lunes, 20 de enero de 2014

DE PRONTO EL MAR NOS ENALTECE

Cada ángel es un poema.
Hugo Diego Blanco

Ha llegado el verano de tus ángeles.
Carlos Illescas



Ayer me bañé con todos los azules del mundo. Hoy amanecí con el cuerpo desnudo pintado de añil, mis plumas larguísimas tienen tonalidades turquesa, y mis dedos que tanto te han acariciado, son de color índigo. Por esta pleamar de siglos, únicamente por estas horas lentas, me abro a tu piel, a tus sentidos, a tu amor que tanto me acompaña en mis naufragios por insomnio. Por ahora te entrego mis sueños tibios para que los descifres, y descubras los equinoccios desesperanzados de mi corazón, que palpitan por ti. Somos dos anémonas de mar, solitarias en una bastedad de siglos, palpitaciones que entran y salen de una ópera de amor. Únicamente por la atención que me prodigas, te doy también mi aliento, mi savia, mi polen; para que con ellos fabriques la parcela donde nuestras realidades trasciendan, llenas de luz tan azul como la noche más íntima en que hemos incursionado.

José González Gálvez

Octubre de 2011

lunes, 9 de diciembre de 2013

CORAZÓN MÍO QUE ARDES DE NOCHE

Porque tú siempre existes donde quiera
pero existes mejor donde te quiero
Mario Benedetti






Tu imagen me dañó por siempre
demasiado tarde descubrí la estratagema
ya estabas dentro de mis huesos
tu sangre circulaba con la mía
tu almizcle me caló muy hondo
ya no pude escapar de la telaraña
sutilmente fuiste tejiendo mi destino.
¿Ahora qué puedo hacer con mi locura?
con mi dolor que se arrastra por los suelos
con los recuerdos que me calan muy dentro.
¿Qué debo hacer con la humedad
que se debate entre mis piernas?
con las sombras que me arrancan
las lágrimas más recalcitrantes.
¿Qué hacer con las páginas que escribí
delirante, alimentado por tu cuerpo
que ahora es una fumarola
que se extingue lentamente y en silencio?
¿Qué hacer con el aire que llena mis pulmones?
¿Qué hacer con esta sed que me rasga las entrañas?
con esta cicuta que voy ingiriendo poco a poco
con las neuronas que se destazan
en un campo de batalla perpetua.
¿Qué voy a hacer amor infinito
con este corazón mío
que únicamente arde de noche?

José González Gálvez


Abril de 2013



LA VISITA DE LA OTRA NOCHE

Tengo casi cinco días de compartir mi departamento con una mariposa agorera, llegó sin avisarme una noche lluviosa, y efectivamente esperaba un amigo para cenar. Sobrevoló un poco cuando entró Adrián portando una botella de vino tinto que estuvo a punto de tirar, tratando de quitársela porque ya la imaginaba sobre su cabeza. Se posó tranquilamente en una esquina cerca del cortinero y ya no se movió para nada. Mi invitado se marchó después de casi seis horas, y mi nueva inquilina ni se inmutó. Cerré la puerta, levanté lo de la mesa, fui a la cocina, apagué las luces, y me encerré en la recámara, esa noche dormí a pierna suelta como suelen decir.
Con el trajín diario no me acordé de mi visita inesperada, fue hasta la noche, cuando llegué al departamento que la busqué instintivamente, ahí estaba, no se había movido ni un ápice, hasta llegué a pensar que se había muerto y estaba atorada en las pinzas de la cortina. Como estaba muy cansado me fui directo a la cama.
A la mañana siguiente me estaba preparando un jugo, cuando noté que mi invitada estaba volando tranquilamente como reconociendo su nuevo entorno. Y sin prisas me acompañó durante el desayuno. Ya en confianza la bauticé con el nombre de Caliope, y creó le gustó su nuevo apelativo porque voló más bajo y muy cerca de mí. De que se alimenta, lo ignoro, de todos modos dejo por todos lados platitos con agua azucarada.
Ahora Caliope se posó en la puerta de la recámara y no se mueve para nada. Ya la observé detenidamente, sus alas extendidas son parduscas atigradas, con manchas negras y blancas, no tiene antenas, creo las perdió al chocar contra alguna pared perseguida por un depredador humano, las patas ligeramente en ángulo recto están detenidas en la madera. Ya no tengo necesidad de cerrar la puerta, se que Caliope me cuida con esmero, y créanme duermo plácidamente.

José González Gálvez


Julio 20 de 2013   

domingo, 13 de octubre de 2013

TORRE DE PAPEL

Extasiada por siempre con los amaneceres acuosos de Catemaco. En estado lánguido. Profundo.


De la vida de Irene, contada por ella misma.


Cuando Irene llegó a Catemaco tenía 18 años. Era una joven apagada, delgada, con apariencia de huérfana. Vendía legumbres en la placita del centro. Nunca se le conoció familia ni amistades. Solitaria, sentada en su banquita de madera, despachaba con lentitud sus verduras siempre frescas. 

Rentaba un pequeño cuarto de azotea al cual llegaba después de subir una amplia escalera metálica. Su casita era un pequeño pero imponente jardín botánico, una crisálida hinchada de clorofila. Los helechos crecían exuberantes, las piñanonas parecían inmensos abanicos verdes y las bromélias estallaban en insólitas flores púrpuras. También gustaba de caminar en las madrugadas por los alrededores de la laguna, sorteando toda clase de piedras volcánicas y manglares húmedos, sin alterarse por el vuelo de las garzas blancas y el alboroto de las chachalacas. Era una figura estéril, irisada por el resplandor del silencio.

Había ido a la escuela, sabía leer y escribir. En el vacío sofocante de sus tardes grises, hojeaba con delirio la única revista que se había atrevido a comprar. Era un pasquín descolorido por el uso que ostentaba el título de Confidencias. Después de una serie de consejos inútiles para la belleza, y un artículo insólito sobre las enfermedades secretas de la mujer, se podía leer una serie de anuncios, una letanía increíble ribeteada de corazones flechados:

“Hombre de 40 años, trabajador, sin vicios, no feo, busca la compañía de joven mujer, para emprender juntos un largo camino de amor con fines matrimoniales. Si tu corazón necesita de compañía y consuelo escríbeme, no te arrepentirás”. 

Antes de dormir y de leer veinte veces el mismo anuncio, guardaba la revista doblada en un cofrecito que escondía en el fondo de la gaveta del pequeño armario, le ponía candado y la llave la metía dentro de una lata que colocaba en la repisa de la esquina. Se lavaba la cara, se peinaba y se ponía un largo camisón blanco. 

Así sucedió durante quince años justos. Hasta que una noche, armada de valor escribió la carta de respuesta al anuncio del hombre amado en silencio y a distancia. A vuelta de correo, le contestó la viuda del hombre que había idealizado en un sinfín de noches húmedas, del hombre que había canonizado en un rito de palabras obscenas. Fue así como se enteró de que ellos se habían casado después de un romance epistolar, hasta que él murió ahogado de malos sueños mientras dormía. Cuando terminó de leer la misiva, un puñal de amargura le atravesó el corazón. 

Esa madrugada Irene parecía distinta. El color había desaparecido de su cara. Un viento de humillación se coló bajo su falda. Llovió toda la noche. La neblina se desparramó entre los árboles. 

La encontraron a la deriva, flotando boca abajo, carcomida por un cardumen de mojarras, cubierta de lirios y caracoles tiernos.

José González Gálvez 


Coatzacoalcos Veracruz mayo de 1992

PABLO NERUDA: FRAGMENTO DE POEMA


"Siento arder tu regazo y transitar tus besos 
haciendo golondrinas frescas en mi sueño"

       
       


miércoles, 25 de septiembre de 2013

ELENA PONIATOWSKA: FRASE


EL ESPACIO DESOLADO DE SOFÍA

Para Agustín Monsreal por su amistad




El cielo dibuja sobre las ventanas una extraña coincidencia. Yo, Eleonora, en pleno uso de mis facultades mentales…

Trato de concluir lo iniciado, pero no puedo; me siento imposibilitada para hacerlo, abúlica, herida por diminutas  pinzas invisibles.

He tomado una determinación, es imposible continuar viviendo una vida que no me corresponde. Todo ese oropel es fingido, una máscara lamentable que jamás podrá tener un final adecuado.

Tomé papel y lápiz. Escribí, ya no recuerdo cuántas horas, sin embargo, al fin pude sellar el sobre, y rotularlo con mi nombre de soltera, que dejará de existir cuando él termine de leer la carta. Imagino su reacción colérica. No la destruirá, por supuesto que no, tiene que existir una constancia para que justifique su actitud de esposo ultrajado.

Por él conocí a Sofía. Una adolescente bella como pintura renacentista.  Dijo que era una sobrina que acababa de sufrir una pérdida irreparable. Me pareció huérfana, desprotegida, humilde. Decidí adoptarla. Nos hicimos inseparables, comíamos juntas, nos bañábamos entre risas, y descansábamos abrazadas. Una mañana, cuando cortábamos fresas silvestres, Sofía me descubrió descalza. En silencio, se agachó, me tomó los pies y comenzó a besarlos poco a poco, deteniendo la lengua entre los dedos. Mientras lo hacía, la tomaba de los cabellos, los acariciaba con fruición, y cerrando los párpados me dejé llevar dentro de un vórtice de aguas marinas.

Con el tiempo, él aprendió el abecedario de los celos y en un arranque de furia, sentenció que Sofía debía irse al internado de las Ursulinas. Cuando la pequeña se marchó, medité uno a uno los sucesos, rumiando ese espacio desolado que me lastimaba igual que un cólico miserere.

Escribí toda la noche hasta dejar la carta concluida. La cerré pensando en Sofía, y me dormí de cansancio, recordando sus rizos desmadejados y sus ojos lánguidos atrapados en un cielo tranquilo.

Me levanté sin coordinar los horarios. Me lavé con jabón de sándalo cada pliegue besado por Sofía, hasta quedar satisfecha. En silencio me coloqué el vestido de raso negro, los guantes de encaje y un sobrecuello de pedrería. Me peiné durante horas y cubrí mi rostro con una mantilla española. Entre mis manos sostenía con fuerza, el pequeño ramo de azahares que use cuando novia. No me calcé, recordando las palabras de Sofía cuando  acariciaba mis pies desnudos. Entonces me sentía mareada y me dejaba hundir en un pozo salino y profundo.

Han pasado las horas, lo sé, porque desde mi lecho mortuorio de monja coronada, el cielo dibuja sobre las ventanas una extraña coincidencia.



Ciudad de Veracruz, octubre de 2005 

martes, 10 de septiembre de 2013

DE AMARILLO ES MI NEGRA SUERTE

La oscuridad es amarilla por dentro.
Francisco Hernández



El color amarillo es para mí como el lóbulo de Van Gogh. De Vincent me gusta su demencia, su pasión por los girasoles, el verse multiplicado en sus cuadros, su pintura que parece brotar como gotas de la tela.

El amarillo es mágico, paroxístico, es el polvo que cubre los pistilos, el gineceo donde duermen todos los sueños y se despiertan los encantamientos.

Algunas semillas tienen el núcleo amarillo, son embriones donde germinan las sílfides, imágenes tenues como un susurro, vestales tersas como los lirios.

De color amarillo es la piel de los hepáticos, de los enfermos incurables, de los impregnados de tedio. El dolor también es amarillo.

De amarillo esta cubierto mi sexo, y tu cuerpo frutecido en sabores ásperos como el níspero. La piel es diáfana y al tacto líquida. Con dedos de agua palpo tu epidermis, tu vello púbico, las uñas de tus dedos. Y me siento complacido.

Me quedo por siempre a tu lado, anhelante, erecto, con gemidos propios de un palúdico. Pero entre nosotros no existen brechas ni fallas telúricas. Tus coordenadas se acoplan perfectamente a las mías. Copulamos sin medida, sin relojes de sol ni brújulas de mar, y desde el fondo abismal de tus aguas marinas, el amarillo se desparrama como lava incandescente, caótica, ictérica.

Después de tantos experimentos genéticos, de utilizar sin tregua el microscopio de los sabios y la piedra filosofal de los alquimistas, logré concebir tu imagen fijada como un cromosoma amarillo.

José González Gálvez


Junio de 2004

LA GALLINA CLANDESTINA

Para Oscar Dávila Jara, por su insistencia



Por Dios que me ha causado problemas incluir a Benemérita en la lista de las plumíferas más sobresalientes. 

Sólo yo sé todos los vericuetos que he tenido que recorrer para lograr su propósito. Es tan vanidosa, tan descocada, tan gallinácea, que no puedo con ella. A veces quisiera convertirla en un buen puchero del domingo. Pero me abstengo, le podría causar un trauma que la derrumbaría por completo, bastante tiene con saberse estéril y haber alcanzado la menopausia. 

En fin, Benemérita es una emplumada opiácea, porque siempre anda como medio dormida, turulata en otra palabra. De figura compacta, pechugona, con plumaje fino, negro como ala de cuervo a pesar de ser gallina. La cola bien respingada, por ser de alcurnia como dice ella. El pico es exacto, delineado, siempre hacia abajo. Los ojos saltones como bicho raro, y la cresta de siete dientes bien marcados, tallados en aluminio puro. Sus alas inútiles son nerviosas, siempre ocultas bajo un echarpe de seda dorada con diseño de lunares concéntricos y ribeteado con estoperoles en oro viejo, que según comenta se lo trajeron de la India. 

En fin, Benemérita es una gallina exótica que se siente garza, por eso siempre está plantada en una sola pata. Estoica como veleta, eternamente atisbando la dirección de los vientos en sus cuatro puntos cardinales. Pero también puede ser falsa, porque se presupone clueca, a pesar de su esterilidad; o ciega cuando incurre en sus caprichos infantiles.

José González Gálvez 

Enero de 2009

Imagen: Jesús Reyes Ferreira 

BAJO LA TEMERIDAD DEL CIELO

   
                     Y sangre es el milagro que va en
                  las venas del aire de mi corazón
                  al tuyo.
                                                         Frida Kahlo













Ahora somos hijos de la misma Madre
sangre negra
negra sangre
fetos anudados del cuello
por un conducto flexible
de músculos lisos.
Tus manos abiertas como espejos
son azogue de plata quemada
lisa superficie
que es metal y mirada de arcángel niño.
Somos hijos de la enfermedad hecha dolor
parto afiebrado que se abrió
en dos cotiledones verdes.
Soy tu hermano
tu sombra congelada
tu sueño soñado
tu piel cuarteada
tu aliento de vinagre
tu ombligo cráter lunar
tu sexo florecido en amapolas.
Somos hermanos por el cordón umbilical
que nos rodea
Friditos que nos alimentamos de mucílago
iluminados por la vieja luna nueva.
Ahora nos tenemos los dos únicamente
frente a frente
boca a boca
abrazados entre brazos
vistos por la pupila de obsidiana
Madre piedra
Madre tezontle
Madre roca volcánica que pare incendios
embriones calcinados cubiertos de un gris recuerdo
mar muerto de sangre muerta
placenta agrietada
por grietas que sudan calcio.
Somos hermanitos enredados
por una manguera de carne y venas.
Salgamos tomados de la mano
dejemos atrás la matriz reventada
el pulso calcinado de las horas
el tren de las seis que no llega a tiempo
el sendero de sal viva que se agita y respira
el ombligo enterrado en un cementerio sin muertos
luz que brota y luego se petrifica
golondrina tatuada entre tus cejas
chupamirto pájaro insecto
colibrí que vuela y zumba.
Soy tu mirada hermano
mírame al otro lado de tu lado
Soy tu cuerpo emancipado
mitad sol atrapado en los aros de Saturno
mitad luna recién parida
por el viento estéril de Mercurio.
Somos llama que enciende y no arde
somos hijos de la misma Madre
gestados en la hora del lobo
cuando el miedo se esconde
debajo de las camas
el miedo que ya no es miedo
sino un simple guiño que se pudre
en el fastidio de las horas.
Nos amamantamos de cielo
pezón oscuro que es noche
cubierto con una sábana de luciérnagas.
Soy tu corona de espinas
tus clavos
tu costado herido
tu columna rota
tu pierna mutilada
tus lágrimas que son cinabrio amargo
como el níspero fermentado
como la uva que se hincha y revienta
como la sandía que hierve de semillas negras
como el pérsico anaranjado
que es dulce y duele morderlo.
Hermanito pintemos un cascabel
para que ruede y suene.
Una boca exangüe
unos labios palpitantes
un carmín que manche al besarse
un cráter que es lava y cenizas al instante.
Tu corazón inmaculado
árbol de la sabiduría
custodia bendita
rosario de ansiedades
sol que nace de la matriz seca.

José González Gálvez


Junio de 2008