo viaje, crucero de bodas porque al casarse con Matilde, Neruda ingresaba “al otoño de su vida” como lo dice Hernán Loyola. No hubiera podido vivir si no vuelve, la vida se le habría salido del mapa. El retorno, él lo sabía, resultaba más importante que esas amplias travesías en que los paisajes vienen a estrellarse contra la ventanilla del tren, los pelícanos sobre el agua, el avión rasga la anchura del cielo llevándolo de ida y vuelta (siempre de ida y vuelta) a los confines del mundo. “Mañana temprano me voy / me está esperando en todas partes  /  la primavera.”

   Cada quien encuentra su lugar sobre sobre la tierra pero Neruda lo encontró más que nadie. A la tierra la hizo su mujer, la asumió, le perdonó sus tempestades y rechazos, él mismo se volvió el mar y la cordillera, su corazón creció como una ola y todo fueron navegaciones y caminatas. De él podría decirse lo mismo que le dijo a Lenin: “No existió nunca / un hombre más terrestre / que V. Uliánov”. Al igual que él tuvo “como virtud del alma el movimiento”. Neruda viajó casi todos los meses de sus años, se recostó en la tierra, y todavía unos días antes de su muerte, Matilde preparó su saco preferido para llevárselo exiliado a México. No alcanzó a ponérselo, ya su cuerpo había emprendido el último viaje, el de su muerte.


Elena Poniatowska 
Random House Mondadori 2003

PEDRO PÁRAMO


JuanRulfo
PEDRO PÁRAMO
FOTOGRAFÍAS Y TEXTOS





BIOGRAFÍA DEL DIABLO (FRAGMENTO)


EL ASPECTO FÍSICO (FRAGMENTO)

Dos de las descripciones más nobles que ha alcanzado la forma del Diablo, son las debidas a Dante y a Milton. Difieren notablemente una de la otra, pero la suma de ambas nos da esa mezcla de seducción y pavor, de infinita gracia e infinita tristeza, que corresponde a la imagen interior del Diablo que todos poseemos. Los dos más altos constructores de demonologías (no olvido a William Blake, pero el autor del Matrimonio del Cielo y el Infierno jamás se propuso una sistemática, acaso porque vivía dentro de ella) nos aportan los datos de lo que podríamos llamar la dignidad del Diablo; ambos, se lo toman en serio; ambos, eluden toda facilidad o caricatura, y nos ofrecen un retrato terrible (y también especular) en el que podamos ver la sumisión del hombre a la tragedia personal del Príncipe de este mundo. El italiano –católico y, por lo tanto, suntuosamente figurativo- nos habla de las tres caras del Diablo y de su tornadizo color, de la belleza perversa y sensual y, en un insinuante hallazgo, de sus seis alas “llenas de ojos” que agita constantemente; el inglés –presbiteriano y, por lo tanto, turnio y marcado al puritanismo- nos da la imagen más desolada y sombría, más inquietantemente próxima a nosotros que la literatura haya pergeñado sobre el Tentador: el Diablo de Milton es un Diablo que no ha dejado nunca de ser Lucifer –el lucero del alba, el más bello y perfecto de los ángeles- y que se consume en el espantoso fracaso de su potestad. Digno, no puede admitir la derrota; derrotado no puede esquivar la melancolía; melancólico, la propia abulia lo sume en el infinito vacío de su amor: allí donde la belleza no sirve y le es esquiva; se ejercita sólo para su taciturna certera de tenerla.


Alberto Cousté
Editorial Argos 1978

martes, 13 de marzo de 2018

SONETO A ELENA PONIATOWSKA



Elena, medio siglo se ha cumplido
Del primer «Lilus Kikus». Ya es la hora
De las obras completas y hoy se añora
El México que salvas del olvido.

Es demasiado México el vivido
Por nosotros y todo se atesora
En tus libros. Su luz más cegadora
Enciende nuestra noche y da sentido

A haber estado aquí por tantos años.
Sin ti este medio siglo quedaría
Sin brillo ni recuento de los daños.

Y si has hecho la crónica sombría
De Tlatelolco y el temblor, es cierto
Que hallaste el agua en medio del desierto

Y en la noche has sembrado luz de día.


José Emilio Pacheco

Tomado del Boletín anual AMÉRICA SIN NOMBRE de la Unidad de Investigación de la Universidad de Alicante.
Revista Proceso. Cultura y Espectáculos 23 de noviembre de 2013 


DIEGO ESTOY SOLA, DIEGO YA NO ESTOY SOLA: FRIDA KAHLO



      Ésa que ahora te mira es la primera de las dos Fridas.

     Queda la que pinté en las telas, la bienamada por la vida, aquélla con la que dialogarán dentro de su corazón. Nunca he conocido a una mujer más cobarde que yo, nunca he conocido a una mujer más valiente que yo, nunca he conocido a una mujer más viva, nunca una más cochina, más cabrona, nunca una tan tirada a la desgracia. Nunca debe quedarse nada sin probar. Desde mi cama, desde mis corsés de yeso, de hierro, de barro, desde la tela, desde el papel fotográfico, les digo mujeres, hermanas, amigas, no sean pendejas, abran sus piernas y no ahorquen a los hijos por venir, duerman atadas al hombro del amado o de la amada, respiren en su boca, tengan el mismo vaho; en el dolor, los movimientos son energía perdida, oigan el latir de su corazón, ese misterioso, ese mágico reloj que todos tenemos dentro.

     Odio la compasión.

     Escribí en mi diario unos cuantos días antes de mi muerte
"Espero alegre la salida y espero no volver jamás".


     Dibujé al ángel negro de la muerte.
     Viva la vida.
     Se equivocó la paloma.

     El cuerpo de Frida envuelto en llamas fue cremado el 14 de julio de 1954, mientras los asistentes entonaban La Internacional. Frida de los demonios, Frida la de Mr. Xólotl, Frida de los pinceles rojos mojados en su propia sangre, Frida la doliente, la crítica, la pícara, Frida cubierta al final con la bandera roji-negra, el martillo rojo, la hoz roja y la estrella blanca siguió siendo una comunista absolutamente apasionada en el cielo. Una Frida se ha ido, la otra queda.

        La que se va es la coyona.

     Ésta que ven ahora, yo misma, Friduchita, Friduchín, Frieda, la niña Fisita de Diego, le prende fuego a su envoltura humana, quema al Judas de cartón, lo hace lumbre, escucha con sus orejas y sus aretes cómo estalla en el cielo llenándolo de luz, asombroso fuego artificial, escucha pegada a la tierra los corridos de Concha Michel, el rasgueo de su guitarra tata chun, tata chun, oye cantar La Internacional, se queda para siempre entre ustedes, ella-yo la chingona, Frida Kahlo.

Elena Poniatowska
Ediciones ERA octubre de 2000

Fotografía: Michael Ochs



COMO UN BÁRBARO ( POEMA DE MARC CHAGALL)



Allí donde se apretujan las casas retorcidas
allí donde se empina el camino del cementerio
allí donde corre un ancho río
allí es donde soñé mi vida
Un ángel vuela por el cielo en la noche
un blanco relámpago sobre los tejados
Me predice un larguísimo camino
va a gritar mi nombre por encima de las casas
Pueblo mío, canto siempre para ti
¿Te gustará este canto?
De mis pulmones surge una voz
llena de pena y de cansancio
Pinto siempre por ti
Flores, bosques, gentes y casas
Como un bárbaro coloreo tu rostro
Noche y día te bendigo





LAS ALZADAS DE CEJA DE MARÍA FÉLIX (FRAGMENTO)



Allí está, blanca y negra, negra y blanca, como reina de baraja, con sus pantalones de Ciffonelli (pronúnciese Chifoneli), “es el sastre de mi marido”, y su casaca de Dior, una chaqueta negra espléndidamente bien cortada, abierta a los lados. Su pelo largo, -“ahora me lo deje crecer”-, ébano, ala de cuervo, brilla con reflejos azul profundo. “Cuando tiene una la suerte de tener bonito pelo, ¿por qué ponerse postizos o pelucas?”. Y sus mejillas, manzanas lisas, también brillan. Camina como las fieras desplazando a su derredor ondas misteriosas. A veces se encabrita sobre sus botitas de charol, y uno la sabe peligrosa, rebelde, fogosa, con un aplomo de amazona que ha franqueado todos los obstáculos. Nunca se sienta. Erguida enseña sus cuadros uno a uno: Leonora Carrington, Leonor Fini, Diego Rivera, Sofía Bassi, Remedios Varo, pero sobre todo Leonora Carrington, de quien María habla mucho porque la quiere. “Es mágica, yo amo la magia. Por ella, por Leonora, pondría mi mano sobre el fuego. Sería capaz de cualquier cosa”. Sobre su pecho lanza destellos una joya flexible y le pregunto si será una pantera.

     -Es un puma –responde María Félix -. Alex, mi marido, me llama “puma”, seguramente por lo buena gente que soy y lo fácil que resulta mi carácter.

     Los aretes, grandes hojas de diamantes y esmeraldas, también son de Cartier. Unas mancuernas: dos ojitos azules, surrealistas y una camisa blanca con cuello de jockey. “Le pedí a mi jockey que me prestara su camisa y se la copié, pero sólo el cuello ¿eh?”. Se quita los aretes de las orejas que se ven muy pequeñas, delicadas, pegadas a la cabeza: “Sí, tengo orejas muy bonitas y están muy limpias. A mí me gusta lo limpio. Si de algo tuviera yo que presumir sería de mis orejas, aunque ya sé que tengo un físico agradable”.

     Lo más llamativo de la Doña es su manera de moverse, de ir hacia un cuadro y otro, buscar la mirada del interlocutor, rescatarla, demandarla imperiosa y atornillar sus ojos en los de uno. Mientras habla y hace ademanes, en el dedo que los campesinos llaman “del corazón” relampaguea un enorme diamante. “¿Verdad? ¿Qué le parece, Elenita? ¿No lo cree usted así?”, inquiere a cada respuesta y el diamante corta el aire con sus mil aristas.

     Dicen que su rostro es duro e inexpresivo, que lo único que sabe hacer es levantar la ceja; “¿Es este un rostro inexpresivo?”, y creo que no, que es quizá un rostro agresivo por vital, por enérgico, por bien dibujado, porque la perfección siempre aturde; un rostro limpio. No, no señoras, María Félix no se pinta, no trae pan-cake ni maquillaje; sólo los labios muy rojos, las pestañas muy negras, los ojos muy brillantes, los dientes muy blancos. No, no señoras, ni una sola arruga, ni un solo pliegue amargo en la comisura de los labios, nada se va a pique.


Elena Poniatowska
Todo México Tomo 1 agosto de 1973

NAHUI OLIN (FRAGMENTOS)



 «Te pertenezco hasta la última partícula de mi carne. Sin ti no existen las cosas ni los seres, contigo resplandezco y ante ti mis ojos verdes se apagan. Pero tengo miedo de que la nube roja te queme y te convierta en cenizas y también tengo miedo de que a pesar de que te pertenezco absolutamente el destino nos separe».

«Te amo, te amo, desesperadamente, lujuriosamente, misteriosamente; como la vida, como la muerte. Perfora con tu falo mi carne —perfora mis entrañas— desbarata todo mi ser —bebe toda mi sangre y con la última gota que me quede yo escribiré esta palabra: te amo, y cuando esa sangre se haya secado, gritaré: te amo».

«No pretendas matarme porque si me matases te matarías a ti mismo porque yo soy tu inspiración y tu propia existencia, porque soy lo que buscas —la inteligencia y el conocimiento y te doy todo porque te amo como nadie ha podido amar y soy tuya con cuanto poseo. Vuelve a mí porque mi cuerpo te llama, porque la lujuria preside mi vida— soy tuya no únicamente en mi carne sino en mi espíritu».

«La vida no fue hecha para mí soy una llama que se devora a sí misma».

«Sé que mi belleza es superior a todas las bellezas que tú pudieras encontrar. Tus sentimientos de esteta los arrastró la belleza de mi cuerpo, el esplendor de mis ojos, la cadencia de mi ritmo al andar, el oro de mi cabellera, la furia de mi sexo, y ninguna otra belleza podría alejarte de mí».


LA TÍA PITA (FRAGMENTO)




Una noche, en una fiesta en su departamento de la calle de Duero me conminó, la voz muy alta:

     -¡No te compares con tu tía de sangre! ¡No te compares con tu tía de fuego! ¡No te atrevas a aparecerte junto a mí, junto a mis vientos huracanados, mis tempestades, mis ríos! ¡Yo soy el sol, muchachita, apenas te aproximes te carbonizarán mis rayos!

     Al día siguiente, a la una de la tarde, sonó el teléfono. Era Pita como la fresca mañana:

     -¿Eres feliz, corazón?

     Le dije que sí, que mucho. Entonces me preguntó que dónde podría conseguir unos zapatos de charol con un moño en forma de mariposa para salir a pisar la tarde antes de que a ella le dieran siete pisotones.

     En 1954, Pita me prohibió usar mi apellido materno. Mamá y Pita son primas hermanas, hijas de dos hermanos, Emmanuel, padre de Pita, y Pablo, padre de mamá. Ella fue la séptima de siete amores, la última, la ultimita: Mimí, Carito, José, Elena, Inés, Maggie (Margarita) y Pita, hijos de Emmanuel Amor y de Carolina Schmidtlein. Emmanuel Amor tuvo un hijo de su primer matrimonio: Nacho, a quien todos llamaban “Chin”. Pita fue la consentida, la muñeca, la de los caprichos y rabietas, la de los terrores nocturnos, la torturadora de la nana Pepa. Era una criatura tan linda que Carmen Amor (esposa de Chin) estrenó su cámara fotográfica con ella y le sacó tantas fotografías desnuda, en varias posturas, que quizá por eso a Pita le pareció natural posar desnuda para Diego Rivera. Pita siempre se vió en el espejo, siempre se encantó viéndose a sí misma y todavía hoy pregunta con su voz de barítono:

      -¿Cómo me veo? Divina, ¿verdad?

     Posiblemente en esas fotos de niña está el origen de su exhibicionismo, la adoración por sí misma, por su cuerpo y el exagerado cuidado que tuvo de su persona durante su adolescencia, su juventud y los primeros años de su madurez. Si era una niña preciosa fue una adolescente realmente bella; pequeña de estatura llamaban la atención tanto sus desplantes como sus grandes ojos abiertos, su voz rotunda como su cara redonda y aniñada y su pelo peinado con un chino como los “cupies” de amor: esos cupiditos que revolotean siempre en torno a los enamorados.

     De niña en la calle de Abraham González, nunca aprendió lo que sus hermanas sabían a la perfección, las buenas maneras; el francés lo habló por encimita, el inglés también. Nunca la obligaron a hacer lo que no quería. Para ella no hubo disciplina, sólo pasteles. Era la chiquita, la más bonita, la más chistosita. Divertía mucho a sus padres, a sus hermanos. Se le ocurrían cantidad de maldades y nadie le puso el alto. Carolina Schmidtlein pero sobre todo Emmanuel Amor ya eran grandes. Pita sólo recuerda lo recuerda sentado al sol en el balcón con un plaid escocés sobre las rodillas. Más tarde fue la piedra de escándalo como lo fue en la calle de Génova junto a la iglesia de La Votiva en el Paseo de la Reforma cuando se le antojó ir a misa de una, la más concurrida y la más popoff, y gritar en el alto silencio de la elevación: “¿Saben, hipócritas?, tuve un aborto”.

     También salía al Paseo de la Reforma, frente al Ciro´s en la esquina del hotel Reforma a gritar desnuda bajo su abrigo de mink: “Yo soy la reina de la noche”.


Elena Poniatowska
Editorial Terracota 2009